CAPÍTULO CATORCE El Descenso al Infierno #3
—Pero justo antes de cruzar la puerta hacia la escalera, escuché un ruido detrás de un biombo de madera tallada —dijo Silas, y el aire del ático pareció congelarse de golpe—.
Era un sollozo diminuto. Un gemido ahogado de alguien que intentaba taparse la boca con ambas manos para que el asesino pasara de largo.
Celine sintió que el pulso se le detenía en seco en la garganta.
—Me detuve sobre la alfombra manchada y volví la cabeza hacia el rincón más oscuro del cuarto —prosiguió Silas—.
Allí, acurrucada entre los pliegues de las cortinas de terciopelo, con un camisón blanco salpicado por las gotas que habían saltado desde la cama, había una niña pequeña.
Temblaba de pies a cabeza con tanta violencia que sus dientes chocaban entre sí.
Tenía los párpados apretados con todas sus fuerzas, enterrando la cara contra las rodillas para evitar ver al monstruo que acababa de destrozar a sus padres.
Silas hizo una pausa glacial.
—Ella mantuvo los ojos cerrados todo el tiempo —susurró él—. Pero yo me quedé mirándola en la oscuridad.
Con una lentitud que pareció detener la rotación misma de la tierra, Silas Richter giró sobre sus talones.
Apartó la espalda del ventanal lluvioso y quedó frente a frente con Celine, a menos de un palmo de distancia, clavando el oro ardiente y oscuro de sus ojos ámbar directamente en el fondo de las pupilas de ella.
El silencio que estalló entre ambos comprimió el oxígeno de la sala hasta volverlo irrespirable.
En aquella fracción de segundo, el velo del trauma infantil que la mente de Celine había mantenido sellado durante diecinueve años se rasgó de arriba abajo: el supuesto «robo violento» que la policía de Viena había archivado, el olor a lirios blancos mezclado con hierro caliente, el sonido húmedo de los golpes en la penumbra mientras ella se mordía los nudillos detrás de las cortinas...
Ella era aquella niña de siete años.
Y al comprender que el hombre imponente que tenía delante había estado de pie sobre ella con las manos cubiertas con la sangre de sus padres hacía diecinueve años, y que hoy le entregaba aquella verdad atroz desnuda, cruda y mirándola a la cara, algo profundo y primitivo reventó dentro de Celine.
Durante toda su vida la habían tratado como un adorno de porcelana al que había que engañar y proteger de la realidad. Silas, en cambio, acababa de arrojarle las entrañas de su origen sobre la cara con una brutalidad absoluta.
Aquella sinceridad salvaje operó en su sangre como un afrodisíaco letal.
El horror moral terminó de calcinarse en su corteza cerebral, dando paso a una descarga de calor oscuro, denso y volcánico que nació en su bajo vientre y le encendió cada terminación nerviosa de la piel.
Su corazón comenzó a galopar contra sus costillas a un ritmo desbocado.
Saber que el hombre cuya respiración le rozaba la frente llevaba su misma sangre —que era su hermano, el verdugo de sus padres y el demonio que acababa de poner de rodillas a la humanidad— multiplicó la atracción hasta convertirla en un vértigo insoportable, un tabú sagrado que tiraba de su cuerpo hacia el centro de la gravedad de él.
Con las piernas temblándole apenas bajo la falda negra y los labios entreabiertos buscando aire, Celine alzó el rostro hacia Silas y dejó escapar la pregunta que llevaba diecinueve años aguardando en la oscuridad:
—¿Por qué me dejaste viva esa noche? —susurró Celine, con la voz rota por una devoción febril.
Silas le sostuvo la mirada desde su altura imponente, dejándola suspendida al borde del precipicio durante varios latidos interminables.
En medio de aquella tensión eléctrica, la presencia de Anya Vane se desprendió del sofá de terciopelo.
Celine percibió el desplazamiento sin necesidad de volver el rostro: sintió el cambio en la corriente de aire y el roce casi inaudible de la seda negra deslizándose sobre el parquet con la gracia silenciosa de una serpiente.
Anya rodeó el espacio y se colocó directamente a espaldas de Celine, tan cerca que el calor de su pecho rozó la tela de la chaqueta de la joven, cerrando el círculo y bloqueando cualquier retirada hacia el mundo exterior.
El primer contacto físico atravesó a Celine como un relámpago.
Anya posó ambas manos pálidas sobre los hombros de Celine.
A través de la sastrería negra de Zúrich, la presión firme y posesiva de aquellos dedos le transmitió un dominio absoluto.
Con una lentitud litúrgica, las uñas finas de Anya se deslizaron hacia el cuello de Celine, desabrochando el broche superior de su chaqueta y apartando con delicadeza los mechones de cabello castaño para dejar la piel desnuda de su nuca completamente expuesta al aire frío del ático.
Un estremecimiento violento erizó cada vello en la espalda de Celine.
El aliento tibio de Anya le acarició el lóbulo de la oreja derecha, envolviéndola en una fragancia embriagadora de lavanda fresca y piel cálida.
