Carmesí CAPÍTULO DIEZ El Diablo en la Casa del Cerdo #2
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CAPÍTULO DIEZ El Diablo en la Casa del Cerdo #2

—Pusiste el cerrojo, Julius —dijo Anya. Su voz brotó como un hilo de seda helada, serena y precisa—.

En tu cerebro atrofiado por el alcohol y los polvos químicos creíste que me encerrabas aquí contigo.

Mírame a los ojos. ¿Distingues algún temblor en mis manos?

¿Escuchas alguna súplica? Eres tú quien acaba de quedar atrapado en este cuarto conmigo.

Y este recinto dista de ser tu alcoba; es tu matadero personal.

Julius parpadeó, desconcertado. La sonrisa lasciva se le congeló sobre los labios.

Fue en ese instante cuando el primer alarido desgarró la noche desde el gran salón.

Aquel sonido distaba de cualquier gemido festivo; era un chillido agudo, desgarrador y preñado de un pánico salvaje que atravesó la madera maciza como una aguja ardiente.

Celine retrocedió un paso, sintiendo el cristal frío de un espejo presionarle la espalda. Julius giró el cuello hacia la puerta cerrada con el ceño fruncido, desorientado.

Un segundo después resonó la primera detonación en el corredor.

Celine escuchó el estrépito de una mesa de mármol partida al medio, seguido por el tableteo ensordecedor de un fusil automático barriendo la galería.

Gritos de hombres y mujeres que momentos antes reían y copulaban en el terciopelo se transformaron en un coro de aullidos desesperados.

El eco de cristales rotos, muebles volcados y súplicas ahogadas en sangre comenzó a filtrarse por los muros.

Anya ignoró el estrépito con una compostura absoluta. Avanzó un paso medido hacia Julius, tejiendo los alaridos exteriores en su discurso:

—¿Escuchas la música de tu fiesta, Julius?

—susurró Anya, su tono arrastrando una cadencia hipnótica—.

Son los miembros de tu distinguido consejo descubriendo la verdad de su propia carne.

Durante décadas alimentaron su vanidad comprando impunidad con dinero ajeno, creyéndose deidades intocables porque gobernaban firmas bancarias y tribunales corruptos.

Julius comenzó a retroceder, el sudor frío empapándole la camisa. Intentó estirar la mano hacia una daga colgada junto al cabecero, pero sus falanges temblorosas carecían de agarre.

—¿Qué... qué demonios está ocurriendo ahí fuera? —balbuceó el anciano, con la saliva espesa acumulándose en su barbilla.

Las detonaciones exteriores se intensificaron, acompañadas por el chasquido húmedo de cuerpos pesados golpeando las losas.

El fuego de respuesta de los mercenarios del salón sonaba desordenado, presa de un pánico ciego.

Ráfagas cortas, gritos de combate que terminaban en gorgoteos secos y el crujido inconfundible de vértebras partidas bajo una fuerza hidráulica componían la sinfonía del pasillo.

—La deuda acaba de vencer, Julius —continuó Anya, su mirada esmeralda taladrando la psique del hombre—. Entregaron a los hijos de la noche a un altar de piedra, convencidos de que las sombras olvidarían la ofensa. Pero la sangre derramada regresa siempre a cobrar los intereses acumulados.

Celine permanecía pegada al espejo, con las uñas enterradas en las palmas de sus guantes. El corazón le retumbaba en los oídos con la violencia de un tambor de guerra. Percibía el olor a pólvora quemada filtrándose por debajo de la puerta, mezclado con el hedor acre a sangre caliente.

Afuera, los gritos de los magnates se apagaron en un silencio fúnebre. Solo persistían pasos pesados sobre la grava del corredor y detonaciones secas de mercenarios replegándose hacia el dormitorio.

De pronto, un impacto monstruoso reventó la puerta de caoba.

La madera astillada estalló hacia el interior en una lluvia de esquirlas afiladas y bisagras arrancadas de cuajo.

Junto al estrépito de la puerta, una ráfaga de fusil automático penetró en la habitación: proyectiles de plomo silbaron en el aire, destrozando tres espejos biselados a la derecha de Celine en una explosión ensordecedora de esquirlas plateadas.

Celine se cubrió el rostro con los antebrazos, sintiendo fragmentos de vidrio golpear la tela pesada de su abrigo.

En medio del polvo de yeso y el humo de la pólvora, la mole de Silas Richter cruzó el umbral.

Venía empujando los restos del marco mientras dos mercenarios tácticos con chalecos antibalas y cascos de combate intentaban abrir fuego desde el pasillo. Silas operaba con una violencia física aterradora y despojada de artificios.

Celine vio a Silas atrapar el cañón del fusil del primer mercenario con la mano izquierda, desviando la boca de fuego hacia el suelo mientras utilizaba su hombro de basalto para estrellar al guardia contra la pared de mampostería.

