CAPÍTULO OCHO La Matemática del Abismo #4
Dante sostuvo la mirada de Celine en silencio.
Con ademán medido, llevó los dedos al oído derecho y presionó un diminuto auricular transparente encajado en el canal auditivo.
Inclinó la cabeza apenas un milímetro, prestando atención al zumbido metálico que vibró en el dispositivo.
Celine observó cómo la dureza en el semblante del inspector se fracturaba despacio: la sospecha inicial que traía consigo se disolvía, sustituida por una compasión austera al comprender que aquella aristócrata había vivido rodeada de una mentira perfecta.
Dante bajó la mano y fijó sus ojos en ella con una solemnidad pesada.
—Mi analista acaba de contrastar los registros centrales, señorita von Falken. Usted dice la verdad: nadie sabía de su existencia.
El silencio volvió a adueñarse del ático, roto únicamente por el rugido del agua contra los cristales.
—Su familia la crio como hija única por necesidad política —continuó Dante, modulando la voz en un susurro grave que parecía llenar cada rincón de la estancia—. Lo hicieron porque Alexander tuvo que ser extirpado de la realidad.
Celine sintió que la temperatura del salón caía bajo cero.
—Las transferencias de la cúpula registran un ciclo ineludible cada diez años —explicó el inspector—.
Hace diecinueve años, exigieron una cuota de sangre.
Y esa misma semana, mientras sus padres aparecían masacrados en su cama, una maquinaria burocrática monumental borró las actas de nacimiento de Alexander en Viena, destruyó sus historiales médicos en Suiza y calcinó sus legajos escolares.
Convirtieron a un muchacho de diecisiete años en cenizas legales.
Dante hizo una pausa deliberada, dejando que la silueta del horror cobrara forma en el aire.
—Creemos que sus padres murieron a manos de esa cúpula por romper el pacto, por intentar sustraerlo del altar o por ocultar su huida. Y él tuvo que desvanecerse en las sombras para evitar ser devorado por los mismos monstruos que masacraron a su familia.
El aliento de Celine se transformó en un vapor frío bajo la penumbra.
—Llevamos días siguiendo el rastro de un fantasma —concluyó Dante, su mirada cargada de una certeza fúnebre—.
Un hombre de treinta y seis años, poseedor de un adiestramiento despiadado, que odia a esa élite con cada fibra de su ser y que conoce las arterias de su dinero mejor que los propios ministros.
Celine... creemos que Alexander es quien empuña el cuchillo. Creemos que su hermano es El Carmesí.
El silencio que siguió a esas palabras suspendió el tiempo en el ático de Belgravia.
El universo interior de Celine se quebró con la violencia de una falla tectónica.
Treinta y seis años.
Un hermano borrado de la existencia.
La descripción de Dante resonó en su cráneo como un trueno continuo. En una milésima de segundo, las piezas dispersas de su propia pesadilla colisionaron con una exactitud geométrica aterradora.
Su mente voló hacia el ático de Mayfair, hacia las palabras que Silas Richter le había escupido apenas unas horas atrás con la frialdad de una cuchilla: «Sus padres entregaron a un niño al altar hace veintinueve años...
la ofrenda sobrevivió... y lo exiliaron al orfanato Sankt Ignaz para preservar su reputación».
La resta aritmética detonó en su cerebro con la fuerza de un rayo: treinta y seis años de edad menos veintinueve años transcurridos desde el sacrificio equivalían a siete años.
Un niño de siete años puesto sobre la losa de los Alpes. Su hermano.
La imagen de Silas emergió en su memoria con una nitidez cegadora: el cráneo afeitado al ras goteando agua tibia, la presencia pétrea de basalto, la barba oscura milimétricamente recortada y el pecho ancho donde ella misma había presionado el dedo índice sintiendo la dureza de una armadura viva.
Y los ojos.
Unos ojos ambarinos, idénticos a los suyos, idénticos a los del retrato de su padre. La voz aterciopelada de Anya Vane reverberó en sus oídos con una crueldad exquisita: «esos ojos ámbar son una marca inconfundible en tu linaje... viniste arrastrada por tu propia biología».
El mareo le provocó una sacudida de náusea y espanto. Aquel tirón magnético que había sentido bajo la lluvia del cementerio en Viena, esa gravedad oscura y visceral que había confundido con un deseo prohibido, respondía al eco salvaje de su propia sangre llamando a la sangre a través del abismo.
Silas Richter distaba de un simple operador financiero.
Silas Richter era Alexander von Falken. Su hermano mayor. El primogénito arrojado a la muerte por sus propios progenitores.
Y la verdad más atroz terminó de desgarrar su pecho: si Alexander había sobrevivido al destierro de Sankt Ignaz y regresó diecinueve años atrás a la mansión de Viena...
aquella cúpula jamás asesinó a sus padres para castigar una traición.
Había sido Alexander en persona quien entró en aquella alcoba para cobrar en la carne de los monstruos que lo habían traicionado la primera deuda de sangre de su propia casa.
El verdugo que aterrorizaba al continente era la carne de su propia carne.
La fuerza abandonó las extremidades de Celine. Sus dedos perdieron toda sensibilidad, entumecidos por el peso cósmico de la revelación.
El vaso de cristal tallado resbaló de su mano.
Se precipitó hacia el suelo en una caída lenta, girando en el aire de la penumbra, hasta estrellarse contra la madera noble del suelo con un estallido brillante de esquirlas y licor ambarino.
El sonido del cristal rompiéndose resonó en el ático con la sequedad de un disparo, clausurando para siempre la mentira de su vida.