Carmesí CAPÍTULO CATORCE El Descenso al Infierno
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CAPÍTULO CATORCE El Descenso al Infierno

CAPÍTULO CATORCE

El Descenso al Infierno

El silencio que cayó sobre el salón de Mayfair tras las últimas palabras de Anya Vane poseía la densidad del plomo fundido.

Sentada en la butaca de cuero blanco, Celine von Falken respiró aquel vacío con una serenidad profunda y cristalina.

En el interior de su pecho, cualquier rastro de vértigo o turbulencia moral había desaparecido por completo; experimentaba la quietud absoluta que reina en el fondo de una fosa abisal, allí donde la presión del agua aplasta a las criaturas débiles y deja vivir únicamente a los depredadores adaptados a la oscuridad.

El aroma suave del té de jazmín y de la madera de sándalo flotaba en la penumbra tibia de la sala, fundiéndose con el murmullo constante de la lluvia londinense que resbalaba por los ventanales de piso a techo.

Desde su asiento, Celine posó sus ojos de color ámbar sobre Dante Cruz.

El inspector que cuarenta y ocho horas antes se había plantado en su ático de Belgravia con la mandíbula cuadrada y la mirada encendida por el deber parecía ahora una estructura demolida desde los cimientos.

Sus hombros anchos habían caído hacia adelante bajo el peso de la chaqueta de cuero húmeda, su respiración sonaba corta y áspera entre los dientes y sus pupilas oscuras miraban la alfombra como si el suelo acabara de abrirse bajo sus botas.

Celine examinó el derrumbe de aquel hombre con una indiferencia mineral, desprovista de lástima.

Comprendió, con un destello de lucidez helada que le recorrió las venas desde el cuello hasta las muñecas, que la joven arquitecta a la que Dante había intentado salvar en Londres llevaba muerta desde la noche anterior.

Aquella heredera asustada había quedado enterrada entre la escarcha de Austria y la sangre de Surrey; quien ocupaba ahora su piel era una soberana que acababa de reconocer su verdadero lugar en la cima de la cadena alimenticia.

Junto a la isla de cuarzo blanco, Silas Richter rompió su inmovilidad.

Caminó dos pasos pausados sobre el parquet oscuro y detuvo sus ojos ámbar en la figura rota del detective. Su voz barítona brotó grave, desnuda y despiadada, pronunciando una sentencia que sonó como una extremaunción:

—Ya da igual aquello en lo que elijas creer, Dante —dijo Silas, y el timbre profundo de su voz llenó la bóveda del salón—.

Tu fe acaba de morir frente a la realidad.

El edificio legal por el que entregaste la vida es un montón de ceniza mojada, y esa placa que guardas junto al pecho sirve exactamente para lo mismo que una piedra.

Vuelve a la calle y vive bajo tus propias normas. Quedas libre.

Celine observó cómo los dedos de Dante temblaban ligeramente junto al borde de su abrigo. Aquella libertad constituía la condena más cruel que su hermano podía arrojarle: el destierro perpetuo hacia un mundo vaciado de sentido, donde la ley y el crimen habían dejado de existir.

Silas desvió entonces la mirada hacia el hombre delgado de gabardina oscura y gafas empañadas que permanecía inmóvil junto a la mesa de cristal.

Celine vio cómo Víctor Aris mantenía las pupilas grises dilatadas al máximo, tragando saliva mientras su cerebro febril intentaba absorber cada detalle del ático con la avidez de un adicto.

Silas prescindió de cualquier amenaza o advertencia sobre represalias; se limitó a mirarlo desde arriba con una calma soberana que reconocía de antemano la naturaleza obsesiva del informático.

—Señor Aris... —murmuró Silas con cortesía helada—. Sé perfectamente que usted continuará haciendo lo mismo que ha hecho desde el principio.

Víctor inclinó la cabeza en un asentimiento corto y espasmódico. Había comprendido el mandato sin necesidad de traducciones: tenía permiso para seguir contemplando el incendio del mundo desde sus pantallas, siempre que recordara su condición de simple espectador.

En el sofá de terciopelo gris, Anya Vane permanecía recostada sobre la seda negra, observando a los dos intrusos con la placidez distante de quien contempla hojas secas arrastradas por el viento.

A espaldas de la butaca de Celine, la silueta colosal de Bastian dio un paso al frente. El gigante extendió un brazo macizo hacia el vestíbulo del ascensor privado, indicando en silencio que la audiencia había concluido.

Víctor Aris giró sobre sus talones de inmediato y caminó con pasos rápidos hacia las puertas metálicas.

Dante Cruz tardó tres segundos más en moverse. Dio media vuelta con la pesadez de un sonámbulo y avanzó hacia la salida; sin embargo, al llegar al umbral del vestíbulo, sus botas se detuvieron sobre la madera.

El inspector giró el rostro por encima del hombro y buscó por última vez los ojos de Celine.

En aquellas pupilas cansadas y enrojecidas por el insomnio, Celine leyó una súplica muda y desesperada: Dante buscaba todavía una grieta en la máscara, un parpadeo de auxilio, la más mínima señal de que ella permanecía retenida contra su voluntad por dos monstruos.

