CAPÍTULO NUEVE Sangre de Hielo #3
—Señorita Von Falken —saludó el más veterano, bajando la cabeza con una reverencia rígida e incómoda—. Desconocíamos su visita. La membresía exige...
—Sé perfectamente lo que exige este club —lo interrumpió Celine con una frialdad que congeló el aire del vestíbulo—. Deseo ver al Barón von Thurn. De inmediato.
El guardia tragó saliva, los ojos esquivos.
—El Barón abandonó el recinto a primera hora, milady. Pero la presidencia del comité ocupa la Sala de los Fundadores.
Celine avanzó de inmediato sin esperar confirmación. Cruzó el pasillo alfombrado en terciopelo carmesí, descendió la ancha escalera de mármol que conducía al nivel subterráneo y empujó las pesadas puertas dobles de caoba que custodiaban el sanctum del club.
La Sala de los Fundadores destilaba la opulencia rancia de un imperio acostumbrado a pisotear el mundo.
Las paredes de nogal oscuro reflejaban el resplandor cobrizo de una chimenea encendida.
En torno a una mesa monumental de caoba pulida reposaban carpetas financieras, copas de cristal con coñac de cincuenta años y ceniceros de plata atestados de habanos humeantes.
Cuatro hombres dominaban la estancia. Una atmósfera densa de cinismo, saciedad y prepotencia envolvía sus figuras.
Aquellos oligarcas exhibían la indolencia brutal de quienes consideran las leyes humanas un estorbo para plebeyos: trajes a medida de paño inglés, gemelos de oro macizo sobre puños inmaculados y miradas endurecidas por décadas de comprar voluntades ministeriales y sepultar vidas ajenas.
A la cabeza de la mesa se recostaba Lord Alistair Calthorpe.
El parlamentario británico sostenía un puro entre sus dedos enjoyados, soltando el humo espeso hacia las molduras del techo con absoluta parsimonia.
A su lado, dos banqueros ginebrinos y un armador naviero examinaban un balance contable, calculando el impacto del fallecimiento de Sackville con la frialdad de quien tasa reses en un matadero.
A Celine se le revolvieron las entrañas al contemplar el cuadro. Aquellos rostros envejecidos, perfumados y seguros de su propia impunidad representaban la cúspide de la inmundicia: depredadores que devoraban carne humana en altares clandestinos mientras gobernaban el comercio del continente.
El ruido sordo de las puertas al cerrarse tras Bastian interrumpió la conversación de los magnates.
Calthorpe bajó el puro despacio, posando sus pupilas acuosas en Celine. La sorpresa inicial en sus facciones duró apenas un pestañeo; de inmediato, una sonrisa cargada de suficiencia y arrogancia aristocrática curvó sus labios finos.
—Celine —dijo Calthorpe, la voz aterciopelada y espesa, untada en una condescendencia insultante—.
Julius nos comentó tu repentino interés por los asuntos de Mayfair.
Supongo que la juventud y el exceso de tiempo libre alimentan fantasías dramáticas.
Pero estás interrumpiendo una reunión del alto consejo.
Deja los caprichos domésticos para tus salones de Belgravia y retírate antes de obligarme a llamar al personal.
Celine avanzó por la alfombra persa hasta plantar ambas manos enguantadas sobre la caoba, a escasos centímetros del cenicero del lord. Sostuvo la mirada del noble con una fijeza que borró la sonrisa burlona del rostro ajeno.
—Guarde su paternalismo rancio para sus amantes de turno, Calthorpe —su voz brotó con un filo quirúrgico que heló el ambiente—.
Conozco el Diezmo de Sangre. Conozco el ciclo de diez años.
Y sé perfectamente que el dinero que financia sus vinos proviene de las mismas fosas donde entierran los restos de sus rituales.
El silencio en la sala adquirió la densidad del plomo. Los dos banqueros levantaron la vista de sus documentos, escudriñando a la joven con una mezcla de hostilidad gélida y desprecio. Calthorpe, en cambio, soltó una carcajada seca, carente de turbación.
—Qué discurso tan vehemente, querida —repuso el lord, acomodándose en el cuero con insolencia—.
Pretendes mirar con asco las piedras del templo cuando cada hilo de seda sobre tu cuerpo se compró con esa misma sangre.
Tu padre fundó este orden mucho antes de que aprendieras a caminar.
Eres parte de esta casa, te guste o te cause náuseas.
—Busco a Julius —cortó Celine, ignorando la provocación—. Lleva todo el día evitando mis llamadas y exijo saber dónde se encuentra.
Calthorpe exhaló una bocanada de tabaco gris, encogiéndose de hombros con displicencia.
—Julius atiende asuntos propios de su rango. Deja de buscar respuestas donde solo existen cuestiones que exceden tu entendimiento.
La puerta de servicio situada tras la chimenea se abrió de golpe.
Brenner, el jefe de seguridad de la logia, entró a la estancia con paso marcial. Su porte era rígido, de una severidad militar impecable. Depositó una tableta cifrada sobre la mesa frente a Calthorpe, inclinándose apenas para mantener la discreción corporativa.
