Carmesí CAPÍTULO DIECISÉIS Deja el Carmesí Brillar
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CAPÍTULO DIECISÉIS Deja el Carmesí Brillar

CAPÍTULO DIECISÉIS

Deja el Carmesí Brillar

El gas neuroparalizante se disipó con la misma lentitud cruel con la que retrocede una marea negra, abandonando a los amos de la Tierra en la orilla de su propia pesadilla.

El regreso de la sensibilidad al Gran Salón de los Fundadores de Dunscaith ocurrió como un choque frontal contra el espanto en su estado más primitivo.

En los hogares monumentales de piedra seguían ardiendo los troncos de encina, pero su resplandor anaranjado resultaba incapaz de derretir el frío sepulcral que se había instalado en las venas de los sobrevivientes.

Habían sido despojados de su divinidad mientras dormían.

Sentados en un semicírculo geométrico de sillones de roble macizo en mitad de la nave gótica, los patriarcas y matriarcas de las familias del Alto Consorcio recobraron el control de sus párpados y sus cuellos para descubrir que sus cuerpos estaban encadenados a la madera.

Gruesas bridas de polímero militar, tensadas hasta el límite con alicates mecánicos, les mordían las muñecas y los tobillos contra los brazos y las patas de las sillas.

Cada espasmo de pánico, cada tirón desesperado de aquellos banqueros, cancilleres y aristócratas lograba únicamente que los bordes dentados del plástico abrieran la piel y se clavaran hasta el periostio del hueso.

Sus exquisitas máscaras venecianas de oro, plata y porcelana habían sido arrancadas de sus caras y yacían trituradas bajo sus talones.

En su lugar, un alambre grueso de acero quirúrgico atravesaba sus bocas abiertas de comisura a comisura, anudado con fuerza detrás de la nuca a modo de mordaza; el metal les desgarraba los labios al menor movimiento de la mandíbula, reduciendo cualquier intento de grito o súplica a un estertor húmedo y sanguinolento.

Pero el golpe que pulverizó su cordura se encontraba tendido a sus pies.

De las trescientas personas que habían brindado en aquel salón antes de la medianoche, únicamente los patriarcas y matriarcas de las familias fundadoras seguían respirando.

Los otros doscientos sesenta asistentes —las esposas, los maridos, los hermanos y los hijos herederos a los que ellos mismos habían traído en sus aviones privados creyendo que Dunscaith era un búnker inexpugnable— habían sido ejecutados metódicamente durante la hora de parálisis y dispuestos como una alfombra funeraria frente a cada silla.

Étienne Vasseur abrió los ojos desorbitados hasta que las venas de sus escleróticas estallaron en rojo: directamente sobre sus zapatos de charol descansaban los cuerpos degollados de sus dos hijos veinteañeros y el cadáver abierto de su esposa, cuyo abrigo de armiño blanco había quedado empapado en una laguna escarlata.

Tres sillas más allá, la marquesa Lucrezia Aldobrandini convulsionó con tanta violencia que se dislocó el hombro izquierdo contra el respaldo de roble al reconocer las cabezas inertes de sus tres hijos varones apiladas con precisión sobre el dobladillo de su propio vestido de brocado.

En el extremo derecho del arco, Eberhard Breitenbach se ahogaba en su propio vómito ácido frente a los cuerpos eviscerados de su estirpe, mientras Hélène de Vauclair y Kenji Takahashi temblaban con las pupilas dilatadas sobre un mar de sangre coagulada y terciopelo roto que olía a hierro tibio, bilis y entrañas abiertas.

El terror de la cúpula rebasó cualquier escala humana. Eran las deidades que durante medio siglo habían firmado la muerte de miles de desconocidos desde un escritorio, obligadas ahora a contemplar su propia carne destrozada sin poder siquiera cerrar la boca.

Y en el centro exacto de aquella herradura de horror se alzaba el instrumento de su sentencia definitiva.

Frente al semicírculo de los patriarcas condenados habían colocado un bloque rectangular de obsidiana negra traído desde la capilla subterránea del castillo.

Sobre la piedra volcánica, allí donde solían reposar las dagas y los cálices de Bohemia, se erguía un trípode industrial con una cámara de transmisión cinematográfica conectada a un emisor satelital autónomo.

En el borde superior del objetivo de cristal parpadeaba, constante e hipnótico, un piloto rojo de grabación en directo.

Al comprender el significado de aquella luz diminuta, los jerarcas cautivos experimentaron una segunda muerte en vida.

El cortafuegos global había dejado de existir.

Aquella señal encriptada estaba siendo inyectada de forma simultánea en todas las frecuencias abiertas de televisión, redes móviles, pantallas públicas y servidores del planeta.

Miles de millones de seres humanos en los cinco continentes estaban contemplando en tiempo real el interior del santuario secreto de Dunscaith: veían las caras descubiertas y desencajadas de los dueños del mundo, veían el alambre de acero cortándoles la boca entre babas rojas y veían el matadero de sus dinastías esparcido sobre las alfombras.

