CAPÍTULO TRECE Higiene Absoluta #2
Le dio una calada larga y lenta a su cigarrillo, dejando que el humo caliente le quemara los bronquios antes de soltarlo por la nariz.
Dejó caer la colilla sobre el cemento y la trituró bajo el tacón de su bota.
Su rostro, tallado en sombras grises y barba áspera, reflejaba el vacío absoluto de un hombre que ha perdido todas sus banderas, pero al que todavía le queda la terquedad visceral de mirar al abismo a la cara.
Se levantó despacio, tomó su chaqueta de cuero gastada del respaldo del sillón y se la puso sobre los hombros.
—¿A qué demonios vas a subir ahí, Víctor? —preguntó Dante con la voz reducida a un roce de lija—. Si están los cuatro juntos en ese edificio, ir sin un equipo táctico equivale a meter la cabeza en una trituradora. Ya tienes las pruebas en tus discos duros. ¿Qué más quieres buscar?
Víctor se detuvo frente a la puerta blindada del refugio y aferró la pesada manivela de acero con una mano pálida. Sus ojos grises brillaban tras las lentes con la fiebre clínica de un entomólogo ante una especie desconocida.
—El «cómo» ya está archivado en mis servidores, Cruz —respondió Víctor con una frialdad cortante—. Ahora necesito ver en persona la anatomía de lo que acaba de nacer antes de que terminen de incendiar el planeta.
Veinticinco minutos más tarde, el ascensor privado del edificio de Mayfair detuvo su ascenso en la última planta con un susurro magnético casi inaudible.
Durante el trayecto desde el sótano a través de las calles lluviosas y tomadas por blindados del ejército, Víctor había sentido el pulso latirle en las sienes como un metrónomo desbocado.
A su lado, dentro de la cabina de acero cepillado del elevador, Dante Cruz mantenía los hombros rígidos y la mandíbula apretada, preparando el cuerpo por puro reflejo policial para irrumpir en un fortín plagado de tiradores, barricadas tácticas o trampas explosivas.
Las hojas dobles del ascensor se deslizaron hacia los lados, abriéndose directamente hacia el vestíbulo interior del ático.
El contraste golpeó a ambos hombres como una bofetada de agua helada.
El salón principal, de trescientos metros cuadrados y techos de doble altura, se extendía ante ellos envuelto en una quietud de museo.
La claridad plomiza de la tarde londinense se filtraba a través de los inmensos ventanales de piso a techo, donde la lluvia caía en cortinas silenciosas sobre los tejados grises de Mayfair.
El aire carecía de cualquier rastro de pólvora, sudor o urgencia; olía con exquisita nitidez a granos de café arábica recién molidos, a madera de cedro y al vapor suave de una infusión de té de jazmín.
Junto a la isla central de cuarzo blanco se encontraba Silas Richter.
Vestía un pantalón de corte sastre color carbón y una camisa de lino negro abotonada hasta el cuello, sin corbata.
Sostenía una taza de porcelana oscura entre sus dedos largos y limpios, con una quietud tan absoluta y simétrica que parecía una escultura tallada en obsidiana.
En el sofá principal de terciopelo gris descansaba Anya Vane; llevaba un vestido de seda negra que caía como agua oscura sobre sus piernas cruzadas y contemplaba la lluvia con una placidez doméstica que resultaba profundamente perturbadora tras la carnicería de la noche anterior.
Y frente a ellos, ocupando una butaca individual de cuero blanco, se hallaba Celine von Falken.
Víctor clavó los ojos en ella detrás de sus gafas, mientras a su costado percibía cómo la respiración de Dante se detuvo de golpe en un espasmo de incredulidad.
La mujer que reposaba en aquel sillón había borrado hasta el último vestigio de la joven acorralada de cuarenta y ocho horas atrás.
Vestida con su traje negro de Zúrich, mantenía la espalda erguida con una elegancia imperial y las manos enguantadas cruzadas con serenidad sobre el regazo.
Sus pupilas de color ámbar se posaron sobre Dante y Víctor con la indiferencia mineral de una reina que observa insectos tras un cristal.
A medio metro de su respaldo, la silueta colosal de Bastian permanecía inmóvil con los brazos cruzados a la espalda, cerrando el cuadro como un bloque de granito viviente.
Víctor sintió que un cosquilleo eléctrico de pura euforia intelectual le recorría la espina dorsal.
Desoyendo cualquier instinto elemental de supervivencia, el analista metió ambas manos en los bolsillos de su gabardina mojada y caminó hacia el centro de la alfombra persa, pasando de largo frente a la mirada letal de Bastian sin dedicarle un solo vistazo.
Se detuvo junto a una consola lateral de cristal, tomó entre sus dedos pálidos una pesada escultura geométrica tallada en ónice negro y comenzó a hacerla girar de una palma a la otra, masticando su chicle de nicotina con un chasquido seco que rompió el silencio sagrado del ático.
