CAPÍTULO ONCE La Anatomía del Silencio
CAPÍTULO ONCE
La Anatomía del Silencio
Horas antes, en el interior insonorizado del automóvil que devoraba la autopista hacia los valles de Surrey bajo la tormenta, el plan trazado respondía a una arquitectura milimétrica.
El habitáculo del vehículo olía a cuero frío y al rastro sutil de jazmín seco que emanaba de la piel de Anya Vane.
Afuera, las ráfagas de lluvia se estrellaban contra los cristales blindados, deformando las luces distantes de la carretera en estelas amarillentas; adentro reinaba una quietud de quirófano.
Anya sostenía sobre su regazo de terciopelo verde una tableta encendida cuyo resplandor azulado recortaba la geometría afilada de sus pómulos.
En la pantalla brillaban los planos estructurales de The Highspire: los conductos de ventilación, el cuadro eléctrico del sótano, las compuertas hidráulicas de acero diseñadas para aislar el edificio en caso de asedio y la lista completa de los sesenta dignatarios convocados a la Gala del Cisne.
A su izquierda, al volante, Silas Richter conducía con la vista fija en el asfalto mojado.
Sus manos enguantadas en cuero negro reposaban sobre el aro de dirección con una inmovilidad de estatua.
Sobre la consola central descansaban dos máscaras litúrgicas y la tarjeta codificada de nivel supremo extraída de las bóvedas de Dietrich von Berg.
Anya diseccionaba la operación con un escrutinio inquebrantable.
La incursión en The Highspire había sido concebida como una purga total, metódica y hermética.
Conocían las reglas internas de la seguridad del Barón: los destacamentos de mercenarios apostados en los jardines exteriores tenían órdenes estrictas de permanecer fuera de los muros durante toda la velada, sordos a cualquier grito o detonación que proviniera del santuario privado.
El protocolo diseñado por ambos carecía de fisuras: cruzarían las puertas a medianoche, Silas bloquearía las esclusas desde el interior para convertir la mansión en un sarcófago sellado, anularía las frecuencias de radio y, antes de que la tormenta amainara, erradicarían a Julius von Thurn y a las sesenta cabezas del Consorcio en su propio banquete.
Anya apagó la pantalla de la tableta y giró el rostro hacia Silas. Prescindieron de cualquier palabra; veinte años de caminar juntos por las cenizas habían eliminado la necesidad del lenguaje verbal. La simetría entre sus mentes era absoluta.
Sin embargo, los planes constituían certezas para los mortales, y al cruzar las inmensas puertas de roble de The Highspire y adentrarse en la bacanal teñida de luces escarlata, los sentidos de Anya registraron una alteración inmediata en la estructura de la noche.
El calor espeso del salón principal golpeó sus fosas nasales con una mezcla nauseabunda de perfumes caros, sudor rancio, humo de habanos y el rastro químico de los alcaloides esparcidos sobre las bandejas de plata.
Desde la galería superior, el cuarteto de cuerdas dejaba caer las notas disonantes de su minueto sobre la marea de cuerpos entrelazados y máscaras de bestias doradas.
A través de las cuencas vacías de su máscara de porcelana blanca, las pupilas esmeralda de Anya escanearon la habitación con la precisión gélida de un forense. Y en el centro exacto de aquel ecosistema de lujuria y decadencia, detectó una anomalía orgánica.
Celine von Falken estaba allí.
La presencia de la joven en el extremo del sofá principal de terciopelo burdeos, flanqueada por la sombra colosal de Bastian, introducía una variable imprevista en la ecuación.
Anya sintió un cambio imperceptible en la densidad del aire a su izquierda: bajo la lana negra del esmoquin, los músculos de los hombros de Silas se tensaron un milímetro.
Ambos detuvieron su avance sobre la alfombra roja durante una fracción de segundo que pasó inadvertida para la multitud, pero que entre ellos equivalió a un diálogo completo.
En la intimidad blindada de sus noches en Mayfair, el nombre de Celine había ocupado sus deliberaciones más reservadas.
Sabían que la hermana menor de Alexander permanecía ausente de las listas operativas de los rituales del Consorcio; sabían que había crecido en Viena envuelta en una burbuja de cristal financiada con sangre ajena.
Sin embargo, verla sentada a la diestra de Julius von Thurn en mitad de aquella bacanal abría una interrogante decisiva que exigía respuesta inmediata: ¿había acudido la heredera por sumisión a la podredumbre de sus padrinos, o buscaba la garganta de los monstruos que destruyeron su casa?
Si Silas cerraba las puertas y desataba el exterminio en ese instante desde la entrada, Celine quedaría atrapada en el fuego cruzado o huiría aterrada sin haber revelado jamás su verdadera naturaleza.
Necesitaban saber de qué madera estaba hecha.
Necesitaban comprobar si la sangre que corría por sus venas merecía despertar para reclamar su legado, o si debía ser extirpada junto con el resto del árbol podrido.
Anya rozó apenas el dorso del guante de Silas con la yema de su meñique.