Un paneo lento y automático de la lente recorrió el semicírculo de prisioneros, deteniéndose un segundo en el cuello sudoroso de cada uno de los líderes de las familias.

Allí, anudado con perfección quirúrgica sobre las carótidas palpitantes de cada patriarca y cada matriarca, relucía el lazo inconfundible del Hilo Carmesí.

Detrás del altar de obsidiana, de pie frente al ojo electrónico que desnudaba el fin de una era, aguardaban los dos verdugos.

Silas Richter y Anya Vane permanecían en una quietud sobrecogedora en mitad de la carnicería, con los rostros cubiertos todavía por aquellas máscaras lisas y bruñidas de porcelana carmesí.

Silas vestía su traje de sastrería negra con la corbata color sangre sobre el pecho y las manos enfundadas en cuero oscuro.

Detrás de él, Anya se fundía con su silueta en un abrazo de posesión y ternura infinita: rodeaba el torso de Silas con ambos brazos desnudos, apoyando la barbilla sobre el hombro derecho de su esposo mientras la seda escarlata de su vestido caía junto a las piernas de él como una sola túnica.

Eran dos mitades soldadas en el hielo de los Alpes, un único organismo bicéfalo que reinaba en calma sobre las ruinas de sus creadores.

Sin que Anya deshiciera el abrazo que los unía, Silas dio medio paso hacia el micrófono direccional de la cámara.

Cuando su voz barítona resonó bajo las bóvedas góticas de Dunscaith, retumbó al mismo tiempo en los teléfonos, plazas y hogares de toda la humanidad. Sonó grave, serena y desprovista de fanatismo o ira; tenía la cadencia inexorable de una ley natural que se cumple tras siglos de espera:

—Durante milenios, la especie humana ha buscado el rostro del demonio en las escrituras antiguas y en las tinieblas del más allá —pronunció Silas, y cada sílaba atravesó la fibra óptica del planeta como un martillo sobre piedra—.

Han levantado templos rezando para que el cielo los proteja de bestias imaginarias, ignorando que los únicos monstruos reales caminan a plena luz del día.

Se sientan en las juntas directivas de sus bancos, presiden sus tribunales supremos y redactan las leyes en sus parlamentos.

Llevan apellidos ilustres. Y esta noche, la Tierra entera está viendo cómo sangran.

En la cuarta silla del semicírculo, Étienne Vasseur sacudió el cráneo con un mugido gutural tras el alambre de su boca, tirando de las bridas hasta desgarrarse los tendones de la muñeca frente al cadáver de sus hijos. Silas prosiguió sin concederle siquiera una mirada:

—Los hombres y mujeres que ven atados frente a esta lente levantaron altares de piedra en la nieve —continuó Silas con una firmeza devastadora—.

Compraron y devoraron la sangre de miles de inocentes porque se convencieron de que el capital acumulado los colocaba fuera del alcance de la muerte.

Creyeron que el silencio de los cementerios era su propiedad privada.

El reflejo carmesí del piloto de transmisión brilló sobre la porcelana lisa de su máscara.

—Pero ningún imperio puede violar para siempre la física del universo —sentenció Silas—.

Hablo esta noche ante ustedes desechando pedir su absolución o reclamar seguidores que marchen detrás de nuestro nombre.

Les transmito esta imagen únicamente para recordarles un principio elemental que estos falsos dioses olvidaron: el fuego desconoce los linajes, y la gravedad ignora las fortunas.

Esta madrugada, el peso de su propia podredumbre les ha partido la espalda. El tiempo de la ceguera ha concluido.

Apenas se apagó el eco grave de la voz de Silas contra los muros de roca, Anya Vane habló desde su hombro.

Mantuvo los brazos entrelazados alrededor del pecho de su marido y acercó los labios al micrófono.

Su timbre brotó como un contrapunto hipnótico al de Silas: era una voz sedosa, cálida y aterciopelada, cargada de una dulzura letal que recorrió la espina dorsal de millones de espectadores igual que una canción de cuna cantada al borde de un abismo.

—El mundo que ustedes habitan es un organismo enfermo hasta la médula —susurró Anya hacia la lente—.

Ustedes, los que miran esta pantalla desde la seguridad de sus casas, alimentaron el tumor durante décadas.

Adoraron la riqueza y el éxito de estas familias con una devoción servil.

Aplaudieron sus discursos, envidiaron sus palacios y compraron sus mercancías cerrando los ojos ante los vagones de cadáveres que costaba sostener su estilo de vida.

La cobardía del rebaño fue el cemento con el que se construyó este matadero.

Anya desvió entonces sus pupilas de esmeralda tras las aberturas de la máscara carmesí, recorriendo una por una las caras desnudas, sudorosas y deformadas por el pánico de los líderes atados.