Carmesí CAPÍTULO QUINCE La Reina de la Oscuridad
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CAPÍTULO QUINCE La Reina de la Oscuridad

CAPÍTULO QUINCE

La Reina de la Oscuridad

La fortaleza de Dunscaith se alzaba sobre los acantilados de basalto del Mar del Norte como un colmillo de piedra negra clavado contra la tormenta, desafiando el embate de las olas heladas que reventaban en espuma blanca cien metros más abajo.

Durante las últimas setenta y dos horas, el cielo plomizo de la costa escocesa había zumbado sin descanso con las turbinas de decenas de helicópteros privados y reactores intercontinentales que aterrizaban en las pistas ocultas entre los brezales.

El olor penetrante del queroseno quemado y de la sal marina se colaba todavía por las galerías exteriores del castillo, testimonio físico del éxodo más grande en la historia secreta de la oligarquía mundial.

En el interior del Gran Salón de los Fundadores, el aire pesaba bajo una paranoia densa, húmeda y contagiosa.

Bajo las bóvedas góticas iluminadas por candelabros de hierro forjado se congregaban más de trescientas personas.

Por primera vez desde la firma de los tratados alpinos en el siglo pasado, el Alto Consorcio había derogado su protocolo de supervivencia más sagrado: la prohibición absoluta de reunir a la totalidad de las familias del Consorcio regentes bajo un mismo techo.

Y esta vez habían acudido con toda su sangre.

Junto a los patriarcas financieros de Wall Street, los cancilleres europeos, los magnates navieros de Asia y los oligarcas minerales del norte —incluida la silueta platinada de Hélène de Vauclair y la figura rígida de Kenji Takahashi junto al hogar central— se agrupaban sus esposas cubiertas de esmeraldas, sus maridos, sus hermanos menores y sus hijos herederos recién sacados de internados suizos.

Fuera de aquellos muros de tres metros de espesor, las capitales del mundo llevaban tres días sitiadas por el estado de excepción y por las turbas de la Marea Carmesí que seguían cazando apellidos ilustres en los aeropuertos; adentro, en cambio, los amos de la Tierra habían corrido a refugiarse tras las puertas blindadas de Dunscaith como una manada de ciervos acorralados por el fuego del bosque.

Todos llevaban el rostro cubierto por máscaras venecianas de oro bruñido, filigrana de plata y porcelana blanca, aferrando copas de champaña francés con dedos que temblaban levemente al menor roce del viento contra los vitrales.

Cerca de una de las enormes columnas de pórfido rojo que flanqueaban la entrada, la figura de Bastian se erguía como una torre de piedra oscura.

Desde el extremo opuesto de la alfombra, Celine von Falken observó por un instante a su guardaespaldas.

Impecable dentro de su esmoquin negro hecho a medida, con los brazos cruzados a la espalda y los hombros anchos en calma, Bastian recorría la multitud con aquellos ojos claros de veterano que dividían el salón en sectores de tiro.

Detectaba cada frente perlada de sudor frío bajo el borde de las máscaras, cada mano que apretaba con demasiada fuerza el tallo de una copa y cada mirada furtiva hacia las puertas de roble macizo.

Celine sintió una corriente tibia de satisfacción recorrerle el pecho al avanzar por el pasillo central.

Llevaba un vestido de alta costura en terciopelo negro medianoche que ceñía su silueta como una segunda piel, con un cuello alto bordado en azabache que ocultaba a la vista de todos la tenue marca violácea que los labios de Anya y los dientes de Silas habían dejado sobre su clavícula tres noches atrás en el ático de Mayfair.

Una media máscara de ónice tallado cubría la mitad superior de su rostro, haciendo que el brillo dorado de sus ojos ámbar resaltara en la penumbra con la frialdad hipnótica de un búho real.

A cada paso que daban sus tacones sobre la alfombra escarlata, los círculos de conversación se abrían con una reverencia instantánea, casi supersticiosa.

Aquellos hombres y mujeres habían cruzado océanos enteros atendiendo al llamado personal que ella había emitido desde la Bóveda Cero de Zúrich.

Para los trescientos ocupantes de la sala, Celine von Falken representaba un milagro viviente y su única tabla de salvación: era la mujer que había estado dentro de la alcoba de los espejos en Surrey frente a los dos demonios del Hilo Carmesí, la única persona en el planeta que había mirado a los ejecutores a la cara y había salido caminando con vida antes de reclamar dos tronos simultáneos en Suiza.

Celine saboreó el aroma químico del miedo que emanaba de sus pieles perfumadas.

Tres días atrás había enviado el mensaje cifrado a todas las familias del Consorcio con una premisa impecable: «Estuve frente al Carmesí en Surrey.

Sobreviví a su presencia y conozco lo que exige.

Reúnanse conmigo y traigan a sus familias al bastión de Dunscaith en setenta y dos horas; allí definiremos el futuro del Consorcio y pondremos fin a esta cacería para siempre».

