CAPÍTULO TRECE Higiene Absoluta #3
De pie sobre el parquet inmaculado del ático, el inspector observó cómo Víctor Aris quedaba mudo y pálido en mitad de la alfombra tras escuchar su verdadero nombre en boca de Silas Richter.
Una náusea moral, densa y asfixiante como el humo de un crematorio, subió por la garganta de Dante hasta secarle la boca.
Afuera, más allá de aquellos ventanales de triple acristalamiento bañados por la lluvia, la civilización occidental se desangraba en directo: hombres de negocios se arrojaban desde las cornisas de Manhattan, parlamentos enteros ardían bajo los pies de las multitudes y escuadrones de mercenarios apaleaban civiles en Trafalgar Square.
Y aquí arriba, a sesenta metros sobre el asfalto de Mayfair, los autores del apocalipsis tomaban té de jazmín y café recién molido en un silencio de galería de arte, intercambiando cortesías letales sobre el nudo de seda en la garganta de un anciano descuartizado.
La racionalidad del mundo se había invertido hasta convertirse en una obscenidad.
Dante dio un paso pesado hacia el frente, dejando atrás la silueta petrificada de Víctor.
Sus manos callosas ignoraron por completo la funda sobaquera oculta bajo su chaqueta de cuero; el revólver reglamentario pesaba contra sus costillas como un pedazo de chatarra inútil en una habitación donde la ley misma acababa de morir. Su trinchera ahora era estrictamente humana.
Clavó primero sus ojos inyectados en sangre en el sillón individual de cuero blanco.
—Fui a tu casa en Belgravia porque creí que eras la única persona limpia en medio de esta cloaca —dijo Dante, y su voz ronca vibró con una mezcla cruda de agotamiento y desencanto—.
Me senté frente a ti pensando que eras una víctima acorralada por los pecados de tu apellido, alguien a quien había que sacar del pozo antes de que la alcanzaran.
Y me mentiste mirándome a los ojos mientras te preparabas para arrodillarte en la sangre con ellos.
Celine von Falken sostuvo la mirada del detective desde su butaca.
Su rostro, enmarcado por el cuello alto de su traje negro de Zúrich, permaneció liso como una losa de mármol blanco.
Mantuvo los labios cerrados, descartando cualquier excusa, coartada o gesto de incomodidad.
Aquel silencio soberbio, desprovisto de culpa o de necesidad de aprobación, constituyó la respuesta más brutal que podía darle: para Celine, las categorías morales de un inspector de Scotland Yard pertenecían a un idioma extinguido.
Dante apartó la vista de ella sintiendo el peso de la derrota como plomo en los hombros y giró el torso para encarar a Silas Richter y a Anya Vane, rompiendo la simetría sagrada del salón.
—¿De verdad creen que todo esto es un maldito ejercicio de estética?
—escupió Dante, dando dos pasos hacia la mesa de centro mientras su voz rasgaba la quietud del ático con una furia contenida—.
Acaban de dinamitar la cordura del planeta entero.
He visto las grabaciones que soltaron esta madrugada.
He visto los cuerpos abiertos sobre la piedra en la nieve, las listas de los orfanatos y las copas de cristal.
Conozco de memoria la podredumbre del Consorcio al que están cazando.
Dante apretó los puños a los costados de su chaqueta gastada, con las venas del cuello marcadas bajo la piel grisácea y la mandíbula rígida por la indignación visceral que le provocaba aquella paz doméstica.
—Se visten de seda negra, beben té en tazas de porcelana y se escudan detrás de un intelecto superior para bautizar una masacre global como si fuera una obra de arte —los acusó Dante, clavando la mirada primero en el ámbar gélido de Silas y luego en las pupilas verdes de Anya—.
Pero ustedes representan la misma enfermedad.
Debajo de toda esta calma quirúrgica y de este cálculo brillante, son idénticos a los degenerados y asesinos que degollaron en Surrey.
Son exactamente la misma escoria. Los mismos monstruos con distinto traje.
Las palabras del inspector rebotaron contra los ventanales empapados de lluvia y cayeron sobre el cristal de la mesa como un bloque de hierro. Era el último rugido de un hombre terrenal exigiendo que el universo conservara un límite entre el verdugo y la justicia.
En el interior del ático, la calma permaneció intacta.
Silas Richter conservó su quietud escultural junto a la isla de cuarzo blanco; los músculos de su rostro siguieron distendidos, ajenos a la ofensa, a la ira o al impulso humano de justificar sus actos.
En el sofá principal, Anya Vane recibió el insulto con una serenidad mineral aún más devastadora.
La ausencia absoluta de ego herido o de remordimiento en ambos resultaba mil veces más intimidante que el cañón de un fusil.