Celine entrecerró los párpados con un suspiro entrecortado, sintiendo cómo el pulso le latía con fuerza en las carótidas al verse rodeada, desarmada y reclamada entre las dos mitades de aquel monstruo bicéfalo.
Frente a ella, Silas dio el último medio paso que los separaba, hasta que el lino negro de su camisa rozó el pecho de Celine.
Ella levantó la barbilla con los labios húmedos y temblorosos, esperando escuchar una confesión de piedad fraternal o de compasión por la hermana pequeña.
Silas la miró desde el fondo de su abismo y destruyó esa última ilusión humana con una crueldad implacable:
—Matarte jamás me pasó por la cabeza, Celine —murmuró Silas con su voz grave y cavernosa directamente contra sus labios—. Aquella noche eras una cría insignificante que aún tenía las manos vacías de culpa. Eras irrelevante para mi sangre.
La crudeza de la respuesta cayó sobre ella como fuego helado: aquella noche la había dejado con vida por simple desdén hacia su inocencia; hoy, en cambio, después de haberla visto atar el Hilo Carmesí en la garganta de Julius von Thurn y degollar la mesa de Zúrich, la miraba por primera vez con hambre de igual.
Aquella ausencia total de sentimentalismo terminó de quebrar la última frontera en la mente de Celine.
Silas levantó su mano derecha con una calma soberana y posó sus dedos largos y ardientes sobre el cuello desnudo de la joven.
El pulgar de él recorrió la línea tensa de su mandíbula, obligándola a inclinar la cabeza hacia atrás, mientras su palma envolvía la garganta de Celine sintiendo el latido frenético de su vena yugular.
En el segundo siguiente, Silas se inclinó y tomó su boca.
El beso careció de cualquier rastro de ternura; fue una colisión voraz, profunda y posesiva de labios y dientes que supo a café amargo, a hierro y a tormenta.
Silas invadió su boca con una fuerza dominante que le arrancó el aire de los pulmones, reclamándola como suya sobre las cenizas de su apellido.
Un gemido grave y ahogado brotó de la garganta de Celine contra los labios de su hermano, mientras sus propias manos se aferraban con desesperación a la camisa de lino negro sobre el pecho duro de él.
De forma simultánea, las manos de Anya descendieron desde los hombros de Celine por delante de su torso.
Con una destreza pausada y envolvente, los dedos de Anya terminaron de abrir los botones de la chaqueta negra y la deslizaron hacia atrás por los brazos de Celine hasta que la prenda cayó con un roce sordo sobre la alfombra.
Sin detenerse, las palmas desnudas y calientes de Anya rodearon la cintura de Celine por debajo de la blusa de seda, subiendo con lentitud por sus costillas hasta acunar la curva de su pecho mientras pegaba su propio cuerpo contra la espalda de la joven.
Anya entreabrió los labios y depositó un beso lento, húmedo y abrasador sobre la piel expuesta de la nuca de Celine, mordisqueando suavemente el tendón del cuello donde el pulso latía sin control.
Celine arqueó la espalda entre ambos cuerpos, atrapada en una prensa de calor y vértigo que le nubló la vista.
Por delante, la boca hambrienta de Silas y el roce áspero de su mano descendiendo desde su garganta hasta su cadera la incendiaban por dentro; por detrás, las caricias expertas de Anya despojándola de la blusa de seda y el roce de aquellos labios helados y ardientes sobre sus hombros la arrastraban hacia una entrega total.
Cada prohibición con la que el mundo había intentado educarla se disolvió en una embriaguez oscura, pura y absoluta.
Silas separó sus labios de los de ella apenas un centímetro, respirando su mismo aliento con las pupilas de ámbar dilatadas por un deseo feroz, mientras Anya deslizaba una mano por la mejilla de Celine para girar su rostro y reclamar también su boca en un beso profundo, lento y venenoso que selló el pacto entre las tres sangres.
Sin pronunciar una sola palabra más, las manos de Silas y Anya guiaron el cuerpo estremecido de Celine hacia el centro del salón.
La condujeron sobre el inmenso diván de terciopelo frente a los ventanales donde caía la lluvia de Londres. Allí, entre el susurro de la seda negra al caer al suelo y la penumbra gris de la tormenta, las últimas vestiduras de su antigua vida desaparecieron por completo.
Piel contra piel, enredada entre el peso poderoso del cuerpo de Silas y la suavidad envolvente y febril de Anya, Celine se entregó a la vorágine.
Sus dedos se clavaron en la espalda marcada de cicatrices de él mientras los labios de ella recorrían su pecho y su vientre, fundiendo los tres alientos en un solo ritmo lento, profundo y ancestral.
Fue una comunión silenciosa y sagrada sobre la oscuridad del terciopelo, donde el placer, la sangre compartida y el abismo se convirtieron en una única carne.
Afuera, el viejo mundo seguía ardiendo bajo la lluvia; adentro, en la quietud sagrada del ático, la nueva trinidad del infierno acababa de consumar su nacimiento.