Carmesí CAPÍTULO NUEVE Sangre de Hielo #2
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CAPÍTULO NUEVE Sangre de Hielo #2

Una bocanada de aire entrecortado brotó de su garganta.

El corazón le martilleaba las sienes con violencia insoportable.

Una cólera ardiente, nacida en lo más hondo de sus entrañas, le inundó el pecho hasta nublarle la vista.

Toda su existencia había sido una puesta en escena diseñada por matarifes.

Había crecido convencida de su condición de huérfana trágica, reverenciando la memoria de unos progenitores que, en realidad, pertenecían a una logia de caníbales y que habían entregado a su propio hermano de siete años a una losa de sacrificio.

La habían educado como a una mascota dócil, un adorno aristocrático destinado a presidir fundaciones benéficas para limpiar el rastro financiero de torturas y asesinatos.

Y ella les había agradecido su legado. Había custodiado los retratos de los monstruos sobre las repisas de Viena.

Bajó los ojos hacia el charco brillante sobre las tablas del suelo. Los fragmentos de cristal destellaban como dientes rotos en la penumbra.

Lentamente, Celine flexionó las rodillas hasta posarlas sobre la madera mojada.

La lana fina de su falda absorbió la humedad aromática del licor.

La servidumbre se encontraba a una pulsación de distancia en el intercomunicador, lista para acudir con paños y recogedores; sin embargo, recurrir al personal habría significado prolongar la farsa de la dama frágil resguardada del mundo real.

Extendió sus dedos delgados hacia los escombros brillantes. Comenzó a levantar las esquirlas una a una, apretándolas con una crispación furiosa.

El filo agudo de un triángulo de vidrio le rasgó la yema del dedo índice derecho.

El escozor fue instantáneo y punzante. Una línea escarlata dividió la piel clara. Una gota densa, de un tono carmesí profundo y brillante, emergió en la herida, temblando sobre la curva de la falange antes de deslizarse hacia la uña.

Celine detuvo la mano en el aire. Elevó el dedo a la altura de sus pupilas y contempló la perla de sangre.

Esa sustancia constituía el núcleo del algoritmo.

La sangre de los Von Falken. El mismo fluido corrupto que latía en los dignatarios del Consorcio que ella había frecuentado en las recepciones de Viena.

Y, por encima de todo, la misma sangre que alimentaba los músculos de hierro de Silas Richter bajo la seda de sus trajes de Mayfair.

Unos pasos cautelosos sobre el parquet interrumpieron su fijación.

Bastian regresaba del corredor de entrada. El gigante se detuvo a dos metros, contemplando la escena: su señora de rodillas sobre el alcohol derramado, las manos desnudas cubiertas de esquirlas y un hilo rojo manchándole la piel del índice.

El custodio evitó cualquier exclamación de alarma, reproche o condescendencia. En los quince años que llevaba protegiendo a la muchacha, había aprendido a descifrar los silencios de la heredera mejor que cualquier pariente de sangre. Comprendió el significado del trance en un destello.

Sin mediar palabra, Bastian dobló sus enormes piernas y se arrodilló sobre las tablas frente a ella.

Introdujo sus manos curtidas, cubiertas de cicatrices de metralla y combates pretéritos, entre los vidrios desparramados.

Con una minuciosidad asombrosa para su tamaño, empezó a recoger los trozos mayores y a depositarlos en el hueco de su palma izquierda.

Celine alzó el rostro. Sus ojos color miel, endurecidos por un fuego sombrío y desprovistos de la inocencia que la había acompañado desde la infancia, se encontraron con la mirada serena del veterano.

Ninguno pronunció una frase; el entendimiento mutuo selló un juramento tácito sobre el suelo del ático.

Ella descendería a las profundidades de la pesadilla para arrancar las máscaras de los verdugos de su familia y mirar de frente a Silas Richter.

Y Bastian avanzaría a su lado hasta las últimas consecuencias.

La claridad plomiza de las cuatro de la tarde entraba por los ventanales de Belgravia como un sudario de ceniza húmeda.

Celine von Falken permanecía sentada en el extremo del sofá de cuero, con la taza de café frío olvidada sobre la mesa de cristal.

Una noche entera en vela le pesaba en los párpados, pero sus sentidos conservaban la tensión de una cuerda a punto de quebrarse.

Sobre la yema de su dedo índice derecho, la herida del cristal roto había cicatrizado en una costra fina y oscura; un recordatorio punzante y constante de la sangre que corría bajo su piel.

Sostenía el teléfono móvil en la mano izquierda. Presionó por quinta vez el contacto del Barón Julius von Thurn.

Se llevó el aparato a la oreja. El tono de llamada sonó cuatro veces, monótono y distante, antes de que una locución automática anunciara que la línea privada se encontraba fuera de servicio.

Celine bajó el teléfono y apretó los labios con rabia contenida.

Las palabras de Julius resonaban en su memoria con la insistencia de un veneno amargo.

