Carmesí CAPÍTULO CATORCE El Descenso al Infierno #2
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CAPÍTULO CATORCE El Descenso al Infierno #2

—Celine... —murmuró Bastian en un registro tan grave que apenas fue un roce de piedras, clavando una mirada sombría y recelosa en la espalda de Silas—. Sabes lo que hicieron anoche en Surrey.

—Lo sé mejor que nadie, Bas —respondió ella, apoyando con calma la palma enguantada sobre el antebrazo macizo del gigante—. Y sé exactamente quién está en esta habitación. Tenemos asuntos de sangre pendientes que solo nos conciernen a los tres. Confía en mí.

Bastian bajó la vista hacia aquella mano pequeña posada sobre su manga y luego volvió a mirar los ojos ámbar de Celine.

Vio en ellos la misma firmeza glacial con la que horas antes había ordenado su primera muerte sobre el mármol negro de Zúrich.

Comprendió que la mujer que tenía delante ya había cruzado una frontera donde ningún guardaespaldas podía escoltarla, y que su lealtad hacia ella exigía acatar su voluntad incluso a las puertas del infierno.

Con una exhalación lenta que delató cuánto le costaba ceder, Bastian inclinó la cabeza en una reverencia silenciosa.

—Estaré abajo junto al motor encendido —dijo el gigante en voz baja—. A una sola llamada tuya.

Bastian dio un paso atrás hacia el interior de la cabina. Las puertas de acero pulido se cerraron con un chasquido definitivo y el murmullo del elevador descendió por el foso hasta extinguirse por completo.

Por primera vez en toda la tarde, el silencio del ático quedó blindado contra el mundo exterior.

Celine dejó caer los brazos a los costados, respirando el aire denso y cargado de electricidad estática del salón.

Se giró despacio sobre sus tacones.

En el sofá de terciopelo, Anya Vane seguía reclinada con las piernas cruzadas bajo la seda negra, observándola en un silencio atento y felino, deleitándose con cada paso de su transformación.

Más allá, frente al inmenso lienzo gris de los ventanales azotados por el aguacero, Silas Richter continuaba de espaldas al salón, con las manos unidas tras la cintura y la vista fija en las cortinas de agua que borraban los tejados de Londres.

La penumbra del ático parecía latir al ritmo de la lluvia, saturada por el magnetismo oscuro de veintinueve años de secretos enterrados.

Celine caminó hacia él.

El taconeo pausado de sus zapatos sobre la madera noble resonó en la acústica de doble altura como el péndulo de un reloj. Cruzó la alfombra sin vacilar y se detuvo a medio metro de la espalda ancha de Silas, sintiendo el calor corporal que irradiaba su figura a través de la camisa de lino negro.

Dos mitades de la misma estirpe, engendradas en el mismo vientre y separadas por un altar de piedra en los Alpes, respiraban por fin el mismo oxígeno libres de testigos y de máscaras.

—Háblame sin filtros —exigió Celine. Su voz brotó como un susurro grave y firme que cortó el rumor del agua contra el vidrio, despojada de cualquier fragilidad infantil; era el reclamo directo de una igual—.

Quiero toda la verdad de tu boca, Silas.

¿Qué hacían exactamente nuestros padres?

¿Cómo fue que terminaste arrojado a esa fosa en Sankt Ignaz?

Silas permaneció inmóvil frente al cristal durante un largo segundo.

En la superficie húmeda del ventanal, el reflejo pálido de sus facciones afiladas parecía suspendido sobre el cielo tormentoso de Londres. Cuando abrió los labios, su voz barítona sonó desnuda, íntima y cargada de un desprecio tan crudo y visceral que heló la sangre en las sienes de Celine:

—Lo que viste anoche en la alcoba de Julius von Thurn, Celine, era apenas una sucursal de provincia comparado con lo que se hacía bajo el techo donde tú y yo nacimos —dijo Silas, y en su tono vibró un veneno antiguo y personal, desprovisto de frialdad académica—.

Nuestro padre, Heinrich von Falken, y nuestra adorable madre jamás fueron invitados pasivos que pagaban una cuota por miedo.

Ellos diseñaron la liturgia moderna del diezmo.

Fueron ellos quienes mandaron tallar las losas de obsidiana en el sótano del palacio de invierno en el Tirol y quienes redactaron los contratos de suministro con los hospicios tras la caída del muro.

Celine mantuvo la espalda recta y los pulmones llenos, recibiendo cada palabra como un golpe de cincel contra los retratos al óleo que habían presidido su infancia en Viena.

—Yo tenía siete años cuando decidieron que la sangre comprada en los orfanatos resultaba insuficiente para sellar su pacto de supremacía con Julius —continuó Silas, clavando la vista en las gotas de lluvia que escurrían por el cristal como venas oscuras—.

Mi propia madre me vistió de gala esa tarde.

Me peinó frente al espejo, me tomó de la mano con una sonrisa dulce y me llevó hasta la piedra helada de la montaña para que me abrieran el pecho frente a sus socios.

