CAPÍTULO DOCE El Evangelio del Caos #5
Al contemplar a aquellos tres ancianos reduciendo una revuelta mundial y el sacrificio de cientos de inocentes a una simple corrección contable, la última pieza del rompecabezas encajó en su mente con una claridad helada.
Para los cuatro tronos de Zúrich, la liturgia de las máscaras doradas, los cánticos en latín y la sangre derramada sobre la obsidiana constituían una herramienta administrativa.
Habían diseñado aquella religión de pesadilla como un contrato de servidumbre penal: obligaban a los magnates, jueces y políticos en ascenso a mancharse las manos ante las cámaras ocultas de las logias para encadenarlos de por vida mediante un terror compartido.
Los sesenta multimillonarios degollados en Surrey habían sido peones ebrios de una mitología fabricada; las tres figuras sentadas ante el mármol negro eran los verdaderos dueños del matadero.
Un calambre agudo recorrió la base de la nuca de Celine, activando cada receptor de adrenalina en su torrente sanguíneo. Comprendió con absoluta certeza que en aquella sala la compasión, el parentesco o la inocencia equivalían a una sentencia de muerte instantánea.
Con un chasquido simultáneo, los paneles holográficos de la mesa se apagaron.
La bóveda quedó sumida en una penumbra austera, iluminada únicamente por el halo blanco cenital que caía sobre el mármol negro. Las puertas de cristal blindado se deslizaron hacia los lados con un siseo neumático, dejando el paso libre hacia la alfombra gris del santuario.
Tres pares de ojos ancianos y depredadores convergieron al unísono sobre la figura de Celine.
Ella avanzó tres pasos medidos hacia el borde de la mesa y se detuvo detrás de la silla vacía del Barón. Detrás de ella, Bastian se desplazó con la fluidez silenciosa de una pantera hasta quedar apostado junto a las sombras del pilar de entrada.
La presión dentro de la cámara subterránea parecía comprimir el aire contra los tímpanos.
—Celine von Falken —pronunció Hélène de Vauclair, apoyando los codos sobre el borde del mármol con una calma balística—. Te hemos convocado a esta sesión de emergencia porque tu nombre representa la única anomalía estadística de la masacre en Inglaterra.
Lord Crispin Bouverie entrelazó sus dedos artríticos sobre la piedra pulida, inclinándose ligeramente hacia adelante para examinarla bajo la luz fría.
—Dos ejecutores entraron anoche en la fortaleza mejor custodiada de Gran Bretaña —dijo el anciano banquero con una cortesía venenosa—.
Aniquilaron a la guardia interna, degollaron a sesenta miembros de nuestra red y desmembraron a Julius von Thurn en su propio dormitorio.
Nuestros satélites de barrido térmico y las intercepciones de radio sitúan tu teléfono y tu voz en el epicentro exacto de esa carnicería.
Y, pese a todo, saliste caminando por la puerta principal de The Highspire con la ropa intacta, ordenando a los mercenarios del jardín que despejaran el camino para tu escolta cubierta con cascos tácticos sin siquiera dar la voz de alarma.
Kenji Takahashi clavó sus pupilas negras en el rostro de la joven.
—Sesenta invitados perecieron bajo el cuchillo en ese salón, Celine —sentenció el magnate asiático—. ¿Por qué sigues respirando?
Celine sintió el filo invisible de la pregunta apoyado directamente contra su yugular.
Durante una fracción de segundo, sus párpados descendieron y su memoria regresó al hedor espeso de la alcoba de los espejos en Surrey, ocho horas atrás.
Recordó el cuerpo abierto de Julius von Thurn a sus pies; recordó el peso tibio del carrete de seda roja que Silas había depositado en su palma enguantada, y la forma en que sus propios dedos habían pasado el lazo alrededor del cuello destrozado del anciano para cerrar el nudo.
Recordó a su hermano y a Anya de pie frente a ella entre los cristales rotos, cubiertos de carmesí de la cabeza a los pies, mirándola con una serenidad sobrenatural mientras las sirenas lejanas comenzaban a aullar más allá de las colinas.
«Te van a convocar a la bóveda de Zúrich en cuanto evalúen los daños», le había dicho Silas con aquella voz grave y matemática mientras limpiaba el filo de su hoja curva en el faldón de su esmoquin.
«Querrán saber por qué saliste viva de esta habitación.