—Reporte de contingencia, milord —informó Brenner con sequedad castrense—. Los equipos de reconocimiento alcanzaron los refugios en Renania y Suiza. Dietrich von Berg, Jean-Luc Cassel y Sir Reginald Thornton han sido eliminados.
Calthorpe frunció el ceño con irritación manifiesta, dejando el habano sobre el borde de cristal.
—¿Eliminados? —escupió el lord, la soberbia mudando en cólera fría—. Tenían tres cordones de protección privada y blindaje de nivel militar. ¿Cómo burlaron a las patrullas?
—Los forenses fijaron la fecha de los decesos hace seis días —continuó Brenner, sin alterar el tono neutro de su profesión—.
Seccionamiento carotídeo en sus lechos. El atacante clonó sus patrones biométricos, sus inflexiones de voz y su estilo de redacción mediante algoritmos de inteligencia artificial.
Mantuvo operativas sus cuentas corporativas durante toda la semana para autorizar desvíos y transferir expedientes reservados a servidores de la Interpol y agencias fiscales.
Los banqueros cruzaron miradas cargadas de furia contenida. Para aquellos hombres, la pérdida de vidas era irrelevante; lo inadmisible era el ultraje a sus sistemas y la amenaza a sus patrimonios.
—Ese insolente cree que puede extorsionar al Consorcio jugando con computadoras —sentenció Calthorpe con desdén visceral—. Desplegaremos a los contratistas de Ginebra y pondremos precio a su cabeza en los bajos fondos. Una rata callejera dura viva lo que tardamos en girar una orden bancaria.
Celine observaba la escena sintiendo un asco demoledor. La indiferencia monstruosa de aquellos oligarcas frente a la muerte retrataba el abismo moral en el que habitaban.
—¿Dónde está el Barón? —insistió Celine, clavando sus ojos en Brenner.
Calthorpe soltó un bufido de desprecio antes de que el jefe de seguridad respondiera.
—Julius se marchó a The Highspire —dijo el lord, sirviéndose un trago de coñac con mano firme—. Decidió que la insolencia de este asesino jamás alterará el calendario de la élite.
En ese momento, un sirviente con librea impecable se aproximó a la mesa portando una bandeja de plata.
Sobre el metal descansaban sobres de cartulina gruesa de un negro azabache, sellados con cera púrpura que ostentaba el blasón de los Von Thurn: un cisne de alas abiertas con la garganta atravesada por una espina.
El empleado repartió los sobres entre los miembros del consejo con una reverencia muda. Frente a Celine, depositó el último pliego.
—Instrucciones directas del Barón von Thurn para la señorita Von Falken —murmuró el sirviente con voz baja antes de retirarse.
Celine tomó el sobre. El gramaje del papel era pesado, áspero al tacto. Rompió el sello de lacre púrpura con la uña del pulgar y extrajo la tarjeta negra.
Carecía de textos explicativos o justificaciones banales. Solo mostraba un grabado en relieve plateado con tres datos precisos:
Gala del Cisne.
Medianoche.
The Highspire.
En el reverso, una anotación manuscrita con la caligrafía ampulosa y decadente de Julius añadía una sola frase:
«Tu asiento te espera a mi diestra, Celine».
Calthorpe contempló su propia invitación y esbozó una mueca cínica, levantando su vaso en un brindis silencioso hacia el vacío.
—El Barón prefiere el champagne y la carne fresca a esconderse tras un escritorio —comentó el lord con una sonrisa viscosa—. La tradición manda, querida. Y esta noche el santuario abrirá sus puertas como cada década.
Celine guardó la tarjeta en el interior de su abrigo. Una ola de náusea y determinación gélida le endureció los músculos de la mandíbula. Aquellos hombres creían gobernar el destino desde su fosa dorada, ajenos a la sombra que se cernía sobre sus cabezas.
—Nos marchamos, Bas —ordenó Celine, dándole la espalda a la mesa sin despedirse.
Cruzó las puertas de The Basalt con el objetivo grabado en la mente: la cita final aguardaba en The Highspire.
La noche devoraba los valles de Surrey bajo un manto de bruma espesa y asfixiante.
A través del cristal blindado del Rolls-Royce Phantom, Celine von Falken contemplaba el ascenso por las colinas boscosas, donde las copas desnudas de los robles centenarios se retorcían contra el cielo plomizo como garras minerales.
Media hora antes de la medianoche, The Highspire emergió entre la niebla.
La propiedad constituía un monumento a la soberbia feudal: una mole neogótica de arenisca oscura, torres almenadas y ventanales ojivales que dominaba el valle con la pesadez de una fortaleza militar.
El despliegue de seguridad perimetral confirmaba la paranoia del anfitrión.
Focos halógenos de alta potencia barrían los terraplenes empapados; todoterrenos blindados patrullaban los linderos y destacamentos de mercenarios con equipo táctico negro y fusiles de asalto vigilaban los accesos junto a perros de presa que gruñían hacia la oscuridad.