—Las granjas de servidores de Bucarest y Manila están trabajando a máxima potencia desde el mediodía, por si les interesa el parte meteorológico —soltó Víctor con tono nasal y mordaz, tratando el fin del mundo como un informe rutinario de oficina—.
Han inundado la red con millones de videos sintéticos para enterrar las grabaciones de los Alpes bajo la excusa de un ataque con inteligencia artificial.
En este mismo minuto la televisión pública está convirtiendo a Leo Vance en un santo, la cúpula de Zúrich está suicidando a sus ministros expuestos y han soltado escuadrones de mercenarios con cintas rojas en Trafalgar Square para quemar ambulancias y obligar a la gente a pedir la ley marcial.
Víctor dejó caer la pieza de ónice sobre la mesa de cristal con un golpe seco y alzó la vista, recorriendo a los tres presentes con sus pupilas dilatadas por el insomnio y la cafeína.
—Sabemos perfectamente quiénes son ustedes dos —continuó Víctor, señalando con el mentón a Silas y a Anya—.
Y, hablando estrictamente como profesional del código, la arquitectura de caballo de Troya que utilizaron para volcar los trescientos terabytes desde la propia red ciega del Consorcio fue una obra de arte. Limpia, simétrica y despiadada.
El informático dio dos pasos hacia el sofá principal y clavó una sonrisa febril y casi maníaca en el rostro pálido de Anya Vane.
—Aunque debo confesar que el detalle forense de la alcoba de los espejos me tuvo pensando toda la mañana, Anya —añadió Víctor, adoptando el tono de un crítico que felicita a un virtuoso por una pincelada maestra—.
Vi las fotografías de alta resolución del cuello de Julius von Thurn.
La física de ese último nudo del Hilo Carmesí fue fascinante: una vuelta de lazo distinta a las anteriores, menos tracción bruta sobre las fibras de seda, un cierre mucho más íntimo y pausado.
Fue un toque espléndido que fueras tú quien le atara la soga al viejo.
Anya Vane mantuvo los labios cerrados.
En la quietud gris del salón, la mujer del vestido de seda conservó su inmovilidad felina sobre el sofá; luego, con una lentitud cargada de veneno y elegancia, desvió sus ojos de color verde esmeralda hacia el sillón de cuero blanco.
Allí, sus pupilas se encontraron con los ojos ámbar de Celine von Falken.
Ninguna de las dos pronunció una sílaba.
Entre Anya y Celine se cruzó únicamente una mirada cálida y abismal, coronada por una levísima curvatura en las comisuras de sus labios: una sonrisa de complicidad íntima, casi maternal por parte de Anya y soberbia por parte de Celine, el saludo silencioso de dos depredadoras que compartían el secreto de aquel cuarto de espejos.
El cerebro hiperactivo de Víctor procesó la microexpresión en una décima de segundo.
El chicle de nicotina se detuvo en seco entre sus muelas.
Un frío repentino le bajó desde la nuca hasta el estómago mientras las variables de su propia ecuación se reordenaban con una violencia demoledora en su corteza cerebral: el lazo diferente en la garganta destrozada del Barón, la menor fuerza de tracción en la seda, los dieciocho minutos adicionales dentro de la alcoba después de que el marcapasos se detuviera, la calma sepulcral en la radiofrecuencia de la una de la madrugada...
Anya había cedido el carrete a otras manos.
Quien se había arrodillado sobre la sangre de Julius von Thurn para anudarle el Hilo Carmesí en la garganta había sido Celine von Falken.
Antes de que Víctor pudiera tragar saliva para asimilar la magnitud de su propio error deductivo, Silas Richter rompió su quietud mineral junto a la isla de cuarzo blanco.
El hombre de lino negro depositó su taza de porcelana sobre la piedra con un sonido apenas perceptible, giró el rostro hacia el centro de la alfombra y clavó sus ojos de color ámbar, gélidos e insondables directamente en las pupilas del informático.
Silas inclinó la cabeza un milímetro en una reverencia glacial y habló con una voz grave, pausada y desprovista de cualquier alteración cardíaca:
—Es un verdadero placer recibirlo por fin en nuestra casa... Víctor Aris.
El nombre cayó sobre el parquet como una guillotina.
Víctor sintió que el aire abandonaba sus pulmones de golpe.
Sus dedos se tensaron dentro de los bolsillos de la gabardina y su sonrisa de superioridad intelectual se evaporó por completo.
Jamás había registrado su identidad real en ninguna base de datos oficial desde su expulsión de las agencias de inteligencia; operaba a través de siete capas de servidores fantasma y túneles encriptados a cuarenta metros bajo tierra.
Y, con una sola frase pronunciada con cortesía de anfitrión, Silas Richter acababa de demoler su ego en pedazos: le demostraba en la cara que ellos jamás habían sido rastreados por el genio informático de Víctor.
Silas sabía quién era él desde el primer día, conocía la ubicación de su sótano y le había permitido seguir un rastro calculado de migas de pan hasta la puerta de su salón.
Dante Cruz sintió que algo se fracturaba de manera irreversible en el centro de su pecho.