Carmesí CAPÍTULO DIEZ El Diablo en la Casa del Cerdo
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CAPÍTULO DIEZ El Diablo en la Casa del Cerdo

CAPÍTULO DIEZ

El Diablo en la Casa del Cerdo

El infierno cobraba forma sobre un sofá monumental de terciopelo burdeos, iluminado por lámparas cubiertas de gasa roja que teñían el aire con el resplandor turbio de la sangre arterial.

Celine von Falken sentía el peso sofocante de la atmósfera aplastándole los pulmones.

A través de las ranuras de su máscara veneciana de plomo, el metal frío le mordía los pómulos mientras mantenía los dedos enguantados entrelazados sobre el regazo.

La lana oscura de su abrigo absorbía el hedor del recinto: sudor rancio, tabaco aromático de importación y el vapor químico de la cocaína consumida sobre las mesas de malaquita.

Sus tacones se hundían en una alfombra persa empapada de alcohol derramado, transmitiendo a través de la suela una humedad pegajosa que le revolvía el estómago.

A su izquierda, dominando la estancia desde un trono de cuero negro, Julius von Thurn acababa de despojarse de su máscara de cerdo blanco.

Celine contempló la carne expuesta del anciano con una repulsión física que le tensó los tendones del cuello.

Una capa espesa de sudor grasiento le cubría las mejillas abotargadas, brillando bajo la luz roja.

Las pupilas del Barón, dilatadas por los estupefacientes, bailaban con una euforia viscosa.

Julius exudaba la seguridad obscena de un monarca convencido de habitar una cúspide intocable, por encima de cualquier justicia terrenal.

Frente a ella, ocupando el sofá opuesto con una sumisión estudiada, se acomodaban Silas Richter y Anya Vane.

El pulso de Celine golpeaba contra sus sienes con la fuerza de un pistón hidráulico.

Desde su ángulo, la presencia del matrimonio irradiaba una amenaza matemática.

Silas permanecía inmóvil, sus hombros de basalto recortados contra la penumbra carmesí; la máscara litúrgica de plomo ocultaba sus rasgos, pero sus ojos ámbar brillaban a través de las cuencas con la fijeza de un perito que calcula el punto exacto de fractura de una estructura viva.

Anya, a su lado, concentraba toda la carga ponzoñosa del salón.

La mujer vestía su traje de terciopelo y seda de un verde abisal tan oscuro que devoraba la luz de las velas. Su máscara blanca mate resaltaba la frialdad de sus ojos esmeralda: dos gemas felinas que ignoraban la figura grotesca de Julius para clavarse directamente en Celine.

Celine experimentó un escalofrío que le erizó el vello de los brazos.

Aquella mirada carecía de compasión o complicidad fraternal; constituía un escrutinio biológico despiadado.

Celine sentía la atención de Anya fija en el latido visible de su carótida, en la rigidez involuntaria de sus falanges y en la cadencia de su respiración tras la chapa de plomo.

Era la mirada de un cirujano que evalúa si una rama enferma merece sanación o exige amputación inmediata para garantizar la higiene del árbol familiar.

—Silas. Anya —los saludó Celine desde el sofá principal. Su voz fue una exhalación tensa y medida.

Silas mantuvo un silencio pétreo, clavando sus ojos ámbar en ella con un peso aplastante mientras Anya completaba su escrutinio.

En medio de esa inspección, Anya ejecutó un gesto milimétrico: ladeó la barbilla apenas una fracción hacia Silas, bajando los párpados un instante en una señal cifrada, y luego devolvió sus pupilas esmeralda hacia las ranuras de plomo de la joven.

—El aire aquí abajo es venenoso, Celine —murmuró Anya con una suavidad que cortó el murmullo cercano—. Procura respirar muy despacio.

Celine contuvo el aliento, comprendiendo la gravedad del intercambio. Su propia supervivencia quedaba en suspenso; aquellos dos la consideraban una variable viva dentro de un algoritmo de exterminio.

Detrás de su hombro, la corpulencia de Bastian proyectaba una sombra densa. Celine escuchó el murmullo áspero de su custodio junto a su oreja:

—Mantenga los ojos al frente, Celine. Los únicos depredadores reales en esta sala ocupan ese sofá.

Antes de que ella procesara la advertencia, el peso fofo de Julius invadió su espacio.

El Barón estiró un brazo cubierto de anillos de oro, clavando las falanges en el hombro de Celine con una familiaridad asquerosa.

Celine percibió el tufo de su aliento —una pestilencia de vino agrio, tabaco fermentado y bilis vieja— golpeándole el rostro.

El estómago se le contrajo en un espasmo de náusea que debió sofocar apretando los dientes.

—Observa con atención, niña —susurró Julius, arrastrando las consonantes con deleite senil—. Así se gobierna a la plebe.

El anciano hundió los dedos en la clavícula de Celine, obligándola a mirar hacia la pareja sentada enfrente.

—Tú eres dueña de este imperio, Celine. Esta gente...

estos técnicos de Mayfair... son simples bestias de carga.

Instrumentos desechables para maquillar nuestras cuentas y barrer nuestros establos.

