CAPÍTULO OCHO La Matemática del Abismo #2
—El colapso coincide exactamente con una masacre en Austria —leyó Víctor, pasando los ojos por los cables de noticias en alemán—.
Los jerarcas de una de las dinastías fundadoras del pacto aparecieron masacrados con el cráneo destrozado en el dormitorio principal de su mansión de Viena, apenas veinticuatro horas antes de partir hacia su retiro decenal en el Tirol austríaco.
La policía de Viena concluyó las pesquisas en tres días: catalogaron el suceso como un asalto armado perpetrado por delincuentes comunes.
Dante se puso de pie, atraído por las imágenes en blanco y negro del reportaje que Víctor amplió en el centro de la pantalla. El titular de un diario vienés destacaba sobre una fotografía del majestuoso castillo rodeado de abetos nevados y cintas policiales.
El apellido de los magnates muertos brillaba con caracteres nítidos: Von Falken.
El detective apoyó ambas palmas en el borde metálico del banco de trabajo y analizó las actas del sumario pericial con el rigor acumulado en cientos de escenas de crimen.
—Esa resolución policial es un insulto a la inteligencia —dictaminó Dante con sequedad, señalando con el índice el esquema arquitectónico de la propiedad—.
La mansión estaba protegida por un sistema perimetral de barreras infrarrojas y una guardia privada armada con fusiles automáticos.
Las alarmas permanecieron mudas y los perros de custodia guardaron absoluto silencio.
Los cuerpos aparecieron destrozados a golpes sobre su cama matrimonial con un lazo de seda carmesí depositado sobre el pecho del patriarca, la misma firma exacta que hoy acompaña las muertes de Strathern y Hessel.
Dante enderezó la espalda y cruzó los brazos sobre el pecho, la mirada endurecida por el desprecio hacia la farsa oficial.
—Los asaltantes callejeros revuelven cajones, saquean cajas de caudales y arrancan joyas de los cadáveres —sentenció Cruz—.
En esa residencia quedaron intactos dos cuadros auténticos de Monet, cajas de seguridad repletas de lingotes de plata y cofres de esmeraldas sobre el tocador.
Ningún ladrón perdona un botín de diez millones de francos tras masacrar a los propietarios.
Aquello fue una purga doméstica. Una carnicería interna encubierta con millones del Consorcio para comprar el silencio de la fiscalía de Viena y archivar el caso en un sótano.
Víctor asintió con lentitud, sus dedos regresando al teclado para profundizar en los registros fiduciarios de los bancos helvéticos vinculados a la familia asesinada.
El joven analista sorteó varias capas de seguridad institucional hasta acceder a los libros fundacionales de la banca privada de Ginebra y Zúrich correspondientes a las décadas previas al homicidio.
El servidor emitió un pitido grave cuando un legajo digitalizado emergió en el monitor principal. Se trataba de la escritura de constitución de un fondo fiduciario irrevocable, firmado bajo las leyes cantonales suizas treinta y seis años atrás.
Víctor agrandó el apartado de beneficiarios directos con un movimiento ágil del ratón.
—Aquí está la clave, Dante —afirmó el informático, bajando el tono como si temiera ser escuchado en el sótano—.
Este fideicomiso se fundó hace treinta y seis años exactos con aportes de oro y bienes raíces.
La cláusula primera establecía una condición ineludible: la totalidad del capital quedaba asignada al primer vástago de la estirpe. Un heredero varón.
Víctor subrayó el nombre inscrito con tinta caligráfica en el pergamino bancario: Alexander von Falken.
Dante frunció las cejas con fuerza, sintiendo un chispazo de extrañeza.
Su memoria de sabueso policial vinculó de inmediato el apellido aristocrático con la actualidad del continente.
Conocía de sobra quién era Celine von Falken.
Su figura elegante ocupaba con frecuencia las páginas de las revistas de sociedad y los suplementos culturales de Europa: una joven hermosa, de mirada triste y presencia aristocrática impecable, poseedora de una de las fortunas más cuantiosas del mundo financiero.
Celine gestionaba fundaciones de beneficencia y patrocinaba exposiciones de arte manteniendo un equilibrio perfecto: una visibilidad pública moderada para respaldar sus mecenazgos, combinada con un blindaje celoso de su intimidad que le permitía residir en paz.
Cualquier inspector de policía de Scotland Yard o de la BKA alemana conocía su linaje y la historia trágica de su orfandad temprana.
—Ese documento contiene un dato equivocado, Víctor —replicó Dante, señalando el texto en la pantalla—.
Celine von Falken tiene veintiséis años.
Los archivos de Interpol y los registros de sucesiones de Viena la certifican como descendiente única desde la noche de la masacre en Viena.
