CAPÍTULO QUINCE La Reina de la Oscuridad #3
En el centro del salón, varios magnates intercambiaron miradas inquietas tras sus antifaces; las esposas más jóvenes apretaron los brazos de sus maridos al notar el filo helado que rezumaba el tono de la oradora.
—Financiamos el derrumbe de países enteros desde una mesa de caoba —prosiguió Celine, y su voz adquirió una cadencia hipnótica y despiadada—.
Diseñamos crisis bancarias, fabricamos guerras civiles y vaciamos hospicios enteros.
Y todo eso se ejecutó por el vicio supremo y asfixiante de sabernos dueños absolutos del rebaño, convencidos de que el fuego que encendíamos abajo jamás treparía hasta nuestros balcones.
Celine inclinó ligeramente el torso sobre la barandilla de mármol, clavando el oro ardiente de sus pupilas en la multitud petrificada.
—Pero toda estructura podrida termina cediendo bajo el peso de su propia soberbia —sentenció ella—.
El pánico que los ha traído corriendo hasta Escocia con sus hijos de la mano tiene fundamento.
Han visto sus rostros desnudos en las pantallas de todo el planeta.
Han visto a sus ministros saltar por las ventanas y la sangre de Julius von Thurn empapando las alfombras de Surrey.
Lo que la prensa llama terrorismo es, en realidad, la respuesta inmunológica de la tierra.
Esta noche, señores, hemos dejado atrás el tiempo de las reformas contables.
Estamos frente al nacimiento de un nuevo orden.
En el instante exacto en que la última sílaba brotó de sus labios, el pulgar derecho de Celine presionó el conmutador biométrico oculto bajo la moldura inferior de la balaustrada de piedra.
Un siseo tenue, continuo y casi imperceptible comenzó a brotar de las cuarenta rejillas de bronce ornamentado que coronaban los arcos inferiores del Gran Salón.
Una niebla incolora e inodora —un agente neuroparalizante de grado militar sintetizado a partir del mismo alcaloide de las logias alpinas— descendió desde las cornisas como un manto de plomo invisible, mezclándose con el calor de las chimeneas.
Arriba en el balcón, Celine inhaló despacio por la nariz, percibiendo apenas un leve cosquilleo dulce y metálico en el paladar que el antídoto circulando en su sangre neutralizó al instante.
Abajo, sobre la alfombra carmesí, comenzó el derrumbe.
El primero en doblarse fue Étienne Vasseur.
El comisionado francés intentó llevarse la mano a la garganta al sentir que el diafragma dejaba de obedecerle, pero sus dedos se abrieron sin fuerza; su copa de cristal cayó en vertical y estalló en mil esquirlas brillantes contra la piedra.
Un segundo después, sus rodillas se vencieron con un golpe seco y se desplomó de costado sobre los zapatos de sus hijos.
La parálisis barrió el salón como una ola de peste fulminante.
En cuestión de diez segundos, trescientos cuerpos vestidos de gala empezaron a tambalearse y caer unos sobre otros en un silencio grotesco.
Los patriarcas intentaban gritar órdenes a sus escoltas ausentes, pero el compuesto químico había bloqueado ya los nervios laríngeos: de sus bocas abiertas tras las máscaras de oro salían únicamente estertores húmedos, hilos de saliva espesa y gemidos ahogados.
Las matriarcas caían de rodillas arrastrando los manteles de las mesas laterales en un estrépito de porcelana rota y cubiertos de plata; los jóvenes herederos se desplomaban de bruces sobre el terciopelo rojo con los ojos desorbitados de espanto, atrapados en la pesadilla exacta a la que su estirpe había condenado a cientos de inocentes: los músculos completamente muertos bajo una mente despierta y lúcida.
Celine contempló desde las alturas aquella alfombra viviente de cuerpos convulsos con el pulso sereno y los ojos brillantes.
Y entonces, en el extremo opuesto del salón, los cerrojos exteriores de las monumentales puertas dobles de roble se descorrieron con un estruendo metálico que retumbó en toda la nave.
Las dos hojas de cuatro metros de altura se abrieron de par en par hacia la penumbra del vestíbulo.
Los magnates que yacían en el suelo con el cuello torcido hacia la entrada sintieron que el poco aire que quedaba en sus pulmones se convertía en hielo.
Recortadas contra la oscuridad del umbral, dos figuras cruzaron el marco de piedra y se adentraron en el salón.
Silas Richter caminaba con una solemnidad implacable y soberana.
Vestía un traje de sastrería negra de corte perfecto sobre camisa blanca, atravesado en el pecho por una corbata de seda color sangre arterial; llevaba las manos enfundadas en guantes de cuero negro y el rostro cubierto por una máscara lisa, bruñida y sin facciones de porcelana carmesí.
A su izquierda avanzaba Anya Vane. Llevaba un vestido largo de seda escarlata que se adhería a su cuerpo y fluía tras sus talones como un reguero de sangre recién derramada sobre las losas grises.
Otra máscara idéntica de porcelana carmesí cubría su rostro, detrás de cuyas aberturas estrechas relucían sus pupilas de esmeralda como dos esquirlas de hielo verde.
Juntos caminaron sin prisa por el pasillo central, pasando en silencio entre las hileras de multimillonarios, ministros y herederos que yacían inmóviles a sus pies.
Cuando el zapato de un banquero caído estorbaba su línea de avance, sus botas lo apartaban con la indiferencia de quien pisa madera seca.
El crujido ocasional de una máscara de oro o de porcelana veneciana al partirse bajo sus tacones resonaba en la bóveda gótica como el réquiem de cinco siglos de impunidad.
Desde la galería superior de mármol, con Bastian erguido como una sombra fiel al pie de su escalinata, Celine von Falken apretó los dedos enguantados sobre la piedra fría.
El corazón le latía en el pecho con una fuerza lenta, profunda y majestuosa.
Al mirar hacia abajo y ver a los antiguos dueños del planeta tendidos en el suelo, mudos, babeando sobre sus propias joyas mientras Silas y Anya se detenían en el centro exacto de la sala y alzaban la vista hacia su balcón en un saludo silencioso, Celine comprendió la perfección absoluta de su obra.
Los dioses habían muerto. La fortaleza de los reyes se había convertido en su matadero, y ella reinaba sola sobre la noche.