Puedes tomar a quien gustes de esta fiesta, usarlo hasta quebrarlo y arrojarlo al foso.

El ganado existe para servirnos. Grábate esa verdad en la sangre.

Celine forzó a su columna a mantenerse rígida bajo el contacto del anciano, evitando cualquier movimiento que delatara su rabia.

Un criado de librea emergió de las sombras sosteniendo una bandeja de plata maciza con cuatro copas de cristal tallado llenas de un vino oscuro, denso como alquitrán.

Julius tomó la primera copa con avidez. Silas estiró su mano enguantada y aferró el tallo de vidrio con aplomo.

Bastian, sujeto a la disciplina de custodia que imponía cortesía obligada ante el anfitrión en su propia fortaleza, tomó la tercera.

Anya acogió la suya con una gracia perezosa, mientras el Barón observaba el cristal de la mujer con una sonrisa lubricada, saboreando el secreto de haber reservado para ella un licor limpio de sustancias químicas.

Celine acercó el borde de la copa restante a sus labios, percibiendo un rastro dulzón y sintético que le encendió las alarmas del instinto. Apartó la copa hacia su falda.

El desenlace ocurrió con una rapidez quirúrgica.

Por el rabillo del ojo, Celine vio ceder la musculatura de Bastian. El gigante que jamás había vacilado ante el peligro cerró los párpados pesadamente; la tensión de su cuello se esfumó y su mole cayó desplomada contra el respaldo de terciopelo, sedado por una neurotoxina fulminante.

El espanto le heló la garganta a Celine cuando miró hacia el frente.

Silas Richter imitó el colapso con una docilidad perfecta. La cabeza del hombre cayó ladeada sobre los cojines, sus brazos descansando inertes a los lados del torso con la pasividad de una marioneta cuyos hilos acaban de ser cortados.

Celine quedó petrificada. La mente se le fracturó en una marea de incredulidad y pánico. ¿Aquel ejecutor que degollaba magnates y borraba registros helvéticos acababa de sucumbir a una trampa tan burda? El temor por la vida de Bastian le cerró la tráquea como un torniquete.

Buscó los ojos de Anya.

La mujer permanecía intacta. Erguida, con las manos cruzadas serenamente sobre el terciopelo verde de su regazo, contemplaba la supuesta caída de su marido sin que un solo músculo de su rostro acusara turbación.

Su calma heló a Celine: era la quietud de quien observa cumplirse un protocolo ensayado hasta el milímetro.

Julius depositó su copa vacía sobre la mesa con un golpe seco. Chasqueó los dedos hacia los dos mercenarios armados que custodiaban el arco del salón:

—Llévenselos —ordenó el Barón con voz pastosa—. Directos a las celdas de la cripta. Prepárenlos para el cuchillo de la medianoche.

Los guardias avanzaron con paso marcial, arrastrando los cuerpos pesados de Silas y Bastian hacia la penumbra del pasillo lateral. Celine sintió que el suelo se abría bajo sus pies al ver desaparecer a su protector, pero el agarre viscoso de Julius la arrancó del trance.

El anciano se puso en pie con torpeza y clavó sus pupilas inyectadas en sangre sobre Anya.

—Y tú... —babeó Julius, extendiendo una mano temblorosa—. Antes de que tu carne alimente el banquete sagrado de nuestra logia, te voy a quebrar la soberbia en mi cama. Vas a suplicar clemencia mientras te muestro el valor real de tu linaje.

Julius aferró el brazo de Anya con fuerza brutal, tirando de ella. La mujer evitó cualquier resistencia física; se incorporó con una docilidad gélida que Celine encontró aterradora.

Antes de enfilar hacia las dependencias privadas, el Barón giró su rostro sudoroso hacia Celine, señalando la puerta con un gesto torpe:

—Ven con nosotros, Celine. Acompáñame a disciplinar a la sirvienta. Aprende cómo los amos someten al ganado.

Celine sintió que el aire quemaba al entrar en sus pulmones. Encerrada en una fortaleza patrullada por fusiles y con Bastian en las mazmorras, la negativa equivalía a una ejecución sumaria. Forzó a sus piernas a avanzar, siguiendo los pasos del anciano y su cautiva hacia las habitaciones privadas.

El aposento de Julius componía un templo a la depravación. Las paredes estaban cubiertas de espejos biselados que multiplicaban los reflejos deformados de candelabros de bronce. En el centro dominaba una cama colosal de madera oscura, equipada con correas de cuero y grilletes de hierro forjado.

Julius empujó la pesada hoja de caoba, deslizó el cerrojo de hierro con un chasquido metálico y pasó la llave en la cerradura, dejando al guardia de servicio apostado en el corredor exterior.

El anciano se volvió hacia Anya frotándose las palmas con excitación senil, esperando ver a la cautiva retroceder aterrada contra los espejos.

Anya permaneció de pie en el centro de la estancia.

Con una parsimonia aristocrática, la mujer alisó la seda de su vestido verde esmeralda y levantó la vista. La porcelana blanca de su máscara brilló bajo las llamas.