CAPÍTULO NUEVE Sangre de Hielo #4
El vehículo se detuvo frente a las rejas colosales de hierro forjado.
Bastian bajó la ventanilla apenas dos centímetros y deslizó la tarjeta de cartulina negra con el lacre púrpura.
El líder del retén enfocó una linterna táctica hacia el blasón del cisne atravesado por la espina, levantó la vista para verificar el perfil de Celine y emitió un código seco por su transmisor.
Los portones cedieron hacia adentro con un chirrido metálico.
El carruaje moderno recorrió el camino de grava blanca que serpenteaba hasta la escalinata principal.
Celine descendió bajo la protección del paraguas que Bastian sostenía sobre su cabeza.
El aire olía a tierra mojada, a pinos húmedos y a la combustión de los generadores auxiliares que alimentaban el complejo.
En la portada principal de roble labrado, el acceso estaba custodiado por un sirviente de librea decimonónica. El hombre sostenía una pesada bandeja de plata pulida repleta de antifaces y máscaras venecianas de porcelana, pan de oro y plumas teñidas.
—Bienvenidos a la Gala del Cisne —anunció el mayordomo con una reverencia mecánica—. El anonimato sella la comunión de la casa. Elija su rostro, milady.
Celine examinó la bandeja con frialdad. Descartó las piezas ornamentadas y tomó una máscara veneciana de plomo martillado, de líneas rígidas y asimétricas, desprovista de boca y con dos aberturas estrechas para los ojos.
Al ajustársela sobre el rostro con la cinta de seda negra, el tacto gélido del metal le enfrió los pómulos, fijando una barrera infranqueable entre su propia carne y la atmósfera que aguardaba al otro lado.
El sirviente empujó las hojas de roble.
El salón principal de The Highspire recibió a Celine con una bofetada sensorial abrumadora.
El espacio evocaba una catedral consagrada a la depravación.
Lámparas monumentales de cristal de Bohemia colgaban del artesonado gótico, cubiertas con velos de tul escarlata que teñían el aire con el resplandor turbio de una arteria abierta.
Desde la galería del piso superior, un cuarteto de cuerdas interpretaba un minueto de compás sincopado, disonante y lúgubre, cuya cadencia se mezclaba con risas sofocadas, chasquidos de copas y jadeos rítmicos.
Aquello distaba de ser un refugio de hombres acorralados; constituía una celebración desaforada de la impunidad.
La oligarquía europea se entregaba al desenfreno con la voracidad de quienes se consideran inmunes a las leyes humanas y divinas.
Cincuenta o sesenta invitados transitaban por la inmensa sala vestidos con trajes de etiqueta de seda y terciopelo, ocultando sus identidades bajo máscaras de bestias doradas: lobos, jabalíes, cabras y aves rapaces.
La atmósfera destilaba una elegancia podrida.
Sobre los divanes de terciopelo burdeos dispuestos entre las columnas de mármol, grupos de aristócratas mayores compartían narcóticos de síntesis espolvoreados sobre bandejas de plata, consumiendo cocaína rosada directamente con cucharas de nácar.
A su alrededor, la servidumbre y los cuerpos disponibles componían un mercado humano grotesco.
Hombres y mujeres jóvenes, escogidos por su juventud y simetría anatómica impecable, se desplazaban desnudos o cubiertos apenas con gasas traslúcidas.
Eran acompañantes contratados mediante agencias de ultra lujo, cuerpos esculturales puestos a disposición de magnates envejecidos, obesos y sudorosos que los acariciaban, besaban y sometían con una avidez repugnante mientras sostenían copas de champaña.
Celine avanzó junto a Bastian sintiendo una náusea visceral ascenderle por la garganta.
El contraste entre la lozanía de aquellos jóvenes y la carne flácida y enjoyada de los miembros de la logia le provocaba un asco demoledor.
Una certidumbre atroz cruzó sus pensamientos: aquellos muchachos creían asistir a una fiesta privada de multimillonarios excéntricos, ignorando por completo que muchos de ellos terminarían la madrugada sobre una losa de piedra, convertidos en la cuota de sangre de un rito milenario.
En el extremo opuesto del salón, sobre una tarima elevada flanqueada por dos chimeneas monumentales, destacaba el anfitrión.
El Barón Julius von Thurn ocupaba un sitial tapizado en cuero negro con la actitud de un monarca carnicero.
Llevaba una máscara de cerdo blanco con colmillos plateados que ocultaba la mitad superior de su rostro, dejando al descubierto una papada abotargada y unos labios grasientos manchados de vino tinto.
Dos guardaespaldas con traje táctico custodiaban los flancos de la tarima, mientras un muchacho de torso desnudo permanecía arrodillado junto al reposabrazos sosteniendo una cubeta de oro con hielo.
Julius estaba ostensiblemente intoxicado.
El sudor le brillaba sobre la piel expuesta y sus movimientos poseían la torpeza viscosa de quien combina opiáceos con licores añejos.
Al divisar la silueta esbelta de Celine cruzando la alfombra persa, el Barón soltó una carcajada gutural que atrajo las miradas de los comensales cercanos.
—¡Celine! —bramó el anciano, extendiendo una mano enjoyada en un ademán expansivo—. ¡La joya de la corona! ¡La heredera que despreciaba nuestras reuniones ha descendido al santuario!
Celine se detuvo al pie de la tarima. Bastian permaneció dos pasos detrás de ella, una presencia colosal cuya mandíbula apretada delataba el deseo de quebrar el cuello del noble en ese mismo instante.
Julius se inclinó sobre el borde del sitial.
El tufo a licor agrio, tabaco y sustancias químicas que despedía el anciano golpeó a Celine como una emanación putrefacta.
Con una familiaridad invasiva que le erizó la piel, el Barón estiró los dedos y rozó la solapa del abrigo oscuro de la joven, descendiendo con una lentitud lubricada hacia la clavícula.
—Sabía que vendrías, niña —susurró Julius, la voz espesa y pastosa, arrastrando las consonantes con deleite grotesco—.
Tienes la sangre de tu padre. Ellos pretendían mantenerte al margen, pero la estirpe siempre busca su lugar natural.
Míralos... —el anciano agitó el brazo hacia la marea de máscaras y cuerpos entrelazados—.
Todo esto nos pertenece. Cada suspiro, cada gramo de carne, cada libra esterlina.
Tu lugar está aquí, aprendiendo a saborear la supremacía antes de que la noche reclame su tributo.
Celine contuvo la respiración para evitar inhalar el aliento del magnate, manteniendo la cabeza erguida tras el plomo de su antifaz.
Un temblor de rabia y repugnancia le sacudió las articulaciones, pero sus labios permanecieron sellados.
Sabía que una sola palabra de reproche desataría la violencia de los custodios antes de tiempo.
De pronto, un fenómeno invisible alteró el equilibrio del recinto.
La música del cuarteto de cuerdas en el balcón perdió la afinación en una nota discordante y se extinguió en un roce apagado de arcos.
El aire carmesí pareció perder varios grados de temperatura en un parpadeo.
Las risas desmadejadas, los susurros lubricados y el tintineo de la plata cesaron a lo largo de la sala, disolviéndose en una marea de mutismo instintivo.
Fue una reacción animal, primaria: la parálisis colectiva que sobrecoge a un rebaño cuando el viento arrastra el aroma del depredador supremo.