Carmesí CAPÍTULO NUEVE Sangre de Hielo #5
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CAPÍTULO NUEVE Sangre de Hielo #5

Celine giró el rostro hacia la entrada principal.

Las pesadas puertas de roble se habían abierto de par en par. Dos figuras cruzaban el umbral con una cadencia solemne y acompasada.

Anya Vane avanzaba en primer término, reclamando el espacio con una majestad ponzoñosa que eclipsaba la opulencia de la sala.

Llevaba un vestido de noche confeccionado en terciopelo y seda de un verde abisal tan profundo que parecía absorber el resplandor de las velas.

El tejido caía con la precisión de una segunda piel sobre sus hombros descubiertos, revelando una postura de soberana antigua, altiva e intocable.

Sobre su rostro descansaba una máscara litúrgica de porcelana blanca mate, lisa y carente de rasgos.

La blancura estéril del material resaltaba de forma inquietante sus ojos esmeralda: dos gemas verdes, felinas y calculadoras que parecían emitir un fulgor propio a través de las cuencas vacías.

Aquel brillo poseía una intensidad casi sobrenatural que le erizó la piel a Celine, transmitiéndole la sensación física de estar ante una deidad pagana tallada en veneno.

Anya ignoraba a la multitud; diseccionaba el salón con la autoridad de una reina de la muerte que inspecciona las dimensiones de un matadero antes de ordenar la faena.

Cada uno de sus pasos sobre la alfombra roja poseía la gracilidad silenciosa de una serpiente venenosa deslizándose entre cenizas, irradiando una superioridad biológica absoluta que reducía a la aristocracia circundante a la condición de alimañas insignificantes.

A su lado, medio paso por detrás, Silas Richter dominaba la escala física del salón como un coloso esculpido en basalto.

Su traje de sastre negro, cortado con geometría milimétrica, proyectaba una sobriedad fúnebre entre el barroquismo de la fiesta.

La máscara litúrgica idéntica que cubría sus facciones dejaba entrever el brillo gélido de sus ojos ámbar: dos brasas doradas cargadas de una fijeza letal que congelaba los latidos de quienes osaban cruzar su trayectoria.

Caminaba con los hombros estáticos, los puños cerrados junto a los costados y una inmovilidad interna que prometía la aniquilación de todo lo vivo.

Eran los arquitectos del abismo. Una tenaza viva de cálculo y destrucción.

Un frío punzante, físico y asfixiante se instaló en el pecho de Celine.

Hasta ese instante, la altivez de su casta y una valentía forjada en la indignación la habían sostenido frente a inspectores y magnates; sin embargo, la presencia de aquellas dos figuras operó en ella una fractura visceral.

Sintió que la muerte misma acababa de posarse sobre sus hombros, rozándole la nuca con un aliento gélido.

El impulso fue primario, incontrolable: retrocedió un paso hacia la penumbra protectora de una columna de mármol, buscando refugio contra el avance de una fuerza que escapaba a cualquier escala humana.

De reojo, Celine buscó la figura de Bastian.

La reacción de su custodio le confirmó la magnitud de la pesadilla.

Aquel veterano curtido en guerras clandestinas, un gigante que jamás había pestañeado ante barricadas de fusilería, se encontraba completamente petrificado.

Los tendones de su cuello formaban cordones rígidos bajo la piel; su mandíbula permanecía apretada con una fuerza que amenazaba con partirle los dientes, y los nudillos de su mano derecha blanqueaban junto al cinto en una tensión volcánica.

Bastian reconocía el peligro en su estado más puro: identificaba en aquellas dos siluetas una fuerza terminal contra la cual las armas de fuego y la experiencia militar carecían de sentido.

El contraste a espaldas de Celine resultó de una estupidez casi inverosímil.

Entre sesenta miembros de la logia paralizados por el instinto y dos protectores atenazados por el espanto, el Barón Julius von Thurn se alzaba como el único ser incapaz de percibir la condena.

Completamente embrutecido por los narcóticos y cegado por una soberbia terminal, el anciano soltó un bufido de satisfacción grotesca.

Apoyó ambas manos sobre los reposabrazos de cuero para incorporarse a trompicones, agitando su copa de oro hacia los recién llegados.

Tras los colmillos plateados de su máscara de cerdo se dibujó una sonrisa triunfal, ridícula y suicida: el Barón creía genuinamente que sus herramientas de Mayfair acudían con dócil sumisión a rendirle pleitesía y a someterse a sus designios.

Celine contempló la escena con el corazón martilleándole las sienes a un ritmo demencial. La ceguera de Julius provocaba una mezcla atroz de repugnancia y terror. Aquel viejo decadente sonreía desde su tarima dorada, ufano y grotesco, ajeno a la verdad absoluta que sellaba su destino.

Una certeza implacable se grabó en el alma de Celine mientras Anya y Silas acortaban la distancia sobre la alfombra roja:

El infierno debía estar vacío porque todos los demonios estaban allí… y el diablo acababa de entrar por la puerta.