CAPÍTULO NUEVE Sangre de Hielo
CAPÍTULO NUEVE
Sangre de Hielo
El sonido del cristal al estrellarse contra la madera noble del suelo quebró el mutismo del ático con la violencia seca de una detonación.
Las esquirlas salieron despedidas en un abanico brillante bajo el resplandor plomizo de la tormenta. El licor ambarino se expandió sobre las tablas oscuras, trazando un mapa denso y brillante que imitaba el contorno de una herida abierta.
Dante Cruz permaneció inmóvil a dos pasos de distancia.
El inspector sostenía la mirada con la fijeza pesada de quien ha presenciado cientos de derrumbes en salas de interrogatorio y umbrales de viviendas desoladas.
Mantenía las manos hundidas en los bolsillos de su gabardina húmeda, los hombros cargados por la fatiga y los ojos fijos en el rostro de Celine, aguardando el colapso predecible: las rodillas cediendo bajo el peso de la noticia, el temblor espasmódico en la mandíbula o el llanto desbordado de una heredera al descubrir que el ejecutor que degollaba a la aristocracia compartía su mismo código genético.
Celine contempló los restos del vaso a sus pies durante tres latidos eternos.
En el fondo de sus vísceras, un vértigo helado intentó arrastrarla hacia el pánico.
El aire se le volvió espeso en la garganta.
Sin embargo, antes de que el temblor alcanzara sus dedos, una disciplina antigua y feroz tomó el control de su cuerpo.
Cerró los párpados apenas una fracción de segundo.
En esa milésima de oscuridad, levantó un muro de escarcha alrededor de cada pensamiento, sepultando el espanto bajo una losa de cálculo puro.
La matemática expuesta por el detective cobró un sentido demoledor al cruzarse con las revelaciones de Mayfair.
Silas Richter, el hombre de hombros colosales, porte de basalto y mirada ámbar, encajaba al milímetro en la cronología de la tragedia.
Treinta y seis años de edad en el presente.
Siete años cuando sus progenitores intentaron degollarlo sobre la losa helada de los Alpes austríacos para comprar su acceso a la logia, exiliándolo luego al horror de Sankt Ignaz.
Y diecisiete años cuando aquel primogénito regresó a la mansión de Viena para cobrarles la vida a los verdugos que lo engendraron.
Dante interpretaba los hechos al revés: la cúpula jamás eliminó a los Von Falken por intentar proteger a su vástago.
Había sido Alexander en persona quien irrumpió en el dormitorio de sus padres para cobrar la deuda de sangre contra los monstruos que negociaron su sacrificio.
Aquella ejecución doméstica constituía un acto puro de supervivencia y retribución.
La sangre se lava con sangre.
El aforismo resonó en el cráneo de Celine con la nitidez de una sentencia grabada en mármol.
Cuando abrió de nuevo los ojos, la turbación se había extinguido de sus pupilas.
Su semblante recuperó la majestad gélida y aristocrática de su estirpe.
Enderezó la espalda bajo la tela pesada de su abrigo oscuro, cruzó las manos con serenidad sobre el vientre y clavó su mirada color miel directamente en los ojos cansados del policía.
Dante percibió la mutación al instante: la joven aturdida por los informes policiales acababa de dar paso a una descendiente directa de los Von Falken, blindada tras siglos de soberbia dinástica.
—Si sus cálculos son exactos, inspector Cruz —dijo Celine.
Su tono era un susurro calmo, aterciopelado y cortante que llenó la estancia con una autoridad inesperada—.
Si las deducciones de la policía tienen base y usted consigue dar con el rastro del muchacho que sobrevivió a la masacre de su familia...
al hijo que debió desvanecerse en las sombras para eludir las garras de esa logia y que hoy busca venganza contra ellos... ¿cuál será su siguiente movimiento?
Celine avanzó un paso lento sobre la madera, acortando la distancia entre ambos y desplazando el centro de gravedad de la conversación.
—¿Intentará colocarle grilletes, inspector? —prosiguió ella, inclinando apenas el rostro para diseccionar la expresión del sabueso—. ¿Encerrará al ejecutor en una celda para garantizar el sueño tranquilo de los mismos sádicos que destruyeron a su propia estirpe?
Dante tensó los tendones del cuello. La pregunta impactó de lleno en las grietas de su moral profesional.
Celine observó la sombra de hastío que cruzó las facciones ajadas del hombre: la arruga amarga junto a la comisura de los labios, la mirada que esquivó un segundo el suelo antes de regresar a sus ojos.
En el fondo de aquel detective curtido ardía un aborrecimiento idéntico hacia la podredumbre de Mayfair.