El impacto fue tan brutal que la piedra agrietada escupió polvo blanco.

Sin darle espacio al soldado para recuperar el aliento, Silas aferró la visera del casco del hombre y hundió ambos pulgares a través de la abertura con una presión devastadora.

El mercenario soltó un aullido líquido antes de que Silas estrellara su cabeza tres veces consecutivas contra el quicio de la puerta hasta que el cráneo cedió con un crujido gomoso.

El segundo guardia intentó retroceder para desenfundar un cuchillo de combate.

Silas arrojó el cadáver del primer mercenario sobre las piernas del tirador, haciéndolo tropezar pesadamente sobre los cristales rotos del suelo de la alcoba.

Antes de que el hombre pudiera incorporarse, Silas cayó sobre él.

La lucha sobre la alfombra fue un forcejeo espantoso y crudo.

Silas atrapó la mandíbula del mercenario con la palma derecha y la coronilla con la izquierda.

Sus músculos se tensaron hasta marcarse bajo la tela rasgada del traje negro empapado en sangre.

Con una sacudida seca y lateral, torció el cuello del soldado.

El chasquido de la columna rompiéndose sonó con la nitidez de una rama seca partiéndose en dos. El mercenario sufrió un espasmo final y sus esfínteres cedieron sobre la madera, esparciendo una pestilencia densa a orina y muerte en el aire cerrado del cuarto.

Silas soltó el cuerpo inerte.

Se incorporó con lentitud. Su pecho se elevaba y caía bajo la camisa rota en jadeos hondos, pesados y trabajosos; el esfuerzo biomecánico de la carnicería le quemaba los pulmones.

Celine observó cómo el gigante cerraba los puños, retenía el aire durante tres latidos y expulsaba el vapor caliente por la nariz, aplicando un patrón de respiración controlada y metódica para devolver el ritmo cardíaco a una quietud de piedra.

Con la máscara litúrgica de plomo todavía ajustada al rostro, cubierta de salpicaduras de sangre fresca que goteaba hacia la solapa, Silas giró el cuello despacio hacia el rincón donde Julius se acurrucaba sobre la cama.

Silas clavó sus ojos ámbar en el anciano y pronunció su nombre con una cadencia cavernosa, silabeada y letal que congeló la estancia:

—Ju... lius... von... Thurn.

Julius rompió a sollozar, orinándose sobre el cobertor de terciopelo.

Celine, temblando sobre sus talones junto a los espejos destrozados, desvió los ojos por encima del hombro ensangrentado de Silas hacia el corredor y el gran salón exterior.

El cuadro que descubrió a través del umbral roto le paralizó el aliento.

El salón principal de The Highspire yacía convertido en un matadero absoluto.

Sobre los divanes de terciopelo burdeos, entre las mesas de mármol volcadas y las alfombras desgarradas, reposaban los cuerpos inmóviles de los sesenta aristócratas del Consorcio.

Magnates degollados, cuerpos atravesados por proyectiles y máscaras de bestias doradas flotando en charcos de sangre espesa.

Silas los había exterminado a todos, utilizando las propias armas de los guardias para aniquilar a la logia entera.

El abismo carecía de metáforas. Aquel ejecutor se alzaba en pie dentro de la estancia, respirando su mismo aire.

Silas permaneció de pie junto al umbral astillado durante tres latidos, sosteniendo la mirada sobre el anciano que sollozaba en la cama.

Celine sentía el metal frío de su propia máscara veneciana oprimiéndole las sienes, reduciendo su campo visual a dos ranuras estrechas.

El aire viciado del cuarto, cargado de pólvora quemada y el hedor dulce de la sangre fresca, se le condensaba contra los labios.

Con un movimiento deliberado de sus dedos enguantados, Celine desató el lazo de seda negra tras su nuca y se retiró el plomo del rostro.

El aire frío de la habitación le golpeó la piel desnuda. Quería mirar sin filtros, sin armaduras intermedias, con la visión limpia de quien asume el abismo por voluntad propia.

A escasos pasos, Anya captó el movimiento al instante.

La mujer giró apenas el cuello hacia Celine.

Al contemplar el rostro despejado de la joven, sus facciones aristocráticas y el destello ambarino de sus ojos desafiando la penumbra, una chispa de interés calculador brilló en las pupilas esmeralda de Anya.

Fue un reconocimiento silencioso: la heredera acababa de despojarse de su disfraz de espectadora para presenciar el juicio con los ojos abiertos.

Con una lentitud litúrgica y una sincronía milimétrica, Silas y Anya elevaron los brazos hacia sus propias cabezas. Desataron las sujeciones posteriores de sus máscaras litúrgicas. La porcelana blanca y la chapa de plomo cayeron sobre los fragmentos de espejo con un tintineo seco.

Celine observó sus facciones expuestas por primera vez bajo la luz de los candelabros.