Fue un contacto de medio segundo. Silas bajó los párpados tras su máscara de plomo en señal de acuerdo. El plan acababa de reconfigurarse: suspenderían el asalto frontal. Entrarían en el juego del Barón y permitirían que la velada arrastrara a Celine hasta el límite de su resistencia psicológica.
Reanudaron la marcha con una sincronía glacial hasta detenerse frente a la tarima.
Anya observó cómo Julius von Thurn se arrancaba la máscara de cerdo blanco y la arrojaba sobre la mesa con un gesto ampuloso, ordenándoles tomar asiento.
El anciano se regodeaba en su falso trono de cuero negro, embriagado por la cocaína y la ilusión de su propia supremacía, pero el intelecto clínico de Anya lo desnudó en un parpadeo.
Mientras se acomodaba junto a Silas en el sofá opuesto con una estudiada fachada de sumisión corporativa, Anya leyó la anatomía del engaño en el rostro de Julius: la capa de sudor frío y pegajoso acumulándose sobre su labio superior a pesar de la climatización del salón, la dilatación asimétrica de sus pupilas y la avidez ansiosa con la que sus ojos saltaban hacia las sombras periféricas.
Anya amplió su campo de percepción sin mover el cuello.
Los mercenarios apostados junto a las columnas corintias mantenían una postura distinta a la de la guardia ordinaria: tenían el peso del cuerpo desplazado hacia las puntas de las botas y los pulgares rozando las correas de sujeción, listos para una maniobra de captura física inmediata.
—Silas. Anya —los saludó Celine desde el sofá principal.
Su voz fue una exhalación tensa y medida.
Silas mantuvo un silencio pétreo, clavando sus ojos ámbar en ella con un peso aplastante.
Anya, por su parte, estudió la biología de la joven: registró el latido acelerado pero firme en su arteria carótida, la rigidez aristocrática de su columna vertebral y el esfuerzo feroz con el que dominaba el temblor de sus dedos enguantados.
Había pánico en el sistema nervioso de Celine, pero su voluntad rehusaba doblarse.
Anya ladeó la cabeza apenas un milímetro hacia Silas, transmitiéndole el diagnóstico preliminar, y luego devolvió sus ojos esmeralda hacia las ranuras de plomo de la muchacha.
—El aire aquí abajo es venenoso, Celine —murmuró Anya con una suavidad que cortó el murmullo cercano—. Procura respirar muy despacio.
Vio a Bastian inclinarse tras el respaldo para susurrarle una advertencia a su protegida, e inmediatamente después observó cómo Julius atrapaba el hombro de Celine con sus dedos grasientos, acercando su boca fétida al oído de la joven para vomitar su sermón sobre dueños del mundo, marionetas y ganado desechable.
Anya contempló la escena sin parpadear: Julius creía estar instruyendo a una aprendiz sumisa, incapaz de percibir el asco visceral que contraía la mandíbula de la heredera.
En ese instante, el sirviente de librea emergió de la penumbra sosteniendo la pesada bandeja de plata con cuatro copas de cristal tallado, llenas de un vino tinto espeso y oscuro.
Los ojos de Anya se clavaron en las manos del criado. Los nudillos del hombre lucían blancos, casi translúcidos por la tensión desmedida con la que aferraba el borde de la bandeja, delatando el terror a equivocarse de cáliz o derramar una sola gota.
La trampa resultaba insultantemente burda. Julius iba a sedarlos.
Anya mantuvo el pulso a sesenta latidos por minuto.
Cuando el criado inclinó la bandeja frente a ellos, el olfato de Anya captó la traza química dulce y almendrada que flotaba sobre tres de las copas, ausente por completo en el cuarto cristal que el sirviente orientó de forma deliberada hacia la mano derecha de ella.
El viejo pretendía anular a los hombres para arrastrarlos a las celdas del sótano y conservarla a ella despierta para sus caprichos privados.
Ella operaba como el radar perfecto; Silas, como el arma ineludible.
Julius tomó su propia copa y alzó el brazo con torpeza, proclamando su brindis arrastrado por los nuevos horizontes.
Anya sujetó el tallo de su cristal con elegancia felina.
Al elevar el cáliz hacia sus labios, inclinó el torso una fracción imperceptible hacia el hombro de su esposo.
Bajo el manto de las cuerdas desafinadas y las risas histéricas de los divanes, deslizó una sola palabra que rozó el canal auditivo de Silas:
—Toxina.
Silas captó el código en el acto. Anya supo, sin necesidad de confirmación visual, que el cerebro de su marido acababa de activar el protocolo de inmersión total.
El brindis se consumó. Anya bebió el líquido oscuro con parsimonia, sosteniendo la mirada lasciva y triunfal que Julius le dedicaba por encima del borde de su copa.
Frente a ellos, Bastian fue el primero en caer. El inmenso guardaespaldas sucumbió al compuesto químico sin alcanzar a llevarse la mano al cinto; sus párpados cayeron con pesadez de plomo y su mole se desplomó contra el respaldo del sofá en un colapso silencioso.