Con una lentitud coreográfica, Anya Vane se inclinó hacia adelante sobre el terciopelo gris.
Extendió el brazo y depositó su taza de porcelana sobre el platillo situado en la mesa de cristal. El leve chasquido de la cerámica contra el plato resonó en la sala de trescientos metros cuadrados como el golpe de un mallete.
Anya alzó el rostro y clavó sus ojos de color verde esmeralda directamente en Dante Cruz.
Sus pupilas irradiaban una quietud abismal, una lucidez helada que pareció absorber el calor del aire alrededor del detective.
Cuando habló, su tono se mantuvo en un registro bajo, aterciopelado y monocorde, deslizándose por la habitación con la limpieza de una cuchilla que abre un tórax en una sala de autopsias.
—Usted apela a nuestra moralidad, inspector Cruz, porque ese es el único vocabulario que su adiestramiento policial le permite articular —comenzó Anya, modulando cada sílaba con una cortesía gélida—.
Busca una categoría penal donde encerrarnos.
Necesita con desesperación que nos declaremos culpables o que intentemos justificar nuestras manos manchadas para que esa placa de bronce que lleva en el bolsillo conserve algún sentido.
El problema, Dante, es que toda su fe descansa sobre una ficción.
Anya recostó la espalda con suavidad contra el respaldo del sofá, entrelazando sus dedos pálidos sobre la falda de seda negra.
—El nombre con el que nací fue Anastasia von Valerath —pronunció ella, dejando que la sonoridad antigua del apellido flotara en la penumbra lluviosa del salón—.
Una casa aristocrática de la vieja Europa cuyo rastro usted jamás hallará en los archivos ordinarios de Interpol.
Crecí rodeada de esta misma arquitectura, de estos mismos lienzos y bajo el manto protector de la cúpula que hoy se está desgarrando en las calles.
Mi padre disfrutaba de una reputación intachable en las cancillerías de Viena y Zúrich; jamás tuvo necesidad de ensuciarse los zapatos en los callejones que usted patrulla.
Anya sostuvo la mirada de Dante sin parpadear, obligándolo a asomarse al pozo de su memoria.
—Era un caballero de una cultura exquisita —relató Anya con una cadencia uniforme y cristalina que volvía el horror casi irrespirable—.
Escuchaba los cuartetos de cuerda de Mozart con los ojos cerrados en su biblioteca de caoba mientras bebía, en copas talladas de cristal de Bohemia, la sangre todavía tibia que les extraían a los huérfanos traídos desde los albergues del este.
Lo hacía con los puños de lino inmaculados.
Y mi madre, por su parte, vivía consumida por la liturgia de su propia perpetuación estética.
Pasaba horas sumergida en bañeras de mármol negro colmadas con la sangre caliente de muchachas vírgenes compradas por catálogo, convencida hasta la médula de que la agonía ajena conservaría la tersura de su piel y el poder de su linaje.
Hasta el día en que decidió que su propia hija de siete años era el pago perfecto sobre la piedra de los Alpes.
Dante sintió un nudo de plomo cerrarse en su esófago. El aroma a café y jazmín del salón adquirió de pronto un regusto metálico en su paladar.
—Todo eso ocurría bajo la custodia directa del código legal que usted venera —prosiguió Anya, clavando cada frase como una aguja en el esternón del inspector—.
Esos banquetes contaban con el blindaje de los magistrados supremos a los que usted presenta pruebas, con la firma de los ministros del Interior a los que usted cuadra el saludo y con el silencio de los comisarios que le ordenaban cerrar expedientes por falta de mérito.
Mis padres y sus pares representaban la norma fundacional del sistema.
Hizo una pausa breve, dejando que el sonido de la lluvia contra los cristales de Mayfair llenara el silencio donde la respiración de Dante sonaba pesada y rota.
—Diez años después de aquella noche en la nieve, cuando cumplí diecisiete años, una joven llamada Anastasia von Valerath regresó de visita al palacio de invierno de su familia en los bosques de Estiria —continuó Anya, desgranando el recuerdo con la exactitud clínica de un informe forense—.
Prescindí por completo de los reproches, de las lágrimas o de las escenas de teatro.
Aquella noche vertí en las decantadoras de su burdeos francés el mismo compuesto neurotóxico que el Consorcio empleaba para inmovilizar las ofrendas sobre la obsidiana.
Me senté a la cabecera de la mesa del comedor, serví las copas y observé en silencio cómo la química desmantelaba su sistema nervioso.
Vi cómo la lengua se les volvía de trapo, cómo sus esfínteres cedían sobre el tapiz imperial y cómo sus cuerpos se desplomaban rígidos sobre el suelo de roble.
La frialdad inhumana de aquellas pupilas verdes dejó a Dante clavado en el sitio, privado de reflejos.