Un silencio espeso se abrió entre frase y frase. Celine sintió el frío de la nieve austríaca filtrándose por los poros de su piel.

—Pero el veneno paralizante que me inyectaron y la ventisca de aquella noche dejaron el trabajo a medias —prosiguió Silas con una mueca de asco profundo reflejada en el vidrio—.

Mi corazón siguió latiendo bajo la escarcha.

Cuando los sirvientes bajaron a recoger los cadáveres al amanecer y descubrieron que yo seguía respirando junto a Anya, nuestros padres entraron en pánico.

Y ahí quedó al descubierto la verdadera medida de su miseria: eran unos cobardes supersticiosos y patéticos.

Silas ladeó ligeramente la cabeza, y su voz adquirió una crueldad cortante como el filo de una navaja:

—Temblaban como ratas asustadas en su propio salón dorado.

Creyeron en su estupidez mística que el abismo había rechazado mi carne y que, si me remataban ellos mismos con un cuchillo, la maldición caería sobre sus negocios.

Les faltaron agallas hasta para terminar de matar a su propio hijo.

Así que falsificaron mi acta de defunción, borraron mi nombre de los registros familiares y me arrojaron como carroña viva en las celdas de Sankt Ignaz para que el hambre y los guardias hicieran el trabajo sucio por ellos, mientras en Viena encargaban una nueva heredera limpia para lucirla en sociedad.

El golpe de aquella revelación sacudió el esternón de Celine, pero sus piernas permanecieron clavadas en la madera.

En vez de retroceder ante la brutalidad de la historia, Celine dio medio paso más hacia adelante, reduciendo la distancia hasta que la punta de sus zapatos rozó la sombra de los talones de Silas. Un fuego oscuro y voraz le quemaba la garganta, exigiéndole llegar hasta el hueso de aquella noche.

—¿Y cómo fue cuando volviste por ellos? —susurró Celine, clavando sus pupilas ámbar en la nuca de su hermano—. Dímelo todo. ¿Qué sentiste cuando los tuviste enfrente?

Silas dejó escapar una exhalación lenta y silenciosa que empañó un círculo tenue sobre el cristal frío del ventanal.

—Tenía diecisiete años cuando entré de noche en el dormitorio principal de la residencia de Viena —relató Silas, y su voz bajó media octava, cargada de una intimidad sombría y feroz que transportó a Celine directamente al olor de aquella alcoba—.

Todavía recuerdo el hedor dulzón de los lirios blancos que nuestra madre hacía poner junto a su tocador y el brillo de aquel papel tapiz de seda crema que tanto cuidaba.

Cuando encendí la lámpara junto a su cama y me vieron de pie con el arma en la mano, toda su arrogancia de dioses del mundo se deshizo en tres segundos.

En el reflejo del ventanal, los ojos ámbar de Silas brillaron con una frialdad despiadada.

—Nuestro padre intentó comprarme la vida balbuceando claves de cuentas bancarias en Zúrich mientras se orinaba encima de las sábanas de hilo egipcio —continuó Silas con un desprecio visceral que le tensó la comisura de los labios—.

Y nuestra madre se arrastró de rodillas por la alfombra intentando besarme los zapatos, jurando que todo había sido culpa de Julius.

Eran dos gusanos hinchados de miedo suplicando por un minuto más de aire.

Celine contuvo el aliento; el corazón le golpeaba las costillas con una violencia sorda.

—Les disparé primero en las rodillas y en el estómago para que el dolor les borrara los discursos —dijo Silas con calma atroz—.

Y luego solté la pistola, porque el plomo era una muerte demasiado limpia para ellos.

Me arrodillé sobre el parquet y les hundí el cráneo a golpes con mis propias manos y con el candelabro de plata de su mesilla.

Golpeé sus caras una y otra vez mientras chillaban, sintiendo cómo se partían los huesos de su nariz y cómo su sangre caliente salpicaba entera aquella seda crema de las paredes, hasta que dejaron de moverse y quedaron convertidos en dos sacos de carne irreconocible sobre su propia alfombra.

La crudeza de la imagen atravesó a Celine como una descarga de alto voltaje.

Un escalofrío helado trepó desde sus tobillos hasta la base de su cráneo, instalando en su paladar el sabor metálico de la pólvora y la sangre vieja.

Visualizó a Heinrich y Clara von Falken —los rostros solemnes y respetables ante los que había depositado flores durante toda su juventud— reducidos a dos bestias cobardes suplicando de rodillas y masacrados a golpes por el hijo al que habían intentado sacrificar.

Silas permaneció en silencio un instante, escuchando la lluvia golpear el vidrio de Mayfair.

—Cuando terminé con ellos, la habitación entera olía a cobre y a cera derretida —continuó Silas en un murmullo grave e implacable—.

Tenía los nudillos abiertos y las mangas empapadas hasta los codos.

Me puse de pie entre los dos cuerpos, recogí mis cosas y caminé hacia el pasillo para marcharme de esa casa para siempre.

El pecho de Celine subía y bajaba con una respiración agitada y superficial, hipnotizada por la cadencia de aquella voz.