CAPÍTULO DIECISÉIS Deja el Carmesí Brillar #2
—Y en cuanto a ustedes, los intocables de la Tierra...
—murmuró Anya, dedicándoles una compasión helada que resultó más humillante que cualquier golpe—.
Confundieron su perversión con inmortalidad.
Se sintieron dioses mientras tenían un cuchillo en la mano frente a criaturas indefensas en la nieve.
Mírense ahora. Sientan el sabor de su propia orina caliente escurriendo por las patas de esas sillas; huelan la sangre abierta de sus herederos mezclándose con el terror de sus propias entrañas.
Jamás fueron deidades. Y van a extinguirse en los próximos minutos exactamente como lo que siempre fueron: carne asustada, ruin y desechable.
Un chasquido metálico resonó en las alturas de la bóveda.
Por orden remota del servidor central, el sistema acústico del castillo cobró vida.
Entre los tapices centenarios de las paredes comenzó a brotar una melodía instrumental de una pureza desgarradora: el lamento solitario y lento de un violín clásico cuyas notas largas parecían llorar sobre la piedra fría, envolviendo la carnicería de las alfombras en una atmósfera de réquiem sagrado.
En perfecta sincronía con el primer compás del violín, el pavimento del Gran Salón despertó.
A lo largo de la profunda canaleta circular tallada en las losas de granito que rodeaba por completo el semicírculo de los sillones de roble y la montaña de cadáveres familiares, una red de válvulas ocultas liberó cientos de litros de un compuesto incendiario transparente de alta combustión.
Con un rugido sordo que sacudió los vitrales, el anillo químico prendió de golpe.
Una muralla circular de fuego blanco, azul y naranja se levantó tres metros en el aire, cerrando un horno perfecto alrededor de los jerarcas del Consorcio y de los cuerpos de sus linajes.
El diseño geométrico de los surcos mantenía las llamas contenidas en un perímetro exacto, dejando en el centro mismo del salón —allí donde se alzaban el altar de obsidiana, la cámara y la pareja— una isla circular de piedra intacta en el ojo del huracán.
El infierno devoró el aire del anillo exterior en segundos.
La onda térmica golpeó los rostros desnudos de los cautivos como el aliento de un alto horno, ampollándoles la piel de las mejillas y secándoles las córneas al instante.
El olor a casimir inglés chamuscado, a cabello quemado, a plástico derretido y a carne humana asándose sobre la sangre fresca saturó la nave gótica.
Detrás de los alambres de acero que les partían las bocas, los antiguos amos del planeta rompieron en un coro de alaridos ahogados y bestiales mientras las llamas lamían primero los vestidos y los rostros muertos de sus hijos a sus pies y trepaban enseguida por las patas de roble de sus propios sillones.
Convulsionaban con una histeria animal, partiéndose las muñecas contra las bridas y llorando lágrimas que hervían sobre sus pómulos mientras el fuego prendía en sus pantalones y faldas de gala.
En el centro de aquel anillo incandescente, Silas y Anya permanecían sordos a los aullidos de la élite.
Para ellos dos, aquellos monstruos que se retorcían entre las llamas habían dejado ya de existir.
Se giraron juntos hacia la lente de la cámara que seguía transmitiendo en directo a cada rincón del globo. Con un movimiento pausado, idéntico y solemne, Silas y Anya llevaron sus manos hacia los bordes de sus propias máscaras.
Desprendieron la porcelana carmesí de sus rostros y dejaron que ambas piezas cayeran sobre las losas de piedra, donde se partieron con un tintineo claro.
Por primera y última vez en la historia, la humanidad contempló desnudas las facciones de quienes habían derribado el viejo mundo.
Silas Richter —Alexander von Falken— y Anya Vane —Anastasia von Valerath— alzaron el rostro ante el resplandor dorado del incendio.
Sus semblantes poseían una belleza serena, luminosa y sobrecogedora que parecía pertenecer a otra estirpe distinta de la humana; sus pieles pálidas reflejaban la danza de las llamas con una paz absoluta, limpia de odio, de miedo o de duda.
Entonces, Silas se volvió hacia Anya y le tendió su mano derecha desprovista ya del guante negro.
Anya miró a su esposo con unos ojos de esmeralda desbordados por una devoción tan profunda, tierna y eterna que borró de golpe el infierno que rugía a tres metros de sus espaldas. Depositó sus dedos pálidos sobre la palma de él y dio un paso hacia su pecho.
Allí, en el corazón ardiente del matadero, rodeados por una corona de fuego que consumía cinco siglos de tiranía y acunados por el llanto melancólico del violín, Silas y Anya comenzaron a bailar.
Fue un vals lento, íntimo y sagrado sobre la piedra negra.
La mano ancha de Silas sujetaba con infinita delicadeza la cintura desnuda de Anya a través de la seda escarlata, mientras ella apoyaba la mejilla contra el hombro de él y cerraba los ojos un instante para respirar el aroma de su piel.
Se deslizaban en círculos suaves alrededor del altar de obsidiana, ajenos al crepitar de la madera ardiente, a las chispas doradas que llovían desde el techo abovedado y a la agonía de los tiranos que se convertían en carbón detrás de la cortina de llamas.
En aquel baile vivían los veintinueve años que se habían pertenecido el uno al otro: estaban los dos niños de siete años aferrándose las manos entumecidas bajo la ventisca de los Alpes para negarse a morir; estaban las noches heladas en el sótano de Sankt Ignaz donde la frente de ella apoyada contra la de él había sido el único refugio del universo; estaba cada cicatriz, cada silencio compartido y cada latido de una vida consagrada a amarse en la oscuridad.
Sus miradas permanecían entrelazadas con una pureza sobrecogedora: el ámbar ardiente de Silas sumergido en el verde abisal de Anya, sonriéndose en silencio como si estuvieran solos en un salón de Viena bajo la nieve.
Alrededor de su isla de piedra, el círculo de fuego alcanzó una temperatura de crematorio.
Los estertores de los sillones de roble se fueron apagando uno tras otro bajo el rugido de las llamas; las siluetas de los últimos patriarcas del Consorcio cedieron y se desmoronaron convertidas en brasas negras y ceniza humeante.
El violín solitario en los altavoces prolongó su última nota en un suspiro agudo y cristalino antes de extinguirse en el aire abrasador.
Silas y Anya detuvieron sus pasos con suavidad.
Sin soltarse las manos, caminaron juntos hacia la cabecera del bloque de obsidiana, donde aguardaba un único sillón monumental de roble antiguo tallado con el escudo partido de la fortaleza.
Silas tomó asiento en aquel trono de madera oscura.
Anya dejó de permanecer de pie: con la gracia serena de una mujer que regresa a su único hogar en el cosmos, subió a su regazo y se acomodó a horcajadas sobre los muslos de él, rodeándole el cuello con ambos brazos para hundir el rostro en el hueco tibio de su garganta.