Carmesí CAPÍTULO QUINCE La Reina de la Oscuridad #2
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CAPÍTULO QUINCE La Reina de la Oscuridad #2

A mitad de la galería de los tapices, una mujer alta de porte regio y vestido de brocado carmesí salió a su encuentro, escoltada por su esposo y tres herederos varones.

Era la marquesa Lucrezia Aldobrandini, regente de los consorcios inmobiliarios y vaticanos de Roma. Tras las aberturas de su máscara de encaje metálico, sus ojos oscuros delataban setenta horas de insomnio y pánico acumulado.

—Celine —dijo la marquesa en voz baja y urgente, acercándose con la confianza de quien busca la protección de un par—.

Hemos traído a toda la familia desde Roma tal como exigiste desde Zúrich.

Nuestras fincas en la Toscana están rodeadas por esa chusma con cintas rojas.

Tú estuviste frente al Carmesí en Surrey, querida.

Viste de cerca a esos demonios y saliste ilesa.

Dime la verdad, por favor: ¿tienes una estrategia real para detenerlos?

¿Estamos a salvo dentro de este castillo?

Celine contempló a la aristócrata italiana y luego recorrió con una lentitud glacial los rostros jóvenes de sus tres hijos.

—Hiciste muy bien en traer a toda tu sangre contigo, Lucrezia —respondió Celine con una serenidad majestuosa, posando brevemente sus dedos enguantados sobre el hombro de la marquesa—.

Puedo garantizarte bajo mi palabra de honor que el problema del Carmesí quedará sellado esta misma noche.

Cuando las campanas de Dunscaith den la medianoche, el futuro del Consorcio quedará resuelto para siempre y ninguno de tus hijos volverá a sentir miedo.

Lucrezia Aldobrandini soltó un suspiro profundo de alivio, llevándose una mano al pecho sin sospechar el significado literal de aquella promesa.

—Que Dios te oiga, Celine —murmuró la marquesa, inclinándose con gratitud antes de retirarse junto a su prole.

Celine prosiguió su avance hacia la escalinata principal, pero a diez pasos de los peldaños una silueta corpulenta y de hombros pesados se plantó directamente en mitad de su camino, bloqueándole el paso.

Era Eberhard Breitenbach, el patriarca de los conglomerados metalúrgicos y armamentísticos de Baviera y Viena. A sus setenta años, Breitenbach había sido el socio comercial más estrecho de Heinrich von Falken y uno de los asiduos al comedor de invierno de su infancia.

El anciano industrial cometió el error mortal de mirar a Celine a través del recuerdo de la niña a la que solía regalar muñecas de porcelana veinte años atrás.

Con una sonrisa condescendiente bajo su máscara de bronce, Breitenbach dio un paso al frente, extendió una mano gruesa cargada de anillos de sello y sujetó con familiaridad paternal el brazo de Celine sobre la manga de terciopelo negro.

—Celine, mi querida niña... —ronroneó Breitenbach con voz pastosa y autoritaria, inclinándose hacia ella con el aliento cargado de coñac caro—.

Qué espectáculo tan admirable has montado al traernos a todos a Escocia.

Tus padres estarían orgullosos de ver cómo defiendes el apellido, pero ya es hora de que dejes que los hombres con experiencia tomemos el timón de esta crisis.

Después de que hables en el estrado, tú y yo firmaremos la fusión de tus fundaciones con mi grupo en Múnich para proteger tu patrimonio.

Celine se detuvo en seco.

Bajó la cabeza un milímetro y clavó sus ojos ámbar en los dedos regordetes del anciano que presionaban su brazo.

Mantuvo la vista fija en aquella mano en un silencio tan denso, helado y letal que la sonrisa de Breitenbach comenzó a congelarse bajo el bronce de su antifaz.

El instinto animal de conservación obligó al industrial a aflojar los dedos y retirar la mano despacio, como si acabara de tocar una barra de hierro al rojo vivo.

Celine levantó entonces las pupilas hacia las cuencas de la máscara del viejo.

—Vuelva a ponerme un dedo encima, Eberhard, y haré que mi escolta le arranque el brazo delante de sus nietos —susurró Celine con una voz tan baja y cortante que apenas rozó el aire entre ambos.

Breitenbach abrió los ojos de par en par, dando medio paso atrás con el rostro enrojecido de estupor.

—Y guárdese sus sermones sobre la memoria de mis padres —continuó Celine, dando un paso lento hacia él mientras lo acorralaba contra la base de una columna de mármol—.

Heinrich y Clara von Falken eran dos parásitos cobardes que se escondían detrás de túnicas y cánticos en latín porque les temblaban las rodillas a la hora de empuñar el cuchillo por sí mismos.

Murieron llorando y arrastrándose sobre su propia sangre como los gusanos que eran.

El anciano intentó articular una palabra, pero la garganta se le cerró por completo.

—En cuanto a mi patrimonio —remató Celine, inclinándose hasta que el borde de su máscara de ónice casi rozó la sien del magnate—, revisé personalmente los libros históricos del banco de Zúrich antes de volar hacia aquí.

