CAPÍTULO DIEZ El Diablo en la Casa del Cerdo #4
Aquellas cuatro sílabas despertaron en la memoria de Celine una marea de relatos oscuros que creía sepultados en su infancia.
Durante sus años en los internados de élite de Suiza, entre las herederas de las dinastías más ricas del continente, los Von Valerath encarnaban el mito absoluto del horror.
Eran los monstruos de los cuentos que las niñas se susurraban en la penumbra de los dormitorios cuando las institutrices apagaban las luces: una estirpe aristocrática de crueldad legendaria, tan antigua y aislada que las crónicas orales la describían como una casta de vampiros reales, señores feudales que practicaban purgas despiadadas, consumían la juventud de doncellas en castillos herméticos de la Selva Negra y bebían la sangre de sus vasallos en copas de plata para preservar una pureza biológica aterradora.
La leyenda escolar aseguraba que, hacía décadas, la dinastía entera había desaparecido de la faz de la tierra en una sola noche de invierno, dejando sus fortalezas desiertas y heladas, como si la propia oscuridad los hubiera reclamado.
Al contemplar la sonrisa tenue, gélida y despiadada que curvó los labios de Anya al escuchar el apellido, Celine comprendió la espantosa verdad: las pesadillas de su infancia poseían carne y hueso. Estaban vivas en esa misma habitación.
Julius rompió a llorar con una degradación abyecta, arrastrándose sobre sus propios fluidos.
—¡Les daré todo lo que pidan! —gimió el anciano, juntando las palmas cubiertas de sangre en una súplica viscosa—. ¡Las cuentas cifradas en Zúrich! ¡Los títulos de propiedad en Viena! ¡Seré su esclavo más sumiso! ¡Julius von Thurn puede servirles, se los juro!
Silas ignoró las palabras con una indiferencia geológica. Desenvainó su navaja táctica de hoja curva con un chasquido metálico limpio y definitivo.
—Tú presidiste esa noche, Julius —sentenció Silas con voz de piedra—. Nos entregaron al frío para alimentar a sus dioses de barro, y el abismo nos devolvió. Ahora comprobaremos la consistencia de tu carne.
La disección física comenzó con la parsimonia de un procedimiento clínico.
Silas descargó el filo curvo en la ingle del anciano con una precisión quirúrgica, castigando la carne con la que el Barón había amenazado mancillar a Anya minutos antes.
Julius emitió un chillido infrahumano, un sonido agudo y desgarrador que pareció vibrar en los fragmentos de cristal esparcidos por el suelo.
Se retorció como un gusano aplastado, intentando cubrirse la herida con las manos mientras un torrente oscuro manchaba las tablas nobles.
Silas pisó la muñeca derecha del noble, fijándola contra el suelo con el peso de su bota.
—Concéntrate, Julius. Mírame —ordenó Silas con calma pétrea.
El filo curvo seccionó el primer dedo del anciano desde la raíz del nudillo con un corte seco. El chasquido del cartílago y el hueso partiéndose resonó en la alcoba con una nitidez espantosa.
Julius comenzó a hiperventilar, sus súplicas convirtiéndose en balbuceos incoherentes ahogados por el tormento puro.
Anya se incorporó al ritual con una gracilidad venenosa.
Con los dedos desnudos, extrajo de su peinado un estilete de plata maciza de veinte centímetros, fino como una aguja quirúrgica.
Caminó alrededor de la agonía de Julius y hundió la punta de plata en un centro nervioso expuesto junto a la clavícula izquierda del anciano.
El estímulo eléctrico arqueó la columna del Barón con una sacudida espasmódica, obligándolo a mantener los párpados abiertos de par en par mientras Silas cercenaba el segundo dedo.
—Concéntrate, Julius —le susurró Anya con una suavidad mortífera, inclinando el rostro hacia su oído—. Siente cómo se te escapa la soberbia entre las coyunturas.
La tortura avanzó con una cadencia calculada, sistemática y cruel. Celine observaba cada incisión, cada desgarro y cada gota de sangre derramada sobre la madera.
En su interior, el pánico inicial había desaparecido por completo, sustituido por una fascinación oscura que le encendía la sangre.
Mirar el castigo de aquel viejo corrupto, el artífice de la mentira que había gobernado su vida entera, le despertaba una sed ardiente de justicia retributiva, un hambre depredadora que resonaba en lo más profundo de su código genético.
Reconoció en sí misma el legado de los Von Falken: una estirpe nacida para gobernar las sombras.
Anya levantó la vista del cuerpo torturado y buscó los ojos de Celine a través de los reflejos rotos.
Al comprobar que la joven sostenía la mirada sobre la carnicería con las pupilas encendidas, bebiendo visualmente de cada herida sin pestañear, Anya le devolvió un asentimiento sutil, de una complicidad depredadora absoluta.
Silas detuvo sus movimientos.
El primogénito se incorporó con parsimonia sobre los restos agonizantes de Julius.
Con el torso bañado en escarlata y la respiración acompasada, Silas retrocedió un paso, despejando el espacio frente al cuerpo que apenas emitía un gorgoteo agónico.
Clavó sus ojos ámbar en Celine e inclinó la cabeza con un ademán mudo, cediéndole el lugar de honor en la ejecución.
Celine avanzó de inmediato sobre la alfombra.
Sus tacones cruzaron los charcos espesos de sangre, trazando huellas rojas sobre el suelo de madera sin que un solo músculo de su rostro flaqueara. Alcanzó al anciano moribundo y se arrodilló con aplomo, dejando que la seda oscura de su vestido absorbiera la inmundicia del suelo.
Con sus guantes negros, desenrolló el Hilo Carmesí que Silas le había entregado.
Celine pasó la cinta de seda roja alrededor del cuello mutilado de Julius von Thurn. Sintió la piel caliente y viscosa ceder bajo la tela. Con movimientos firmes, pausados y exactos, tensó los extremos y cerró el nudo definitivo sobre la garganta del verdugo de su familia.
El Barón exhaló su último suspiro bajo sus dedos.
De rodillas en medio de los cadáveres y custodiada por las dos sombras tutelares de su sangre, Celine von Falken consumó su bautismo en el abismo. La oscuridad acababa de reclamarla como soberana.