CAPÍTULO DOCE El Evangelio del Caos #3
El refugio subterráneo de Víctor Aris parecía una cápsula submarina varada en el fondo de una fosa oceánica.
El aire dentro de la sala de servidores pesaba como plomo caliente, saturado por el olor ácido del ozono estancado, la pasta térmica recalentada de los procesadores y el humo espeso del tabaco negro que Dante Cruz consumía sin pausa desde el inicio de la transmisión.
La penumbra del búnker quedaba rasgada por el fulgor azul y carmesí de catorce monitores curvos, cuyos reflejos pintaban las facciones de ambos hombres con una pátina espectral.
Dante se pasó ambas manos callosas por el rostro, sintiendo el roce áspero de su barba de tres días y el ardor seco en los párpados tras horas sin dormir.
En las pantallas laterales, las señales en directo de las cadenas internacionales mostraban una metrópoli irreconocible: furgones policiales volcados ardiendo frente al Parlamento de Westminster, columnas de humo negro brotando del distrito financiero de la City y una multitud con cintas rojas atadas en los brazos que derribaba las verjas de las mansiones en Belgravia y Mayfair.
El edificio entero de la ley —aquel código penal imperfecto pero tangible por el que Dante había dejado la piel, el matrimonio y la salud durante quince años en Homicidios— se desmoronaba en directo como un decorado de cartón piedra.
Dante sintió una opresión física en el esternón, como si el oxígeno del sótano hubiera perdido su capacidad de alimentar la sangre.
—Han abierto la maldita caja de Pandora —murmuró Dante con voz cavernosa, dándole una calada profunda al cigarrillo hasta que la brasa casi le quemó los labios—. Las calles son un matadero, Víctor. Acaban de prenderle fuego al planeta entero.
Sentado frente a la consola central, Víctor Aris ofrecía una estampa opuesta al derrumbe del inspector.
Dante observó de reojo a su compañero: el joven informático mantenía la espalda encorvada hacia los monitores, las pupilas grises dilatadas al máximo detrás de los cristales de sus gafas y una quietud febril en los hombros.
En las facciones afiladas de Víctor brillaba el estupor reverencial de un matemático que presencia la resolución violenta de un teorema imposible.
—La ley era el maquillaje barato que usaban para tapar el matadero, Dante —respondió Víctor sin apartar la vista de la cascada de datos, tecleando una secuencia con dedos rápidos y secos—. Silas y Anya acaban de pasarle un trapo con ácido a la pizarra.
Víctor desplazó las ventanas de las revueltas callejeras hacia los bordes y trajo al monitor principal el diagrama de flujo de la filtración masiva.
—Mira la arquitectura del golpe, Cruz —explicó el analista, y Dante percibió en su voz ronca una mezcla de asombro técnico y vértigo—.
Esos trescientos terabytes de grabaciones en alta definición jamás estuvieron escondidos en servidores externos para que un intruso los robara.
Pertenecían a la propia «red ciega» del Consorcio.
Era su póliza de chantaje mutuo: durante décadas se grabaron unos a otros en los altares de los Alpes y en las fiestas de Londres para asegurarse de que ningún miembro de la cúpula traicionara al grupo.
Víctor hizo girar su silla metálica con un chirrido corto, clavando su mirada encendida en los ojos cansados de Dante.
—Silas Richter utilizó su puesto de auditor supremo y las llaves biométricas de los tres magnates muertos para volver el arma del Consorcio contra su propia cabeza —continuó Víctor—. Automatizó el volcado desde adentro. Convirtió el archivo de seguridad de la logia en una bomba de racimo global.
Dante aplastó la colilla contra el borde lleno de ceniza de una lata vacía.
—¿Y qué pasó en Surrey? —exigió el detective, acercándose un paso a la mesa de trabajo—. Los videos muestran cámaras internas de la finca de Julius von Thurn. Si el golpe salió de allí, la policía ya tiene que haber entrado.
Víctor volvió a girarse hacia el teclado. Introdujo un protocolo de desencriptación sobre una línea de comunicaciones reservada del Ministerio del Interior.
—Hace cuarenta minutos, las unidades tácticas y los peritos de enlace lograron entrar por fin en The Highspire —dijo Víctor, bajando el tono mientras aislaba un paquete de archivos clasificados—.
Las compuertas cortafuegos del edificio habían sido bloqueadas desde adentro durante la medianoche.
Cuando lograron abrirlas, se encontraron con esto.
Víctor arrastró una carpeta de fotografías periciales hacia el monitor central de ochenta pulgadas.
Las primeras imágenes mostraban el gran salón de la mansión neogótica.
Incluso a través de la frialdad digital de la pantalla, la magnitud de la carnicería golpeó a Dante como un mazo en el estómago: sesenta cadáveres vestidos de etiqueta yacían desparramados entre divanes de terciopelo burdeos, esquirlas de cristal de Bohemia y charcos espesos de sangre coagulada, todos con sus máscaras de bestias doradas partidas o manchadas de rojo.