Apenas tres días atrás, cuando ella mencionó con cautela la auditoría de Mayfair y la inquietud que le producían Silas Richter y su esposa, el Barón había soltado una risotada húmeda, cargada de una condescendencia viscosa: «Son simples herramientas caras, querida Celine.

Engranajes desechables para limpiar el barro de nuestras empresas.

Deja de gastar tus pensamientos en sirvientes de alquiler».

Una mentira calculada.

Celine contempló la pantalla apagada del teléfono.

¿Desde cuándo empleaba el Consorcio los servicios de Silas?

¿Quién lo había introducido en las finanzas de la logia?

Si Julius conocía la identidad del primogénito que él mismo ayudó a borrar del mapa tras la masacre de Viena, o si ignoraba que el monstruo habitaba en el corazón de su propia estructura corporativa, constituía una incógnita urgente.

El Barón era el albacea de sus padres, el redactor de cada fideicomiso y el custodio de los secretos más podridos de la familia.

Celine se puso de pie, alisándose los pliegues de un vestido de lana azul noche, y tomó su abrigo entallado.

—Prepara el coche, Bas —dijo en voz baja hacia el umbral del pasillo—. Vamos a Mayfair.

Bastian aguardaba junto a la consola de seguridad. El gigante asintió sin formular preguntas, recogió su impermeable oscuro y abrió la puerta del ascensor privado.

Veinte minutos después, el Rolls-Royce Phantom avanzaba a través del tráfico denso de Park Lane. La lluvia había cesado, dejando las calles cubiertas por una película de agua grasienta que reflejaba los faros de los vehículos en estelas amarillentas.

Celine observaba la silueta maciza de su custodio a través del espejo retrovisor. Las manos gruesas de Bastian descansaban sobre el cuero del volante con la firmeza de quien pilota un blindado en territorio hostil.

—El Barón tiene el teléfono desconectado —comentó Celine, rompiendo el zumbido del motor—. Rehúye mis llamadas desde el amanecer.

Bastian mantuvo los ojos fijos en la avenida, sorteando un autobús de dos pisos con un giro limpio.

—Ese hombre rara vez apaga sus líneas, señorita Celine —respondió el veterano, su voz profunda sonando como grava triturada—.

La última vez que cerró sus canales de comunicación, el ministro de transportes apareció con un tiro en la sien antes del juicio mercantil.

Julius solo se desconecta cuando huele fuego cerca.

—Iremos a The Basalt —dictaminó ella, ajustándose los guantes de piel negra—. Si sigue en Londres, estará en ese sótano.

Bastian desvió la vista apenas una fracción de segundo hacia el retrovisor, encontrándose con las pupilas ambarinas de la joven.

—Insistió durante tres inviernos en llevarla a ese club —recordó Bastian con parquedad—. Decía que era el único sitio donde una Von Falken aprendería a gobernar a sus pares.

—Y siempre me negué —repuso Celine con una mueca de desprecio—.

Me producía asco cruzar esa puerta de la mano de un viejo decadente para sentarme entre magnates que huelen a tabaco rancio y privilegios podridos.

Pero esta tarde es diferente, Bas. Julius me dijo que Silas y Anya eran herramientas caras.

Necesito saber quién compró esas herramientas, hace cuántos años las contrataron y qué tanto sabe el Barón sobre la muerte de mis padres.

Voy a arrancarle cada respuesta antes de que termine el día.

Bastian frenó el coche con suavidad ante un semáforo en rojo.

—The Basalt es territorio privado de la cúpula, señorita —advirtió, el tono exento de temor, enfocado en el cálculo táctico—. Si el cerco policial sobre Strathern y Hessel los tiene nerviosos, habrá mercenarios armados en cada descansillo.

—Llevo el apellido que financió los cimientos de ese edificio —sentenció Celine, la mirada fija en el limpiaparabrisas—. Ningún sirviente va a atreverse a ponerme una mano encima.

El vehículo giró por una callejuela angosta de Mayfair, flanqueada por fachadas de ladrillo georgiano y embajadas discretas, hasta detenerse frente a un edificio señorial de piedra arenisca carente de letreros, placas o timbres visibles.

Una marquesina de hierro forjado y una puerta de roble macizo con herrajes de bronce negro marcaban el acceso a The Basalt.

Bastian apagó el motor, descendió con agilidad y abrió la portezuela de Celine, desplegando su estatura colosal para cubrirle la espalda.

Celine subió los escalones de piedra con paso resuelto. Al alcanzar el umbral, una mirilla de latón se deslizó hacia un lado. Dos ojos inyectados en sangre escudriñaron la silueta de los visitantes. La puerta se abrió hacia adentro con un crujido pesado.

En el recibidor, dos guardias de seguridad vestidos con trajes de corte militar y auriculares de espiral dieron un paso al frente para interceptar su avance.

Sin embargo, al distinguir la figura esbelta de Celine, la altivez de sus facciones y la presencia amenazante del gigante que la custodiaba, los hombres congelaron sus movimientos.