Carmesí CAPÍTULO DIEZ El Diablo en la Casa del Cerdo #3
57%

CAPÍTULO DIEZ El Diablo en la Casa del Cerdo #3

Ambos poseían una belleza escultórica, tallada en un mármol gélido que absorbía el resplandor escarlata de la estancia.

En sus rasgos ardía una severidad despojada de cualquier vestigio de piedad: dos máscaras biológicas mucho más implacables que los metales que acababan de desechar.

Silas compartía la geometría ósea de los Von Falken: pómulos altos, mandíbula cuadrada enmarcada por una barba oscura milimétricamente recortada y unos ojos ámbar idénticos a los de Celine, encendidos por una frialdad geológica.

Anya, a su lado, proyectaba una soberanía venenosa: tez de alabastro, cabellos cobrizos cayendo sobre los hombros descubiertos y una mirada felina que trataba el entorno como un territorio ya conquistado.

Silas avanzó hacia Celine. El crujido de los cristales rotos bajo sus suelas pesadas retumbó en los oídos de la joven.

El calor corporal del gigante, cargado del vaho ferroso de la matanza y el ácido del sudor, invadió su espacio. Silas flexionó las rodillas despacio hasta quedar a la altura exacta de los ojos de Celine. Mantuvo la espalda recta, los hombros macizos formando una muralla viva frente a ella.

Extendió su mano derecha enguantada, empapada en una película espesa de sangre fresca. Abrió los dedos, revelando sobre la palma un objeto diminuto:

Una cinta de seda roja de diez centímetros de largo. El Hilo Carmesí.

Celine contempló la hebra brillante sintiendo un calambre helado recorrerle la columna vertebral.

El tejido descansaba sobre el cuero negro como una herida abierta.

Con dedos firmes, Celine tomó la cinta, sintiendo la textura sedosa deslizarse entre sus guantes.

Aquella tela representaba una herencia maldita, el reclamo de una deuda dinástica y la llave para ingresar en el círculo de los ejecutores.

Silas sostuvo la mirada de Celine durante dos segundos interminables, confirmando la resolución que ardía en sus pupilas doradas, y se incorporó con un movimiento fluido.

Giró su cuerpo hacia la cama.

Julius von Thurn intentaba trepar por el respaldo de caoba tallada, arañando la madera con las uñas mientras dejaba una estela húmeda sobre las sábanas de terciopelo.

Su respiración era un fuelle asmático y quebrado.

Silas dio dos zancadas, estiró el brazo y atrapó al anciano por el cuello del esmoquin con la fuerza de una prensa hidráulica.

Lo arrancó de la cama de un solo tirón y lo arrojó sobre el parquet cubierto de cristales y charcos oscuros.

El cuerpo fofo rebotó contra el suelo con un quejido agónico.

Silas plantó su bota pesada sobre el esternón del noble, aplastándole las costillas contra las tablas.

—Concéntrate... Julius... von... Thurn —la voz de Silas descendió a una frecuencia cavernosa, marcando cada sílaba con la gravedad de un martillazo—. Recuerda.

El anciano boqueó bajo la suela del zapato, buscando un oxígeno que se le escapaba en burbujas de saliva ensangrentada.

—Recuerda el frío cortante de la nieve en los Alpes austríacos —prosiguió Silas, sus ojos ámbar taladrando la mirada extraviada del Barón—.

Recuerda la losa helada del altar, Julius.

Hace exactamente veintinueve años. Recuerda a la familia que te entregó a su primogénito de siete años para comprar su salvoconducto.

Mírame a los ojos, cerdo. Soy el diezmo que arrojaron al matadero.

Y he regresado del destierro para cobrar la cuenta entera.

Julius abrió la boca en un espasmo mudo. La mandíbula le temblaba de forma grotesca mientras escaneaba las facciones de Silas; reconocía la mirada dorada del niño al que creyó sepultado bajo tres décadas de olvido.

Anya se aproximó con la cadencia sigilosa de una pantera sobre hierba húmeda.

La mujer dobló las rodillas con gracia aristocrática, posando el dobladillo de su vestido verde esmeralda sobre la sangre del suelo sin concederle la menor importancia. Se inclinó sobre el rostro descompuesto de Julius hasta situar sus labios a escasos centímetros de su oreja.

—Mírame bien, Julius —ordenó Anya. Su voz arrastraba una quietud sepulcral, cargada de una autoridad biológica que obligó al hombre a alzar los párpados.

El Barón clavó sus pupilas inyectadas en sangre sobre las facciones de la mujer. Observó la palidez de cera, la simetría afilada de sus pómulos y el fulgor esmeralda de sus ojos felinos.

Una parálisis absoluta se apoderó de los músculos faciales del noble. Un terror primordial, enterrado bajo décadas de privilegios, le desencajó la mandíbula. El aliento se le atascó en la garganta y de sus labios brotó un balbuceo trémulo:

—Von Valerath...

Celine sintió que el suelo se inclinaba bajo sus tacones al escuchar aquel apellido. Un frío mineral le penetró hasta el tuétano.

Von Valerath.