CAPÍTULO SIETE La Telaraña de Seda #3
Celine guardó silencio. Apretó los labios, giró sobre sus talones y alcanzó la puerta principal con pasos apresurados.
Empujó el roble pesado, cruzó el umbral y se encerró en el ascensor privado.
Apoyó la frente contra el espejo de la cabina mientras el cubículo se precipitaba hacia el vestíbulo, respirando a bocanadas cortas, asfixiada por la sospecha atroz de que el origen del carnicero compartía las raíces de su propio apellido.
Al cruzar las puertas giratorias del edificio, el choque térmico fue brutal. La llovizna helada de Londres le azotó las mejillas, empapando el cuello de su abrigo. Ese frío punzante le devolvió la compostura a la fuerza, recordándole la necesidad urgente de mantener el control.
Avanzó sobre la acera mojada y abrió la puerta trasera del Rolls-Royce. Se dejó caer sobre el cuero oscuro y cerró con un golpe seco.
A través del espejo retrovisor, los ojos de Celine se toparon de inmediato con los de Bastian.
En el cristal vio cómo la mirada clara de su protector se ensombrecía de golpe al registrar su palidez y el temblor involuntario que le crispaba las manos.
Vio los nudillos del exmilitar tensarse hasta adquirir la blancura del yeso contra el volante, y vio la mandíbula del hombre trabarse con una furia salvaje.
Antes de pronunciar una sola palabra, Celine observó la mano izquierda de Bastian deslizarse con rapidez mortal hacia la funda bajo su chaqueta, leyendo en la rigidez asesina de sus hombros la decisión inminente de salir del coche, subir al ático y vaciar el cargador contra quienquiera que hubiese quebrado a la mujer que cuidaba como a una hermana menor.
—Bastian. Quédate en tu asiento —ordenó Celine.
Su voz cruzó el habitáculo con la autoridad seca de un chasquido de acero.
—Salí ilesa —aclaró ella, sosteniendo la mirada del exmilitar en el reflejo del cristal—. Enciende el motor y sácame de Mayfair ahora mismo.
Bastian contuvo el impulso homicida bajo la orden tajante.
Celine vio en el retrovisor cómo apretaba los dientes, mirando las ventanas iluminadas de la cima del edificio con un odio silencioso antes de girar la llave en el contacto.
El motor cobró vida y el vehículo se incorporó al tráfico nocturno de la capital, deslizándose bajo el aguacero.
Celine recostó la cabeza contra el cuero húmedo, forzando a su mente a procesar la metralla de datos para transformarla en cálculo puro.
—Los registros de Richter permanecen blindados porque él opera en el núcleo del sistema, Bastian —dijo ella con voz baja y tensa—. Administra los fondos oscuros del Consorcio.
Bastian frunció el ceño en el espejo mientras maniobraba entre los taxis negros.
—¿El Consorcio? Celine, eso suena a fábula corporativa para asustar a accionistas menores. Nadie controla tanto poder en las sombras.
Celine cerró los ojos un segundo antes de responder.
—Existe, Bas —murmuró ella, con un hilo de voz que apenas lograba disimular el temblor—. Cuando estuvimos en Viena... en esa finca en mitad del bosque... entré hasta el fondo. Presencié sus rituales.
En el retrovisor, Celine vio la reacción inmediata de Bastian: el desconcierto se congeló en sus pupilas claras, transformándose en una mezcla desgarradora de tristeza y rabia feroz consigo mismo por haber permanecido afuera, por haber permitido que ella descendiera sola a semejante pesadilla.
El dolor de su protector era evidente en el silencio tenso que se apoderó de la cabina.
—Había máscaras de porcelana blanca sin boca —añadió Celine en un susurro entrecortado, compartiendo apenas una migaja del horror que todavía le quemaba la garganta—. Una caverna subterránea. Una losa de obsidiana... y degollaron a un hombre mientras los demás cantaban en latín.
Bastian clavó las manos en el volante con una fuerza que hizo crujir el cuero, tragándose la impotencia.
—Y según Richter... —continuó Celine, clavando los ojos en el cristal empañado—, mis padres compraron su asiento en esa mesa entregando a un niño hace veintinueve años. Me niego a creerlo sin verlo con mis propios ojos, Bas. Tengo que comprobarlo yo misma.
—Dime qué necesitas —respondió el exmilitar, su voz ronca cargada de una lealtad inquebrantable.
—Quiero los libros de contabilidad física de la Fundación von Falken de hace exactamente veintinueve años —ordenó Celine, recuperando el aplomo de su estirpe—. Los balances custodiados en los depósitos de Zúrich o Viena. Tráelos a mi despacho antes de cuarenta y ocho horas.
—Los tendrás. ¿Algún concepto específico?
—Rastrea cualquier donación, custodia o traslado bancario vinculado a una institución —Celine tragó saliva, pronunciando las palabras con un esfuerzo amargo—. Orfanato Sankt Ignaz. Remueve los archivos clandestinos si resulta necesario.
El coche aceleró a través de los reflejos dorados de las farolas londinenses. Celine apoyó la sien contra la ventanilla, contemplando la ciudad sumergida en la penumbra.
Veintinueve años atrás. Una ofrenda en un altar de piedra.
Un niño desterrado en un orfanato olvidado para sellar una alianza de poder.
La sospecha le quemaba el pecho como una brasa ardiente: quienquiera que estuviese degollando a la élite europea ejecutaba una venganza nacida de los crímenes que su propia familia había ocultado en la sombra.
Y los libros mayores de la Fundación tenían la respuesta definitiva.