CAPÍTULO DOCE El Evangelio del Caos #4
El archivo de audio concluyó con el sonido de dos motores alejándose por el camino de grava sin que se disparara un solo cartucho.
Víctor pausó el reproductor. El zumbido de los ventiladores llenó el vacío del sótano.
Dante sintió un vacío helado en el estómago. Recordó a Celine dos noches atrás en su ático de Belgravia; recordó el vaso roto en el suelo y la mirada de hielo con la que ella le había asegurado ser hija única antes de echarlo de su casa.
—Fue a buscar al Barón —dijo Dante en voz baja, reconstruyendo los pasos en su cabeza—. Después de que hablé con ella, fue a esa maldita fiesta a confrontar a Julius von Thurn por lo de su hermano... y quedó atrapada adentro cuando Silas y Anya cerraron las puertas.
Dante apoyó ambas manos sobre la mesa metálica, aferrándose a la explicación más racional que le dictaba su instinto policial:
—La tomaron de rehén, Víctor —afirmó el inspector con tensión en la mandíbula—.
Silas sabía que afuera había treinta tiradores esperándolo.
Usó a su propia hermana de escudo humano.
Le puso una pistola en la espalda, la obligó a caminar delante de ellos hasta la puerta y la hizo dar su nombre frente al jefe de guardia para que les abrieran las rejas sin disparar.
Es la única razón por la que esos mercenarios bajaron los rifles: vieron la cara de una Von Falken y acataron la orden.
Víctor permaneció en silencio durante varios segundos, mirando la pantalla sin responder.
Con un movimiento lento del ratón, el analista abrió el programa de análisis acústico y proyectó el espectrograma de los seis segundos en los que Celine había hablado frente al micrófono del guardia.
—Tu teoría tiene todo el sentido del mundo, Dante —dijo Víctor en voz baja, casi con cautela—. Cualquier juez o policía firmaría esa conclusión con los ojos cerrados. Pero mira el gráfico de frecuencia de su voz.
Dante inclinó la cabeza hacia la línea verde que cruzaba la cuadrícula negra del monitor.
—Cuando alguien tiene el cañón de un arma clavado en las costillas o acaba de ver sesenta cadáveres destrozados, la laringe se tensa de forma involuntaria —explicó Víctor, señalando la onda limpia y estable en la pantalla—.
La frecuencia fundamental sube, aparecen microtemblores en las vocales y la respiración se corta entre palabras.
Pero escucha y mira la gráfica de Celine: su pulso vocal es completamente plano. Firme. Frío como el mármol.
Dante tragó saliva, sintiendo una gota de sudor frío recorrerle la nuca.
—Admito la posibilidad de que estuviera amenazada —añadió Víctor, girando el rostro hacia él con una expresión sombría—. Pero como analista te aseguro una cosa: esa voz dista mucho de parecer la de una mujer secuestrada.
Víctor abrió una última ventana junto al espectrograma, mostrando el registro de posición residual del teléfono móvil de Celine en la finca de Surrey.
—Y hay un dato más que me quita el sueño, Cruz —murmuró el informático—.
El marcapasos de Julius von Thurn dejó de transmitir a las doce y cuarenta y dos de la noche.
El teléfono de Celine estuvo dentro de esa misma alcoba dieciocho minutos enteros después de que el viejo muriera.
Sin desplazamientos bruscos, sin carreras.
Y cuando salieron por la puerta principal, su guardaespaldas, Bastian, iba caminando ileso a su lado.
El silencio cayó sobre el búnker como una losa de plomo.
Dante miró el mapa de Surrey, luego la onda impecable de la voz de Celine y, finalmente, la fotografía ampliada del cuello de Julius von Thurn con aquel nudo de seda roja atado por una mano inexperta.
Faltaban cámaras dentro de esa alcoba. Carecían de pruebas definitivas para asegurar qué había ocurrido en esos dieciocho minutos de oscuridad tras la puerta rota.
Podía ser el shock traumático de una joven obligada a obedecer a dos monstruos para salvar su vida y la de su guardaespaldas... o podía ser algo mucho más aterrador.
Víctor se recostó despacio en su silla metálica, pasándose una mano temblorosa por el cabello revuelto mientras clavaba sus ojos grises en Dante.
—Quiero creer que tienes razón, Dante —susurró Víctor, y por primera vez en toda la noche su voz sonó genuinamente inquieta—.
Quiero creer que la sacaron encañonada y que ese lazo torcido en la garganta del Barón lo ató Anya Vane.
Porque si Celine estuvo libre de amenaza en esa habitación...
si esa calma en la radio era real... entonces tanto tú como yo ignoramos por completo a quién demonios hizo nacer esa sangre esta noche.
A cien metros de profundidad bajo los adoquines de la Bahnhofstrasse, en el corazón financiero de Zúrich, el mundo operaba en un silencio sepulcral.