Celine mantuvo el semblante inmóvil como una estatua de sal.

Sostuvo la mirada del policía desde su trono de cuero blanco, ladeó apenas la barbilla y dejó que su voz brotara suave, aterciopelada y definitiva:

—Gracias por haber intentado salvarme, Dante —pronunció Celine, y cada sílaba cayó sobre el silencio del ático como un bloque de hielo—. Siempre estuve en mi sitio. Vaya en paz.

Aquellas palabras apagaron la última chispa que quedaba en los ojos del inspector. Dante bajó la cabeza, hundió las manos en los bolsillos de su chaqueta de cuero y cruzó el umbral tras los pasos de Víctor, saliendo de la vida de Celine para siempre.

Bastian caminó detrás de ambos hombres hacia el interior de la cabina de acero cepillado. Las hojas dobles del ascensor se cerraron con un siseo hermético.

Celine se puso en pie sin prisa.

Impulsada por un instinto nuevo de dominio territorial, caminó con pasos fluidos sobre la alfombra persa hasta alcanzar la consola central de cuarzo blanco.

Sus dedos enguantados se deslizaron sobre el cristal táctil, activando el monitor de circuito cerrado que mostraba en alta definición el interior del elevador privado en pleno descenso hacia el nivel de la calle.

Encendió el canal de audio interno.

En la pantalla, Dante y Víctor viajaban de pie frente a la puerta cerrada, flanqueados por la mole imponente de Bastian, cuyos hombros casi ocupaban la mitad trasera de la cabina.

Celine contempló la imagen desde las alturas con una fascinación fría, experimentando el placer embriagador de mirar a los hombres desde una cámara a la que ninguna ley podía llegar.

A mitad del descenso entre las plantas, Bastian rompió su silencio habitual.

El guardaespaldas bajó la mirada hacia los dos hombres que tenía delante y habló con su voz grave y ronca de barítono, teñida por una curiosidad genuina:

—¿Saben siquiera lo que estuvieron a punto de provocar ahí arriba? —retumbó la voz de Bastian a través de los altavoces de la isla de cuarzo—. ¿Acaso han perdido el miedo a morir?

Víctor Aris mantuvo la vista clavada en la puerta de acero frente a su nariz, masticando su chicle de nicotina con un movimiento tenso de mandíbula.

—El miedo se reduce a una descarga química de cortisol y adrenalina en la sangre, amigo —respondió Víctor con voz nasal, escudándose tras su armadura intelectual—. Es una alarma primitiva que pierde toda utilidad cuando el resultado de la partida ya está decidido de antemano.

A su lado, Dante Cruz guardó silencio absoluto, contemplando su propio reflejo deformado sobre la chapa metálica del ascensor con la expresión vacía de un difunto.

Bastian soltó una exhalación profunda y sorda por la nariz.

—Tienen agallas, eso se lo reconozco —dictaminó el gigante con el respeto seco de un viejo soldado—.

Subieron a ese piso sabiendo exactamente quiénes son ellos dos.

Sabiendo cuántos cadáveres dejaron anoche en Surrey.

Y aun así se metieron en la misma sala desprovistos de chaleco antibalas o de un pelotón de respaldo.

Acaban de bailar con el diablo en su propia casa y salen respirando.

El indicador luminoso del monitor marcó la planta baja. Las puertas del ascensor se abrieron hacia el vestíbulo inferior, donde el viento húmedo de la tormenta londinense se colaba desde la acera, y Víctor y Dante caminaron hacia la lluvia hasta perderse entre la penumbra gris de la calle.

En la pantalla, Bastian pulsó el botón del último piso para regresar de inmediato al ático.

Celine apagó el monitor con un toque del índice y caminó hacia el umbral del vestíbulo privado, aguardando de pie frente a las puertas metálicas mientras el zumbido del cable anunciaba el ascenso de su guardaespaldas.

Cinco segundos después, las hojas de acero se deslizaron hacia los lados y Bastian dio un paso al frente para retomar su puesto de guardia junto a ella.

Celine levantó una mano enguantada a la altura del pecho, deteniéndolo en la línea divisoria entre el vestíbulo y el salón principal.

—Bastian —dijo ella en voz baja, mirándolo directamente a los ojos.

El gigante frenó en seco. Sus pupilas claras bajaron hacia el rostro de Celine y luego barrieron, por encima del hombro de la joven, el interior del salón en penumbra donde Silas Richter contemplaba la lluvia de espaldas junto al ventanal y Anya Vane permanecía inmóvil en el sofá.

—Baja al vestíbulo principal y espérame junto al coche —ordenó Celine con suavidad firme—. Necesito quedarme a solas con ellos.

Los músculos de la mandíbula de Bastian se tensaron de inmediato bajo la piel curtida.

Durante tres segundos cargados de electricidad, el escolta permaneció inmóvil como una muralla de granito.

Todo su adiestramiento y cada fibra de su instinto protector se rebelaban contra aquella orden: dejar a Celine completamente sola y desarmada en una planta sellada junto a los dos verdugos más letales de Europa contradecía todas las reglas de supervivencia que había jurado cumplir desde que ella era una adolescente.