Víctor pasó las imágenes del salón con un toque del ratón y abrió el archivo principal: una fotografía cenital de altísima resolución tomada en el interior de la alcoba de los espejos.
Dante tensó los músculos de la mandíbula y dio medio paso atrás.
En el centro de la alfombra persa, rodeado por los reflejos fragmentados de los espejos rotos y los cuerpos de dos escoltas tácticos con el cuello quebrado, yacía lo que quedaba del Barón Julius von Thurn.
El patriarca había sido sometido a una demolición anatómica metódica: despojado de cualquier rastro de soberbia humana, su cuerpo mutilado descansaba en medio de una laguna oscura que empapaba la madera noble.
Un sabor amargo de bilis y nicotina subió por la garganta de Dante. En quince años de levantar cadáveres en los callejones más sucios de Londres, jamás había contemplado una ejecución que combinara semejante ferocidad visceral con un control tan frío.
Víctor pulsó dos teclas y aplicó un aumento óptico extremo sobre la zona cervical del cadáver de Julius.
Allí, anudado alrededor de la garganta destrozada, destacaba el brillo intacto del Hilo Carmesí.
El silencio en el búnker se volvió espeso. Dante vio cómo Víctor inclinaba el torso hacia el cristal del monitor, entrecerrando los ojos mientras comparaba la fotografía con las imágenes archivadas en la esquina de la pantalla.
—Aquí hay algo extraño, Cruz —murmuró Víctor, frunciendo el ceño con genuina perplejidad analítica—. Acércate. Mira la forma en que cerraron este lazo.
Dante se apoyó sobre el respaldo de la silla del analista, obligándose a ignorar la carne desgarrada para enfocar la vista en el nudo de seda roja.
—He revisado al detalle las fotografías de todas las escenas anteriores —explicó Víctor, señalando en el monitor lateral las capturas forenses de Leo Vance, Lord Douglas Strathern y el juez Konrad Hessel—.
En todas esas muertes, el nudo del Hilo Carmesí era idéntico: un amarre técnico, simétrico, ejecutado de memoria con una fuerza de tracción brutal que aplastaba la seda hasta romper las fibras del borde.
Era la mano de la misma persona repitiendo una firma mecánica.
Víctor volvió a señalar el cuello de Julius von Thurn en la pantalla principal.
—Pero mira este de aquí —prosiguió el informático, recorriendo los pliegues con el puntero—.
La vuelta del lazo es distinta y la tensión sobre la tela es mucho más floja, casi irregular.
Lo único seguro al mirar esa seda, Dante, es que este nudo lo ató otra persona.
Una mano con menos fuerza, ajena a la costumbre mecánica de hacerlo.
Dante entrecerró los ojos, soltando el humo del tabaco entre los dientes mientras procesaba el detalle.
—Anya Vane —dedujo el inspector de inmediato, siguiendo la lógica elemental del caso—. Estaban los dos juntos en esa habitación. Silas hizo el trabajo pesado con el cuchillo y ella le puso la firma al viejo.
—Es lo más probable —coincidió Víctor, asintiendo despacio—.
Pero eso nos deja un problema táctico enorme, Dante.
Afuera de esa mansión había un ejército privado de mercenarios vigilando los jardines.
Silas bloqueó las puertas blindadas para matarlos a todos adentro, sí, pero en algún momento tuvieron que abrir las esclusas para salir.
¿Cómo demonios salieron caminando dos personas cubiertas de sangre por la puerta principal sin que el pelotón de afuera los acribillara?
Víctor tecleó un comando y abrió el registro de intercepciones de radiofrecuencia de onda corta captadas por las antenas repetidoras de Surrey al filo de la una de la madrugada, justo en el minuto en que las compuertas hidráulicas de The Highspire se abrieron hacia la explanada.
—Escucha lo que grabó el canal interno de la seguridad exterior —dijo Víctor, pulsando el reproductor.
Por los altavoces del búnker brotó un siseo de estática húmeda, seguido por la voz tensa del jefe del retén apostado frente a la escalinata principal entre la niebla:
«¡Atención a los grupos de jardín, las puertas de acero del vestíbulo se están abriendo! ¡Alumbren la entrada, mantengan los fusiles arriba hasta confirmar identidad!».
Dante contuvo el aliento, clavando los ojos en la barra de sonido del monitor.
Se escucharon pasos sobre la grava a través del micrófono abierto del guardia y, tres segundos después, otra voz tomó la palabra directamente frente al transmisor del comandante.
Era la voz de una mujer. Poseía una dicción aristocrática, pausada y revestida de una autoridad gélida que Dante reconoció en el acto:
«Soy Celine von Falken. Bajen esas armas de inmediato y despejen el camino hacia los coches. Nadie toca a quienes salen conmigo».
Tras un segundo de silencio en la grabación, la voz del propio jefe de seguridad volvió a sonar por el canal general dirigiendo a sus hombres:
«Confirmado en visual, es la señorita Von Falken con su escolta personal. Bajen las armas, repito, bajen los fusiles y abran las rejas principales».