CAPÍTULO DOCE El Evangelio del Caos #6
Escuchó el decreto de expropiación y su propia sentencia de muerte con el pulso latiendo a cincuenta pulsaciones por minuto.
En el centro de su pecho, la antigua arquitecta que semanas atrás coleccionaba arte en Londres terminó de evaporarse; en su lugar quedó únicamente la roca desnuda y helada de los Von Falken.
Si la ley de aquella cueva exigía devorar o ser devorada, ella sería el depredador más grande del abismo.
Con una calma geométrica, Celine inclinó la cabeza dos milímetros hacia la izquierda.
En la penumbra del umbral, Bastian se desencadenó.
La embestida del gigante rompió la quietud de la bóveda con la violencia de un alud de piedra.
Sus botas tácticas de suela blanda devoraron los cuatro metros de alfombra en una fracción de segundo, moviéndose con una velocidad explosiva que desbordó por completo los reflejos de los ancianos.
Antes de que los dedos de Kenji Takahashi rozaran siquiera la botonera oculta bajo el mármol o de que lord Crispin Bouverie alcanzara a girar el cuello hacia el flanco, las manazas de Bastian ya habían atenazado el cráneo del banquero británico por la nuca y la mandíbula.
Bastian ejecutó una torsión seca, brutal y ascendente.
El estallido de las vértebras cervicales al partirse resonó contra el granito de la cámara con el chasquido hueco de una rama seca quebrada por la mitad.
En el mismo movimiento continuo, el guardaespaldas empujó el cráneo hacia abajo, estrellando la frente de lord Bouverie contra el canto macizo de la mesa de mármol negro con un golpe húmedo y sordo que abrió una grieta estrellada en la piel anciana, antes de soltar el cuerpo inerte.
El decano de la banca anglosajona se desplomó de bruces sobre el cristal apagado de su propia consola.
Su cabeza quedó torcida en un ángulo grotesco sobre el hombro izquierdo, con los ojos acuosos abiertos de par en par en una mueca de estupor congelado, mientras un reguero espeso de sangre arterial brotaba de su nariz rota y se extendía lentamente sobre la piedra negra hasta gotear sobre sus zapatos hechos a mano.
Kenji Takahashi quedó petrificado en su butaca, con la mano suspendida en el aire a medio camino del interruptor y la respiración cortada en la garganta ante la irrupción de la muerte física, cruda y primitiva, en el santuario de los intocables.
Bastian dio un paso atrás con absoluta naturalidad, se limpió una salpicadura roja del dorso de la mano contra el muslo de su pantalón oscuro y volvió a colocar los brazos cruzados a la espalda, erguido como una torre de vigilancia a medio metro de su señora.
Hélène de Vauclair bajó la vista hacia el cadáver de Crispin Bouverie.
Un músculo solitario tembló en la comisura de los labios de la matriarca francesa mientras el hilo de sangre del anciano alcanzaba el borde de su carpeta de cuero.
Lentamente, Hélène alzó la cabeza y clavó sus ojos de hielo ártico en Celine; en su mirada brillaba ahora el reconocimiento silencioso y reverencial que un tiburón viejo le concede a una bestia más joven y letal.
—Fascinante... —murmuró Hélène en voz baja, dejando las manos quietas y visibles sobre la mesa—. La sangre de los Alpes siempre reclama su trono.
Celine caminó sin prisa alrededor del borde del mármol negro.
Pasó junto al cuerpo desplomado de lord Bouverie dedicándole la misma indiferencia mineral que se le presta a un mueble volcado.
Al llegar frente a la consola todavía encendida del difunto, extendió su dedo enguantado y canceló con un solo toque el decreto notarial de expropiación antes de posar sus ojos ámbar sobre Hélène de Vauclair y Kenji Takahashi.
—Respecto a su propuesta de liquidez de emergencia, estoy completamente de acuerdo —pronunció Celine con una serenidad glacial que heló el aire de la bóveda—.
El sistema financiero requiere capital inmediato para absorber el impacto de esta mañana.
Dado que el único nieto de lord Bouverie carece del carácter necesario para sentarse en esta cámara, el Consorcio absorberá de inmediato todas las carteras fiduciarias, los bancos de inversión y las reservas de oro de la familia Bouverie.
Kenji Takahashi retiró muy despacio la mano de debajo de la mesa y la apoyó sobre el mármol, bajando ligeramente la barbilla en una señal muda de acatamiento.
Celine continuó su recorrido hasta detenerse detrás de la butaca vacía que llevaba la placa de platino de Julius von Thurn.
—Y en lo referente a la vacante del sector germánico —prosiguió Celine, deslizando las yemas enguantadas sobre el respaldo de cuero oscuro—, el Barón von Thurn sacrificó a su propia descendencia en los altares y dejó su casa sin herederos de sangre.
Es una dinastía extinguida. Por consiguiente, la corporación Von Falken asume desde este minuto el control directo de sus rutas logísticas, sus fondos soberanos y su asiento permanente en este consejo.
Celine retiró la silla hacia atrás, rodeó el cuero negro y tomó asiento frente al mármol manchado de sangre.
Apoyó ambas manos enguantadas sobre la piedra fría, flanqueada por la sombra colosal de Bastian y por el cadáver aún tibio del hombre que había intentado borrarla, clavando su centro de gravedad en la cúspide del mundo.
—Ahora —ordenó Celine von Falken en el silencio sepulcral del búnker—, veamos los números del mercado.