—Mi función carece de potestades divinas, señorita Von Falken —respondió Dante con voz cavernosa, sosteniendo el desafío con gravedad—.
Desprecio a los magnates de esta ciudad tanto como el asesino que les corta el cuello en sus dormitorios.
Conozco el olor del sótano de Douglas Strathern y la inmundicia que el juez Hessel sepultaba bajo resoluciones firmadas con sellos oficiales.
Sin embargo, permitir que un fantasma aplique una carnicería sistemática por las calles de Londres solo conducirá a que la violencia consuma a inocentes y culpables por igual.
Busco la verdad para detener la matanza.
El destino final del ejecutor quedará en manos de los tribunales o del juicio de la historia.
Celine evaluó la respuesta con frialdad analítica.
La entereza del detective era auténtica, pero operaba dentro de los límites estrechos de la burocracia estatal.
Dante se aferraba a códigos procesales diseñados para hombres comunes; el Consorcio y Alexander libraban una guerra en un plano donde la ley humana era una ficción irrelevante.
Entregarle a Silas Richter en ese instante equivaldría a condenar a su hermano.
Un inspector solitario jamás lograría sentar a Silas ante un tribunal limpio; la maquinaria corrupta del Consorcio interceptaría la investigación mucho antes de un juicio, liquidando a Silas en una celda y devolviendo a Celine a la condición de heredera ciega, desprotegida frente a los verdaderos carniceros de su familia.
Silas era un enigma reservado para ella. Pertenecía a su propia sangre, a su pasado mutilado y a la búsqueda de las razones que moldearon su destino.
Celine sostuvo la mirada de Dante, manteniendo el pulso y los músculos faciales en una quietud absoluta.
—Construyó una hipótesis novelesca y perturbadora, inspector —afirmó ella, destilando una compostura glacial—.
Lamentablemente, mis conocimientos son nulos al respecto.
Jamás he cruzado palabra con un individuo que responda a esas características.
Si ese expediente fiduciario de Zúrich oculta la existencia de un primogénito, aquel asunto resulta ajeno a mi vida.
Crecí como hija única en esa casa, y permanezco como única heredera hasta el presente.
La declaración brotó limpia, uniforme y desprovista del menor titubeo vocal.
Sin embargo, Celine observó la contracción mínima en el entrecejo del policía.
Quince años de interrogar a criminales le otorgaban a Dante la agudeza suficiente para oler el engaño: el inspector reconoció la barricada psicológica que ella acababa de levantar.
Supo que la mención de Alexander había alcanzado un nervio vivo.
Celine clausuró cualquier margen de réplica antes de que el detective formulara una nueva objeción.
—Usted ingresó en mi residencia para arrojarme acusaciones monstruosas sobre el origen de mi familia —sentenció, dando un paso atrás con gesto distante y riguroso—. Requiero asimilar este panorama en soledad. Le exijo que abandone mi propiedad de inmediato, inspector Cruz. La conversación concluyó.
Desde la penumbra que cubría el acceso al comedor, una sombra maciza cobró movimiento.
Bastian dio dos zancadas pesadas y silenciosas, plantándose a escasos centímetros del costado de Dante.
El veterano mantuvo los brazos pegados al cuerpo, pero la tensión de sus hombros de toro y la fijeza mortífera de sus pupilas claras constituyeron una advertencia física contundente.
El mensaje prescindía de palabras: cualquier vacilación en acatar la orden de desalojo culminaría con el detective arrojado por las escaleras.
Dante midió la corpulencia del custodio con calma resignada.
Luego, regresó sus ojos oscuros hacia el semblante impasible de Celine.
Reconoció el final del camino: carecía de órdenes judiciales, carecía de indicios materiales concluyentes y sabía inútil presionar a una mujer que dominaba el arte del silencio.
—La escarcha que colocó frente a usted resulta insuficiente cuando el asesino decide eliminar los cabos sueltos de su propia estirpe, señorita Von Falken —advirtió Dante con voz áspera, cargada de un desencanto sombrío—.
Ande con cautela al encubrir a los muertos.
Hay ocasiones en que la sangre solo busca a la sangre para devorarla.
El detective asintió con un movimiento seco de cabeza, dio media vuelta y caminó hacia el vestíbulo privado.
Bastian lo escoltó paso a paso, manteniendo una proximidad asfixiante hasta que las puertas metálicas del ascensor se abrieron.
El chasquido del cerrojo hidráulico selló la marcha del policía, devolviendo la estancia a un mutismo sepulcral.
Celine permaneció de pie junto al ventanal empañado, escuchando el zumbido lejano del elevador descendiendo hacia la noche londinense.
Cuando el sonido se extinguió, la compostura de mármol se desmoronó.