CAPÍTULO TRECE Higiene Absoluta #4
—Los até por los tobillos y los arrastré yo misma a través de la nieve virgen hasta el corazón de nuestro coto de caza privado —continuó la voz suave y monótona de Anya—.
Cavé una fosa profunda bajo los pinos durante tres horas.
Cuando terminé, los arrojé al fondo del hoyo mientras sus corazones seguían latiendo con fuerza.
El alcaloide de las logias bloquea hasta la última fibra de los músculos voluntarios, Dante, pero mantiene la corteza cerebral, el oído y los nervios ópticos en un estado de hiperlucidez absoluta.
Anya inclinó el rostro un milímetro bajo la luz gris de la ventana.
—Antes de empuñar la pala, les sujeté los párpados hacia arriba con alfileres de plata —detalló ella con una calma sepulcral—.
Quería garantizarles una visión perfecta hacia el cielo nocturno.
Los enterré vivos, inspector. Y permanecí de pie en el borde de la fosa, mirándolos directamente a las pupilas dilatadas, para asegurarme de que registraran con total nitidez cada palada de tierra helada que les caía sobre la cara, escuchando cómo tragaban barro en la oscuridad hasta que el peso del suelo les reventó los pulmones.
Dante dio medio paso atrás de manera involuntaria, sacudido por un escalofrío visceral que le recorrió la columna desde las lumbares hasta la nuca.
El espanto que le oprimía el pecho superaba cualquier escena del crimen que hubiera pisado en quince años de servicio; tenía ante sí la encarnación de un vacío absoluto.
Su mente de policía, aferrándose con desesperación al último tablón de la lógica humana, intentó forzar a aquella mujer dentro de un molde comprensible para evitar que su propio juicio terminara de quebrarse.
—¿Y me cuentas eso para convencerme de que era necesario?
—le espetó Dante con la voz rota y enronquecida por la falta de aire—.
¿Acaso pretendes decirme que eres una vengadora?
¿Te dices a ti misma que salvaste inocentes enterrando a tus padres bajo la nieve?
¿Es esa la coartada con la que duermen por las noches después de incendiar el mundo? ¿Creerse salvadores?
Anya escuchó el estallido sin que un solo músculo de su semblante se alterara.
Cuando abrió los labios para responder, descargó la estocada final que redujo a polvo el último refugio moral de Dante Cruz:
—La palabra «salvador» es un narcótico barato, Dante —dictaminó Anya con una dulzura letal—.
Es un cuento de cuna inventado para que el ganado soporte el olor del matadero sin enloquecer antes del turno de su degüello.
Jamás me insulte atribuyéndome intenciones filantrópicas.
Cuando arrojé tierra sobre los ojos de mis padres, las muchachas que habían vaciado en sus bañeras de mármol llevaban años convertidas en ceniza en el fondo de un crematorio industrial.
Esa noche murieron dos personas en el bosque y el marcador de los inocentes quedó exactamente igual.
Anya se inclinó hacia adelante, apoyando los antebrazos sobre sus rodillas cubiertas de seda, y la gravedad entera del ático pareció concentrarse sobre los hombros del detective.
—La justicia es una ficción administrativa diseñada para quienes necesitan pedir permiso antes de apretar el gatillo —prosiguió Anya, desnudando el núcleo de su existencia con una nitidez aterradora—.
Yo enterré a los Von Valerath, y nosotros vaciamos anoche los salones de Surrey, por una razón muchísimo más elemental: por estricta higiene biológica.
Dante quedó petrificado en mitad de la alfombra, con los labios entreabiertos y el pecho vacío de aire.
—Cuando usted levanta una tabla podrida en su cocina y descubre un nido de cucarachas hirviendo sobre la madera húmeda...
—susurró Anya, sosteniéndole los ojos con un refinamiento glacial—, usted las aplasta con la bota.
Jamás se le ocurriría pensar que las está exterminando por amor a las migajas de pan que quedaron sobre la mesa, y jamás espera que el resto de los insectos le levanten un monumento.
Las tritura porque su sola presencia física constituye una infección intolerable.
Las borra del suelo porque le producen asco.
Anya volvió a erguirse en el sofá de terciopelo, serena e inalcanzable en su trono de sombra.
—Ahorre su aliento moral para los tribunales que aún queden en pie, inspector —concluyó Anya Vane, mientras detrás de ella Silas Richter permanecía inmóvil como el juez mudo de una era extinguida—.
Nosotros estamos fuera de su ridícula guerra entre el bien y el mal.
Nosotros somos la fiebre que desarrolla el organismo cuando la gangrena alcanza su masa crítica. Somos el fuego que limpia el hueso.
El silencio regresó al salón de Mayfair, acompañado únicamente por el tamborileo suave de la lluvia contra los ventanales.
Dante Cruz permaneció de pie, vaciado por dentro, sintiendo por primera vez en su vida que la placa metálica guardada junto a su pecho pesaba como una moneda falsa de un imperio desaparecido.
Había subido a aquel edificio buscando asesinos a los que odiar o fanáticos a los que rebatir, y acababa de chocar contra una ley física de la naturaleza: un depredador evolutivo nacido de los propios desechos de la élite, inmune a la culpa, al perdón y a la esperanza.
Incapaz de pronunciar una sola sílaba de réplica, Dante giró el cuello con lentitud hacia la derecha, buscando de manera instintiva el rostro de Celine von Falken.
Necesitaba encontrar en ella un temblor, un destello de vértigo humano o de espanto ante la monstruosidad que Anya acababa de formular en voz alta.
Celine le devolvió la mirada desde el sillón de cuero blanco.
Sus ojos de color ámbar ardían con una quietud mineral, idéntica a la de Silas, idéntica a la de Anya.
Sus párpados permanecieron inmóviles y su postura se mantuvo firme al milímetro.
Aquella calma imperturbable le confirmó a Dante, con una crueldad silenciosa que terminó de helarle la sangre, que Celine von Falken había comprendido cada palabra de aquel evangelio de ceniza y lo había hecho suyo.
El viejo mundo había muerto aquella tarde bajo la lluvia de Londres, y Dante Cruz acababa de asistir de cuerpo presente a su entierro.