Celine von Falken aguardaba de pie frente al umbral de cristal blindado de la Bóveda Cero, sintiendo el frío seco del granito alpino filtrarse a través de las suelas de sus zapatos de tacón.
Habían transcurrido ocho horas desde su salida de Surrey.
Tras un vuelo nocturno de apenas noventa minutos desde el aeródromo de Farnborough hasta Suiza en el reactor privado de su familia, Celine había dispuesto de cinco horas completas en la residencia blindada de los Von Falken frente al lago de Zúrich para descansar en silencio, darse un baño hirviente que borrara de su piel el olor dulzón del hierro de la alcoba de Julius von Thurn y vestirse con un traje de sastrería negra, sobrio y cerrado hasta la clavícula.
Su rostro lucía descansado, fresco y desprovisto de cualquier huella de fatiga, aunque bajo las uñas enguantadas persistía el recuerdo táctil de la seda roja al tensarse sobre la carne tibia.
Medio paso detrás de su hombro izquierdo, fundido con la penumbra del corredor de acceso, permanecía Bastian.
El reglamento milenario de la cámara soberana prohibía el ingreso de escoltas armados o dispositivos electrónicos más allá de los arcos magnéticos del nivel superior; los cuatro jerarcas supremos jamás habían tolerado que mercenarios a sueldo escucharan las deliberaciones del núcleo, permitiendo únicamente la presencia de un edecán personal desarmado por cada linaje dentro del recinto acústico.
Bastian había cruzado los escáneres de rayos X con los bolsillos vacíos y las palmas abiertas.
Su mole de dos metros, enfundada en lana oscura, proyectaba una sombra maciza y silenciosa que anclaba la espalda de Celine como un bloque de basalto.
A través del tabique transparente de diez centímetros de grosor, Celine observó a los tres arquitectos vivos del Alto Consorcio.
El recinto circular carecía de emblemas, tapices heráldicos o cálices rituales.
Todo el misticismo macabro que alimentaba las galas de Londres y las capillas de los Alpes se reducía, en esta cueva de roca viva y acero cepillado, a una mesa anular de mármol negro veteado con paneles holográficos empotrados en la piedra.
Frente al arco norte se sentaba madame Hélène de Vauclair, matriarca de los consorcios farmacéuticos y energéticos de Europa continental; su cabello platinado caía en un corte geométrico sobre sus hombros estrechos y sus pupilas de un azul glacial recorrían las columnas de datos con la frialdad de una aguja de acero.
A su derecha operaba lord Crispin Bouverie, decano de la banca fiduciaria anglosajona, un anciano de ochenta años, pómulos hundidos como cuchillas y traje de tres piezas cortado en Savile Row, cuyas manos moteadas por la vejez se movían con precisión sobre el cristal táctil.
En el flanco oriental se erguía Kenji Takahashi, regente de los conglomerados navieros y tecnológicos del Pacífico, cuya silueta rígida e inmóvil parecía tallada en madera fosilizada.
Entre ellos, orientada hacia la puerta donde aguardaba Celine, destacaba una cuarta butaca de cuero oscuro, vacía, con una discreta placa de platino incrustada en el respaldo superior: Julius von Thurn.
Los altavoces internos del umbral transmitían el audio de la mesa con una nitidez quirúrgica.
—Ejecuten el Protocolo Cero en todas las plazas cambiarias —ordenó Hélène de Vauclair con una dicción francesa suave y metálica, deslizando el índice sobre la proyección luminosa de su consola—.
Mantengan congeladas las operaciones bursátiles en Tokio, Fráncfort, Londres y Nueva York durante las próximas setenta y dos horas.
Emitan el comunicado conjunto a través de los bancos centrales: una coalición de actores estatales hostiles ha lanzado un ataque coordinado contra la infraestructura de telecomunicaciones de Occidente.
—Que nuestras granjas de servidores en Europa del Este y el sudeste asiático inunden los nodos de tráfico civil de inmediato —añadió lord Bouverie con voz cascada y seca, concentrado en las gráficas de propagación viral—.
Quiero cincuenta millones de videos sintéticos, hilos automatizados y peritajes forenses prefabricados circulando por minuto.
Si la plebe ve un video real de los altares, al segundo siguiente debe encontrarse con veinte réplicas generadas por inteligencia artificial donde aparezcan sus propios líderes sindicales o actores de cine en la misma escena.
La verdad resulta irrelevante cuando el ojo humano pierde la capacidad de distinguirla del ruido.
—Limpien los eslabones expuestos —intervino Kenji Takahashi en un susurro grave y monocorde, cerrando tres expedientes marcados en rojo sobre su terminal—.
Todo ministro, magistrado o director ejecutivo de segunda línea cuyo rostro haya aparecido en las transmisiones de esta madrugada constituye un vector de contagio judicial.
Organicen sus suicidios, fallos cardíacos o accidentes de aviación antes del anochecer.
La gangrena se amputa por encima de la rodilla.
Celine mantuvo el rostro liso como una máscara de porcelana mientras procesaba la escena.