Sé que usted vació las tres cuentas fiduciarias de mi padre en las Islas Caimán y ejecutó órdenes de venta en corto contra las acciones de la casa Von Falken apenas dieciocho horas después de que la policía de Viena encontrara sus cadáveres.

Usted lleva diecinueve años viviendo de las migajas que robó de mi mesa, Eberhard.

Vuelva a su rincón y rece para que la noche sea corta.

El color desapareció de las mejillas de Breitenbach, dejando su piel de un tono gris ceniciento.

Sus piernas flaquearon y retrocedió dos pasos tropezando con el borde de la alfombra, humillado y mudo de pavor al comprender que la joven a la que pretendía tutelar era un monstruo mucho más frío que cualquiera de los presentes.

Celine pasó de largo junto a él sin volver a mirarlo y recorrió el último tramo de terciopelo rojo hasta detenerse al pie de la gran escalinata de mármol imperial.

Allí aguardaba Bastian.

Al quedar frente a frente con el gigante, a resguardo del murmullo del salón bajo la sombra del arco gótico, la coraza glacial que Celine proyectaba sobre los trescientos condenados cedió una fracción de milímetro.

Levantó la vista hacia los ojos claros y serenos de Bastian.

En medio de aquel océano de traidores, caníbales y parásitos disfrazados de reyes, aquel hombre silencioso constituía la única roca firme y leal de su existencia: el guardián que la había protegido cuando era ciega y el ejecutor que había jurado seguirla cuando decidió abrir los ojos al abismo.

Celine dejó escapar una exhalación suave, relajando por un segundo la tensión de sus hombros.

Bastian la miró con una calidez silenciosa y profunda que ningún otro ser vivo en la tierra conocería jamás en su rostro curtido.

Con una ternura que contrastaba de forma sobrecogedora con las manos que habían partido el cuello de Crispin Bouverie en Zúrich, el escolta alzó los dedos y rozó apenas la mejilla descubierta de Celine, acomodando un rizo castaño detrás de su oreja.

—Las esclusas hidráulicas de la fortaleza están cerradas y soldadas desde afuera, pequeña —le susurró Bastian con su voz grave y confidencial, sellando el destino de las familias del Consorcio—.

Los conductos están presurizados y los pilotos de sus helicópteros ya duermen en los barracones. Nadie va a salir de esta sala.

Celine inclinó levemente el rostro contra la palma callosa de Bastian durante un latido, cerrando los párpados para absorber aquella lealtad absoluta.

—Gracias, Bas —susurró ella, sintiendo bajo la lengua el regusto amargo de la cápsula de profilaxis anticolinérgica que ambos habían ingerido una hora antes en sus aposentos privados.

Celine abrió los ojos, dio un paso atrás y volvió a sellar su semblante en una máscara de hielo imperial.

En lo alto de la torre norte, las campanas de bronce de Dunscaith comenzaron a batir el aire nocturno con la primera de las doce campanadas de la medianoche.

Había llegado la hora.

Con la espalda erguida y la cola de terciopelo negro deslizándose como una sombra líquida sobre los peldaños, Celine von Falken ascendió sin prisa por la escalinata central hasta alcanzar la galería superior de piedra tallada que dominaba la totalidad del Gran Salón de los Fundadores.

Se detuvo en el centro exacto del balcón y apoyó ambas manos enguantadas en cuero negro sobre la ancha balaustrada de mármol.

Su sola silueta recortada en las alturas bastó para apagar de golpe las conversaciones de los trescientos asistentes.

El tintineo de las copas cesó. Los patriarcas, las matriarcas y sus herederos giraron el rostro al unísono hacia la galería, formando un mar de trescientas máscaras doradas, plateadas y blancas que aguardaban en silencio el discurso de su salvadora.

Celine recorrió la estancia con sus ojos de ámbar, contemplando por última vez a la cúpula del viejo mundo.

—Sangres fundadoras del Alto Consorcio —pronunció Celine, y su voz clara, grave y magnética se proyectó por las bóvedas de piedra sin necesidad de micrófonos—.

Los he reunido esta noche junto a sus esposas, sus maridos y sus herederos en el bastión de Dunscaith porque el tiempo de los espejismos ha llegado a su fin.

Un silencio sepulcral reinaba abajo, roto únicamente por el chasquido de las brasas en las chimeneas y el bramido lejano del Mar del Norte contra el acantilado.

—Durante generaciones nos creímos una especie superior —continuó Celine, dejando que cada frase cayera sobre las cabezas enmascaradas con el peso de una losa de granito—.

Nos convencimos de que nuestras bancas centrales, nuestros ejércitos privados y nuestros tribunales comprados nos colocaban por encima de las leyes de la biología.

Nos acostumbramos a traficar con vidas humanas en la oscuridad de nuestros muelles, reduciendo la carne y la infancia a simples columnas de activos en paraísos fiscales.

Levantamos altares de obsidiana en los sótanos de nuestras fincas de invierno para beber sangre ajena bajo la nieve, embriagados con la fantasía de que el terror de los débiles nos volvía inmortales.