Nunca figuró hermano alguno en las pesquisas oficiales.
Víctor guardó silencio y se concentró en la pantalla. Empezó a cruzar los censos demográficos de Viena, las actas de bautismo de la arquidiócesis austríaca y los archivos de inscripciones escolares de Suiza correspondientes a la década del fideicomiso.
Una cascada de alertas de supresión y registros vacíos iluminó la pantalla en tonos carmesí.
—El documento del banco es legítimo, Dante —murmuró Víctor, con los ojos desorbitados mientras observaba el resultado de las búsquedas—.
La pareja concibió a Alexander diez años antes del nacimiento de Celine.
El primogénito existió. Pero observa las fechas de las cancelaciones en los sistemas públicos.
Víctor desplegó una línea de tiempo implacable. En las cuarenta y ocho horas posteriores al asesinato de los magnates en Viena, diecinueve años atrás, una fuerza formidable operó en las oficinas notariales y judiciales de tres países.
—Hicieron desaparecer a Alexander de la existencia jurídica —explicó el analista, señalando los sellos de confidencialidad y anulación—.
Certificados de nacimiento arrancados de los tomos parroquiales, fichas clínicas expurgadas de los sanatorios infantiles y legajos de internados privados suizos destruidos en quemas documentales.
Utilizaron todo el poder político y monetario del Consorcio para borrar a un joven de diecisiete años del planeta.
Crearon un agujero negro en torno a su figura.
Dante permaneció inmóvil en medio del búnker, con la mente procesando los datos con una lucidez quirúrgica.
Cada pieza del rompecabezas encajaba en su sitio con una exactitud escalofriante: un niño nacido hace treinta y seis años, borrado del mundo a los diecisiete años tras la masacre de sus progenitores en Viena, y un auditor implacable cuyo rastro burocrático comenzaba de la nada a los veintisiete años, manejando las arcas secretas del Consorcio desde un despacho en Mayfair.
—Treinta y seis años —dijo Dante, su voz rasgando el zumbido de los transformadores como una cuchilla—.
Silas Richter tiene exactamente treinta y seis años de edad.
Carece de infancia en los archivos porque su infancia perteneció a otra identidad.
Supera por completo a un auditor cualquiera, Víctor. Silas Richter es Alexander von Falken.
Víctor se pasó ambas manos temblorosas por la coronilla, clavando la mirada en el rostro del detective.
—El hijo superviviente... —susurró el analista, sintiendo un escalofrío visible en los hombros—. Fabricó una identidad de hierro para volver al nido de las víboras y cobrar la deuda de sangre con sus propias manos. Toda la ecuación encaja a la perfección, Dante. Es una cacería meticulosa.
Dante recogió la chaqueta de cuero de la silla. Deslizó los brazos por las mangas y se acomodó la prenda con gestos parcos, verificando con el pulgar la presencia de su revólver de servicio bajo la axila izquierda y la placa metálica en el bolsillo interior.
—La hermana menor sigue viva —dijo Dante, ajustándose el cuello de la chaqueta—. Celine von Falken dejó su residencia de Viena hace apenas unos días y acaba de instalarse en Londres. Su ático está en Belgravia.
Víctor lo observó desde su asiento, con el pánico asomando con nitidez en sus pupilas dilatadas.
—Tienes las manos atadas, Dante.
El detective frenó el paso ante la pesada compuerta de acero blindado que daba acceso a la escalera de salida.
Giró la cabeza despacio y sostuvo los ojos de Víctor durante varios segundos en silencio.
El analista tenía razón en los términos del código penal: ningún juez firmaría una orden de detención fundamentada en deducciones informáticas contra un titán financiero respaldado por la élite gubernamental; el sistema judicial ordinario era una maquinaria rota, podrida por los mismos sobornos que figuraban en las pantallas.
Intentar un arresto formal equivaldría a ser destituido o terminar en una fosa anónima antes del amanecer.
Pero Dante Cruz había dejado de operar bajo el mandato de las insignias policiales o la ilusión de los tribunales; su único motor era negarse a morir como un títere ciego en medio de la conspiración que consumía su ciudad.
Necesitaba colocarse frente a Celine, extenderle el documento del fideicomiso y constatar la verdad antes de que el fuego consumiera la última pieza del tablero.
—Voy a Belgravia —sentenció Dante, aferrando la manivela de apertura de la esclusa—. Necesito comprobar cuánto sabe esa muchacha antes de que la sangre golpee su puerta.
La lluvia azotaba los ventanales del ático de Belgravia con un golpeteo furioso, difuminando las luces doradas de Londres en un reguero de lágrimas de agua sucia.