CAPÍTULO SIETE La Telaraña de Seda #2
El impacto fue demoledor. Celine sintió que el suelo cedía bajo sus pies. Estaba frente a una mujer que acababa de desnudar sus pulsiones más inconfesables con una sonrisa indulgente, y frente a un hombre monumental que la recibía con la cortesía de un anfitrión intachable.
Desde su asiento, Anya contempló el desconcierto de Celine y le dedicó una última sonrisa suave, casi maternal. Celine reconoció en ese gesto una perversión exquisita que le heló la sangre: una mirada que parecía otorgarle el permiso tácito de aterrorizarse y desear a Silas al mismo tiempo.
Bajo la formalidad de Silas y la mirada burlona de Anya, Celine comprendió la inutilidad de sus defensas. Había entrado creyendo ser una jugadora astuta y acababa de ser reducida a una pieza frágil en las manos de dos monstruos perfectos.
Pero la asfixia alcanzó su punto de detonación. En el fondo de ese abismo, el orgullo de los Von Falken despertó.
Celine se puso en pie con una lentitud deliberada.
Rechazó la sumisión. Se negó a permanecer como una espectadora acorralada en el sofá de aquella pareja.
Ajustó los hombros, tensó la columna y avanzó sobre la alfombra hasta plantar sus tacones a escasos centímetros de Silas Richter.
La diferencia de estatura era imponente: el hombre se alzaba como una torre de carne prieta y hombros anchos, despidiendo un calor limpio a jabón neutro y agua reciente.
Celine alzó la barbilla, sosteniendo la fijeza de aquellos ojos ambarinos que la escrutaban sin pestañear.
Alzó la mano derecha. Extendió el dedo índice enguantado en cuero fino y lo presionó con fuerza contra la piel desnuda de su esternón, empujándolo hacia atrás.
El impacto fue como chocar contra una plancha de acero templado.
Silas permaneció inamovible; sus pies descalzos parecían enraizados en los cimientos del edificio.
La dureza del músculo y del hueso bajo la piel húmeda devolvió la fuerza del empuje directamente a la muñeca de la joven.
Pero Celine mantuvo el dedo clavado en su pecho, desafiando la inmensidad física del hombre con una mirada incandescente.
—Se acabó la farsa de la hospitalidad, señor Richter —sentenció Celine, su voz cortando el silencio con la autoridad de un cristal afilado—.
Su esposa acaba de admitir en mi cara que nuestras familias compartían demasiados círculos como para que mi nombre o mi linaje fueran un secreto.
Y usted administra los libros contables, los fideicomisos y las cloacas patrimoniales de cada magnate que se sienta a gobernar este continente.
Mantuvo la presión del dedo sobre la carne tensa un segundo más antes de retirar la mano con una elegancia gélida.
—Usted tiene prohibido fingir ignorancia o escudarse en el silencio —continuó ella, clavando sus ojos ámbar en los de él—.
Si alguien en este planeta posee las respuestas, es usted.
Sé que el robo violento en mi casa de Viena fue una mentira ridícula.
Lo sé porque mis padres fueron asesinados hace diecinueve años, y sobre el cuerpo de mi padre la policía ocultó una cinta de seda escarlata.
La misma cinta exacta que apareció atada al atril de Leo Vance en Wembley, y con la que alguien está degollando a los líderes de su círculo en este momento, desde Lord Strathern hasta el juez Hessel.
Celine dio medio paso al frente, acortando cualquier distancia prudente.
—Ese círculo tiembla de pánico porque creen que un justiciero les robó su propio símbolo ritual para cazarlos en la oscuridad —afirmó ella con una seguridad aplastante—.
Pero usted y yo sabemos que en este nivel las casualidades carecen de sentido.
Dígame la verdad: ¿quién cobró esa deuda en la mansión de mi familia hace diecinueve años? ¿Quién está moviendo el cuchillo ahora?
Silas sostuvo la mirada con una inmutabilidad pétrea.
El contacto físico de la joven dejaba intacto el pulso de su respiración.
Con ademanes medidos, dio un paso hacia el mueble bar.
Tomó un vaso de cristal tallado y se sirvió dos dedos de agua con precisión matemática.
El sonido del líquido rompiendo la quietud fue el único rumor en la estancia.
Bebió un sorbo breve y volvió a encararla, desprovisto de arrogancia o cólera. Habló con la frialdad de quien certifica una ecuación resuelta.
—Ha hecho la suma correcta, señorita von Falken.
Los números jamás mienten —respondió Silas, su voz de barítono llenando el salón—.
Quien ataca a sus conocidos prescinde de fanatismos callejeros.
El Carmesí constituye una auditoría definitiva.
Y esa cinta escarlata representa un recibo de cobro: la constancia material de una deuda de sangre que alcanzó su fecha de vencimiento.
