CAPÍTULO OCHO La Matemática del Abismo #3
El salón permanecía sumergido en una penumbra mineral, quebrado únicamente por el resplandor blanquecino de los relámpagos que cortaban el cielo de la tormenta.
Celine von Falken se mantenía inmóvil frente al cristal empañado.
Llevaba todavía el abrigo oscuro ceñido al cuerpo y un suéter de lana negra de cuello alto, sintiendo el frío de la calle adherido a sus huesos como una segunda piel.
Sostenía un vaso corto de cristal tallado con dos dedos de licor ambarino que permanecía intacto.
La mente le ardía: el enigma de los veintinueve años, el orfanato Sankt Ignaz y la sonrisa venenosa de Anya Vane en Mayfair continuaban devorándole la cordura desde adentro.
El chasquido del ascensor privado rompió el mutismo de la estancia.
Al abrirse las puertas metálicas, Bastian ocupó el pasillo de entrada como un muro compacto de músculo y vigilancia táctica.
La corpulencia del exmilitar bloqueó la antesala, las manos descansando a escasos milímetros del cinto, los ojos claros fijos en la silueta que acababa de emerger de la cabina.
La violencia en el aire alcanzó una densidad volcánica: Bastian reconocía a los depredadores callejeros en una fracción de segundo, y el recién llegado desprendía el peligro de un sabueso acostumbrado a cazar en la noche.
Celine giró el rostro despacio, recortada contra la penumbra del ventanal.
A través de la figura rígida de su protector, distinguió a un hombre desconocido empapado por la llovizna, con la corbata floja, la gabardina gastada y los andares pesados. Mostraba los rasgos cansados, la sombra de barba crecida y las ojeras violetas del insomnio acumulado.
—Déjalo pasar, Bas —ordenó Celine.
Su voz cruzó la sala con una quietud aterciopelada que desarmó la tensión inmediata. Bastian vaciló un instante, midiendo la distancia con recelo, antes de apartarse hacia el lateral del pasillo sin bajar la guardia.
Dante Cruz avanzó sobre la madera noble del suelo. Sus pisadas húmedas dejaron un rastro tenue en el parquet. Mantuvo las manos a la vista, alejadas de la chaqueta, y exhibió su placa de la Policía Metropolitana a la altura del pecho con una sobriedad despojada de teatralidad.
—Dante Cruz, Homicidios —se presentó, su voz grave resonando entre los muros del ático—. Lamento irrumpir de esta forma, señorita von Falken. Vengo solo.
Celine sostuvo el vaso con ambas manos, escudriñando la figura del inspector bajo la escasa luz de los relámpagos. La postura del policía reflejaba el desgaste de quien lleva horas sumergido en un cenagal de sangre, pero sus ojos oscuros destilaban una lucidez que exigió su atención.
—Tiene tres minutos, inspector —respondió ella, la voz seca y templada por la disciplina de su casta—. Explíqueme qué busca en mi domicilio a estas horas.
Dante se detuvo a tres metros de la mesa de centro. Llevó la mano derecha al interior de su abrigo con lentitud deliberada, extrajo una carpeta fina y deslizó un documento sobre la superficie de cristal templado.
El papel cayó con un crujido nítido entre ambos.
—Sé que la policía austríaca cerró el caso de sus padres como un robo con violencia —comenzó Dante, midiendo cada palabra con aplomo forense—.
Pero he revisado el peritaje reservado de la escena en su mansión de Viena.
Las cerraduras permanecían intactas, las cajas fuertes conservaban los cierres intactos y los asaltantes dejaron los cuadros de Monet colgados en las paredes.
Aquello fue una ejecución interna encubierta con dinero del poder.
Y al seguir el rastro financiero que las autoridades de Viena intentaron sepultar, encontramos ese contrato.
Celine bajó la mirada hacia la mesa. A través de la penumbra distinguió el membrete oficial de una entidad privada helvética, sellos notariales fechados treinta y seis años atrás y un texto redactado en alemán jurídico con tipografía de máquina de escribir antigua.
En la cabecera de las cláusulas sucesorias, un nombre en tinta negra resaltaba con la nitidez de un veredicto:
Alexander von Falken.
El aire en el pecho de Celine pareció congelarse. Leyó los caracteres una y otra vez, sintiendo el pulso golpear con violencia en sus sienes.
—Ese documento corresponde a un fideicomiso fundacional registrado en un banco de Zúrich hace treinta y seis años —expuso Dante, señalando el papel sobre la mesa—.
La totalidad del patrimonio estaba blindada por una condición estricta: reservada en exclusiva para el primogénito varón de su dinastía.
Dante dio un paso corto hacia el frente, clavando sus pupilas en las de ella con una gravedad aplastante.
—Las matemáticas forenses demuestran que usted tenía un hermano diez años mayor, Celine. ¿Qué ocurrió con Alexander?
La pregunta cayó sobre el salón con el impacto de un mazo.
Celine lo miró fijamente. Sus facciones permanecían desprovistas de culpa o cálculo defensivo; reflejaban una perplejidad genuina y absoluta que desarmó la guardia del detective.
—Inspector, está persiguiendo un delirio —respondió Celine, apretando el cristal del vaso con los dedos rígidos—.
Conozco cada rincón de mi árbol genealógico.
He revisado los álbumes familiares, las cartas y los registros privados de mis padres.
Crecí sola en esa mansión. Jamás existió ningún Alexander en mi vida.
Soy hija única desde el día en que nací.
La certeza en sus palabras era incontestable. La joven hablaba desde la verdad intocable sobre la que había cimentado veintiséis años de existencia.