Carmesí CAPÍTULO DIECISÉIS Deja el Carmesí Brillar #3
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CAPÍTULO DIECISÉIS Deja el Carmesí Brillar #3

Silas la estrechó contra su pecho con una fuerza protectora y reverencial, envolviendo el cuerpo de su esposa entre sus brazos mientras el vestido escarlata de ella se derramaba sobre el traje negro de él como una sola llama.

Jamás permitirían que el fuego vulgar desfigurara su carne, o que tribunal alguno de hombres pusiera las manos sobre lo que habían construido. Habían nacido juntos sobre la piedra helada de un altar y habían decidido desde el principio el minuto exacto en que cerrarían las puertas de su eternidad.

Silas alzó una mano desnuda, hundió sus dedos con infinita ternura entre los rizos cobrizos de Anya y acarició su mejilla para que ella levantara la mirada.

El calor del incendio hacía brillar una lágrima solitaria y limpia en las pestañas de Anya; en los ojos ámbar de Silas ardía una adoración absoluta, el único sentimiento humano que aquel hombre había albergado jamás en toda su existencia.

Sus labios quedaron a un milímetro de distancia, respirando el mismo aire ardiente.

—Mía desde el hielo de la obsidiana... —susurró Silas contra la boca de ella, con la voz quebrada por primera vez en su vida por una ternura inmensa e insondable.

Anya sonrió contra sus labios y deslizó las yemas de sus dedos por la antigua cicatriz blanca que cruzaba la garganta de su esposo.

—Y tuya hasta las cenizas —respondió ella en un susurro lleno de paz.

Se unieron en un último beso profundo, lento y apasionado.

Entre el calor de sus lenguas compartieron la pequeña cápsula de cristal fino que Anya guardaba bajo el paladar; al morderla juntos, el compuesto neurotóxico de acción instantánea se liberó en sus bocas con un sabor a almendra amarga y escarcha.

Ambos permanecieron fundidos al milímetro.

Sus corazones disminuyeron el ritmo al unísono, latido a latido, fundidos en aquel abrazo inquebrantable sobre el trono de roble.

Los párpados de Anya se cerraron con placidez sobre el hombro de Silas, y la cabeza de él descansó suavemente contra la sien cobriza de su esposa en el segundo exacto en que ambos pechos exhalaron su último aliento, durmiéndose juntos para siempre un instante antes de que el anillo de fuego avanzara hacia el centro y envolviera el trono en un manto de luz dorada.

A ochocientos kilómetros al sur, el rugido abrasador de las llamas de Dunscaith desapareció de golpe, tragado por el silencio sepulcral de un ático a oscuras en el corazón de Londres.

Celine von Falken permanecía de pie, inmóvil como una columna de mármol negro, frente al mural de cuarzo de tres metros empotrado en la pared principal del salón de Mayfair.

El resplandor anaranjado del incendio transmitido en directo bañaba la geometría perfecta de sus pómulos y se reflejaba en el fondo de sus pupilas ámbar.

Una lágrima densa, silenciosa y ardiente brotó de sus pestañas y se deslizó despacio por su mejilla pálida. Un segundo después, una segunda lágrima recorrió el mismo camino hasta caer sobre el terciopelo negro de su pecho.

Sin embargo, la espalda de Celine permaneció recta como una espada. Sus hombros se mantuvieron firmes y su respiración conservó su compás profundo. Aquel llanto mudo era el único tributo de sangre que la reina se permitía entregar a los dos seres que la habían engendrado de nuevo.

Ella conocía el final de la partitura desde antes de partir hacia Escocia.

Tres noches atrás, sobre aquel mismo diván de terciopelo frente a la lluvia de Londres, Silas y Anya se lo habían revelado sin velos: ellos dos eran el fuego purificador, la tormenta necesaria para reducir a cenizas los cimientos podridos del viejo mundo; pero dos espectros forjados en la muerte jamás podrían sentarse a administrar el mañana a la luz del día.

Para gobernar el planeta que quedaba tras el incendio hacía falta alguien con un apellido inmaculado ante la ley y un corazón de obsidiana bajo la piel.

Le habían legado su sangre, su fortuna y el trono vacío de la Tierra, coronándola con su propio sacrificio.

En la pantalla gigante del salón, la temperatura extrema del Gran Salón de Dunscaith terminó de fundir la carcasa de titanio de la cámara.

El cristal de la lente estalló y la última imagen de Silas y Anya abrazados en paz en medio de las llamas se disolvió en un estallido de estática blanca antes de que el monitor quedara completamente negro.

La transmisión global había concluido.

En la penumbra absoluta del ático, Celine von Falken levantó su mano derecha enfundada en cuero negro y, con un gesto lento y definitivo, secó el rastro húmedo de sus mejillas.

Caminó tres pasos hasta el gran ventanal panorámico y contempló las luces de Londres extendiéndose bajo la tormenta nocturna hasta donde alcanzaba la vista.

La joven que alguna vez había tenido miedo acababa de terminar de arder junto con los cadáveres de Escocia.

Al apoyar la palma enguantada contra el cristal frío, Celine sintió el peso majestuoso del silencio planetario descansando sobre sus hombros: el viejo Consorcio era polvo, los dioses del abismo descansaban en paz y la Reina de la Oscuridad sabía, con una certeza absoluta y helada, que el mundo entero le pertenecía.