Celine sintió una punzada gélida atravesarle las costillas. La confirmación explícita de sus peores sospechas le apretó la garganta, pero el orgullo de su casta resistió el golpe.
—Mis padres eran personas honorables —replicó Celine, la voz tensa por una indignación que luchaba por mantenerse entera—.
Construyeron fundaciones, apoyaron hospitales y financiaron el arte.
Si murieron bajo esa misma marca, fue porque resultaron las primeras víctimas de esos carniceros. Ellos eran inocentes.
Silas depositó el vaso sobre la superficie de madera pulida.
Observó las facciones de Celine, el brillo húmedo de sus ojos ámbar y la obstinación herida que le tensaba la mandíbula.
Sus ojos carecían de desprecio o cólera; la contempló con una compasión clínica, distante y despojada de afecto, una lucidez desarmante que resultó más devastadora que un insulto.
—Nadie alcanza la cima de esa estructura conservando las manos limpias, Celine —dijo él, pronunciando su nombre de pila con una gravedad serena—.
La mesa donde se sentaban sus padres exige un peaje que la caridad jamás podría saldar.
Se alimenta de carne humana. Para ocupar un asiento en el Consorcio...
La palabra resonó en el pecho de la joven como un disparo. El Consorcio. Ese término pertenecía al santuario subterráneo, a las catacumbas secretas de Austria. Escucharlo en los labios de Silas con semejante naturalidad confirmó que aquel hombre conocía cada engranaje del horror.
Silas acortó la distancia entre ambos. Se detuvo a un palmo de su rostro, invadiendo su campo visual con la contundencia de un monolito.
—Para reinar sobre millones de vidas, la élite demanda una ofrenda irrevocable —continuó Silas, desgarrando el mito de su infancia sin la menor vacilación—.
Sus padres forjaron su imperio sobre fosas clandestinas.
Y para consolidar su poder dentro de ese círculo, entregaron a un niño al altar hace veintinueve años. Pero el abismo rechazó la ofrenda.
El aliento templado de Silas le rozó la frente. Celine sintió que el suelo se inclinaba bajo sus tacones.
—El sacrificio sobrevivió a la noche helada —añadió Silas con voz pausada y letal—.
Aquellos fanáticos consideraron un sacrilegio rematar lo que la piedra había escupido con vida.
Y sus venerados padres carecieron del coraje necesario para degollar con sus propias manos al chico que sus dioses acababan de repudiar.
Optaron por la salida cobarde: lo exiliaron.
Lo borraron de cualquier registro y lo sepultaron en una fosa burocrática diseñada para devorar infancias molestas, financiando su olvido para mantener su reputación intacta ante los miembros de la mesa.
—Basta... —susurró Celine, dando un paso atrás, sintiendo una mezcla violenta de rechazo y vértigo—. Es una infamia. Mis padres jamás habrían cometido semejante monstruosidad.
Un instinto visceral la empujaba a tachar las palabras de Silas de delirio manipulador.
Pero en ese mismo instante, su mente viajó a la oscuridad de las catacumbas de Austria.
Recordó los nichos de piedra, las jaulas diminutas de barrotes estrechos donde jamás cabría un cuerpo adulto, y el zapato infantil de charol cortado sobre la paja podrida.
Silas ignoraba por completo que ella había bajado a esas grutas; aquel hombre carecía de medios para saber lo que ella presenció y armar una mentira a su medida.
La evidencia física que sus propios ojos habían registrado encajaba de manera escalofriante con el relato.
La sospecha de que sus padres hubieran sido cómplices de semejante aberración le causó una náusea profunda, una herida viva que se resistía a aceptar sin pruebas palpables.
—Desconfíe de mi testimonio si prefiere el consuelo de las fábulas —repuso Silas, su rostro inmutable como una máscara de granito—. Confíe en los números. La contabilidad es el único registro que carece de sentimentalismo.
Silas retrocedió despacio, entregándole las coordenadas exactas para comprobar el abismo.
—Ordene revisar los archivos físicos de la Fundación von Falken de hace veintinueve años —dictaminó él con autoridad indiscutible—.
Busque los libros de transferencias correspondientes a ese invierno.
Localice el acta de traslado y las aportaciones periódicas enviadas al orfanato Sankt Ignaz.
Los números le revelarán qué clase de monstruos le dieron la vida.
El peso de la fecha y el nombre del orfanato cayeron sobre Celine como una maza de demolición. Veintinueve años. Sankt Ignaz. Un niño entregado al altar y luego desechado en la sombra.
Un temblor incontrolable le recorrió las piernas. Dio dos pasos torpes hacia la salida, sintiendo que el aire del ático quemaba como ácido.
—Vuelve cuando necesites asimilar el duelo, Celine —ronroneó la voz de Anya desde el sofá, despidiéndola con una dulzura venenosa—. Mi consulta siempre reserva un espacio para los huérfanos desorientados.