Bajo el borde de su máscara de ónice, los labios de Celine conservaron una quietud inescrutable.

Al pasar junto al gran hogar de piedra donde crepitaban troncos de encina, un grupo de dignatarios europeos y sus consortes interrumpió sus cuchicheos para inclinarse ante ella.

Al frente del corro se adelantó Étienne Vasseur, comisionado de Energía e Infraestructura Marítima del continente, acompañado por su esposa —una mujer pálida envuelta en pieles de armiño— y sus dos hijos veinteañeros, cuyos ojos asustados brillaban detrás de antifaces de plata.

—Señorita Von Falken... —murmuró Vasseur, haciendo una reverencia tan pronunciada que el borde de su máscara dorada casi rozó su copa de cristal—.

En nombre de mi casa y de mis hijos, le agradezco que nos haya abierto las puertas de Dunscaith.

Las carreteras hacia Ginebra y París son un infierno.

Contar con su liderazgo tras la tragedia de Julius es un alivio indescriptible.

Celine se detuvo con elegancia felina y posó sus pupilas de ámbar sobre el rostro sudoroso del comisionado.

Durante las últimas tres noches en Londres, mientras el mundo ardía afuera, Celine había memorizado junto a Silas y Anya los archivos maestros de los trescientos terabytes y las carpetas privadas del servidor de Zúrich.

Su mente era ahora un inventario completo de las arterias financieras y los cadáveres de cada persona presente en aquella sala.

—El alivio es mutuo, monsieur Vasseur —respondió Celine con una voz suave, cristalina y cargada de una dulzura venenosa—.

Aunque debo confesar que me sorprende verlo brindar con tanta calma esta noche.

Sobre todo teniendo en cuenta el desastre que acaba de ocurrir en su terminal frigorífica del puerto de Marsella.

El brazo de Vasseur quedó rígido en el aire. El champán dentro de su copa de Baccarat vibró en ondas concéntricas.

La terminal cuatro de Marsella constituía el nodo ciego a través del cual Vasseur introducía en Europa los cargamentos humanos procedentes del norte de África y los Balcanes para las residencias del Consorcio, una ruta sepultada bajo doce compañías navieras fantasma.

—El... el tráfico marítimo atraviesa días turbulentos por las huelgas, querida Celine —balbuceó el político, mientras una gota de sudor escurría desde su patilla gris hasta el cuello almidonado de su camisa—. Son contratiempos menores de aduana.

Celine dio medio paso hacia él, invadiendo su espacio personal hasta obligarlo a alzar la barbilla.

—Ahorre saliva conmigo, Étienne —susurró ella, manteniendo el mismo tono acariciador de una anfitriona que comenta el clima—.

He leído el manifiesto de carga del contenedor catorce correspondiente al catorce de noviembre.

Conozco el peso exacto de las dieciséis piezas que declaró como maquinaria agrícola, sé el nombre del capitán de la guardia costera al que le transfirió dos millones de euros desde su cuenta en Luxemburgo y tengo en mi poder la grabación del muelle.

Los labios de Vasseur se abrieron en un espasmo mudo; a su lado, su esposa se llevó una mano temblorosa al collar de perlas, intuyendo el abismo que se abría bajo los pies de su marido.

—Asegúrese de que el voto de su cartera energética esta noche sea tan dócil como ese inspector de aduanas —concluyó Celine, dedicando una mirada fugaz y gélida a los dos hijos jóvenes del matrimonio—.

De lo contrario, esos archivos llegarán a las pantallas de los sindicatos portuarios de Marsella antes de que termine el desayuno, y dudo mucho que sus hijos corran más rápido que la turba.

Vasseur quedó petrificado, con la tez cenicienta bajo el oro de su antifaz y el aliento atascado en la tráquea.

Celine giró sobre sus talones sin esperar respuesta, dejando al comisionado hundido en su propio terror químico, y continuó su paseo imperial por el centro del salón.

El roce del terciopelo negro contra sus piernas le producía un placer eléctrico, denso y embriagador.

A medida que caminaba entre las filas de banqueros, duques y magistrados que se apartaban a su paso con la cabeza gacha, la memoria de Celine evocó por un segundo aquella primera noche en la capilla subterránea de los Alpes austríacos.

Recordó cómo había temblado entonces detrás de la columna de piedra, asfixiada por el olor a incienso y sangre fresca, creyendo que aquellos seres enmascarados eran titanes omnipotentes que gobernaban el destino de la tierra.

Hoy los miraba a través del cristal de su nueva naturaleza y veía únicamente ganado.

Eran reses cebadas con oro y soberbia, apretujadas en un corral de lujo a la espera del cuchillo.

Había comprendido hasta la médula la lección de Silas y Anya: el poder real carecía de relación con los apellidos centenarios o los billones acumulados en bonos del Tesoro.

El único poder verdadero sobre la faz de la tierra consistía en mirar a otro ser humano a las pupilas y poseer la autoridad absoluta para decidir en qué minuto exacto se detendría su corazón.