Diles la verdad, Celine. Diles que sobreviviste porque estás limpia de la podredumbre de sus altares».
Celine abrió los ojos.
El recuerdo se fundió con el hielo ancestral que corría por sus venas.
Toda vacilación humana se extinguió en su pecho, dejando paso a una frialdad límpida, mineral y absoluta.
Levantó la barbilla y sostuvo la mirada de los tres jerarcas con el desdén imperial de quien observa a tres cadáveres embalsamados.
—Porque estoy limpia de su podredumbre —respondió Celine, y su voz clara resonó contra las paredes de granito con un aplomo sepulcral—.
Quienes entraron anoche en Surrey ejecutaron una auditoría de sangre que llevaba veintinueve años acumulando intereses.
Fueron a cobrar la deuda de los altares que ustedes levantaron.
Dio medio paso hacia la mesa de mármol negro, dejando que la luz cenital recortara el ámbar intenso de sus pupilas.
—A mí me dejaron con vida porque comprobaron que mis manos son ajenas a los crímenes fundacionales de esta cámara —continuó Celine con dicción pausada y cortante—.
Yo aún estaba por nacer cuando ustedes empezaron esa carnicería hace veintinueve años, y apenas era una bebé en la cuna mientras ustedes y Julius ya estaban sacrificando inocentes y comiendo carne humana en la nieve para sellar sus alianzas.
Para los ejecutores que vaciaron esa mansión, ustedes tres, esos sesenta lacayos que cayeron anoche y el resto de su red representan una infección terminal.
Yo salí caminando por esa puerta porque mi sangre está libre de la inmundicia que los mantiene atados a esta mesa.
Celine ladeó ligeramente el rostro, coronando su declaración con una mueca de soberbia aristocrática.
El silencio que descendió sobre la Bóveda Cero vibró como un cable de alta tensión a punto de partirse.
Hélène de Vauclair arqueó apenas una ceja platinada; Celine advirtió en el fondo de aquellas pupilas azules un chispazo de genuina intriga ante el temple de una joven de veintiséis años que osaba llamarlos inmundos en su propio santuario.
Sus dos colegas, en cambio, reaccionaron con una hostilidad glacial.
Kenji Takahashi apretó las mandíbulas hasta marcar los tendones de su cuello, mientras lord Crispin Bouverie soltaba una exhalación seca y despectiva por la nariz, apoyando ambas palmas huesudas sobre el mármol negro para incorporarse de su asiento.
—Tu insolencia resulta tan patética como tu ingenuidad, chiquilla —siseó lord Bouverie, mirándola desde arriba con el desprecio clínico de un banquero que liquida una empresa quebrada—.
¿De verdad imaginas que haberte mantenido al margen de nuestros ritos te otorga algún privilegio bajo esta montaña?
En esta mesa el poder se mide por la complicidad y por la capacidad de destruir al prójimo.
Una heredera con las manos limpias constituye un riesgo biológico.
Eres un pasivo tóxico, Celine. Un florero de cristal demasiado frágil para la guerra que acaba de empezar.
El anciano británico deslizó el pulgar sobre el lector biométrico de su consola personal, abriendo un documento de ejecución fiduciaria sellado con el emblema del Consorcio.
—En vista de la emergencia global que enfrentamos, esta cúpula requiere liquidez inmediata y mandos dispuestos a todo —declaró Bouverie con voz cortante—.
Mediante el decreto notarial de excepción que estoy firmando en este segundo, el Alto Consorcio interviene y absorbe la totalidad de los fondos soberanos, las patentes industriales y los activos inmobiliarios de la casa Von Falken.
Tu fortuna servirá como primer cortafuegos para estabilizar las bolsas.
Bouverie terminó de validar la orden digital y levantó la vista hacia ella, ajustándose los gemelos de oro de su camisa con la parsimonia de un verdugo.
—Y dado que careces de estómago para compartir nuestra inmundicia y acabas de quedarte sin un imperio financiero que respalde tu apellido, tu valor contable dentro de esta cámara es igual a cero —concluyó el anciano—. Considera tu linaje liquidado, niña. Jamás saldrás de este búnker respirando.
La mano derecha de Kenji Takahashi inició el recorrido lento bajo el borde de la mesa de mármol para accionar el interruptor de purga de la guardia externa.
Celine mantuvo los párpados inmóviles.