CAPÍTULO SIETE La Telaraña de Seda
CAPÍTULO SIETE
La Telaraña de Seda
El atardecer caía sobre Londres como un pesado telón de plomo, ahogando los últimos vestigios de claridad bajo una espesa capa de niebla y llovizna.
Frente a las puertas del ascensor privado en el último piso del edificio de Mayfair, Celine von Falken obligó a sus pulmones a inhalar despacio.
Vestía con una elegancia sobria y afilada: un abrigo oscuro de lana virgen, abotonado hasta el cuello alto, que funcionaba como una coraza estética contra el frío y contra sus propios temblores internos.
Llevaba el cabello castaño recogido de forma severa y unos tacones de aguja que resonaron sobre el mármol del pasillo con la cadencia de disparos apagados.
Había dejado a Bastian esperando en la calle, con el motor del coche encendido.
La investigación de su protector durante todo el día había sido estéril.
Silas Richter y Anya Vane eran fantasmas digitales; sus registros públicos permanecían limpios con una pulcritud que solo una fortuna incalculable o una inteligencia aterradora podían comprar.
Impulsada por un instinto feroz y por el abismo de dudas que devoraba su cordura desde el ritual en las catacumbas, Celine decidió caminar directamente hacia la boca del lobo.
Buscaba respuestas sobre el asesinato de sus padres, sobre la cinta de seda escarlata y sobre el terror que consumía al Consorcio.
Presionó el timbre del ático con la yema enguantada en cuero negro.
Un zumbido electrónico breve precedió a la apertura de la pesada puerta de roble, que se abrió en absoluto silencio.
El cuadro que la recibió desarmó sus defensas al instante.
El acceso carecía de barreras de seguridad o secretarias hostiles; quien abrió fue Anya Vane, completamente sola, descalza, envuelta en una elegancia doméstica que resultaba insultantemente magnética.
Vestía unos pantalones anchos de seda negra y una blusa ligera del mismo tono.
Su melena cobriza caía libre sobre los hombros, y la ausencia de maquillaje formal acentuaba la fiereza esmeralda de su mirada.
Anya esbozó una sonrisa deslumbrante, cargada de una calidez envolvente, e inclinó ligeramente la cabeza.
—Celine von Falken... qué sorpresa tan encantadora —saludó Anya, su voz acariciando cada sílaba del nombre con la familiaridad de una vieja amiga.
Celine permaneció inmóvil en el umbral. El pulso le dio un latigazo en la base del cuello. En el funeral de Walter apenas habían cruzado un contacto visual de medio segundo bajo la lluvia. Celine jamás se había presentado ante ellos.
—¿Cómo sabes quién soy? —preguntó Celine. Su voz intentó sonar firme, pero el desconcierto se filtró en las aristas de sus palabras.
Anya soltó una risa suave y musical, apartándose hacia un lado para invitarla a pasar con un ademán grácil de su mano pálida.
—Adelante, por favor. Hace un frío espantoso afuera —murmuró Anya, cerrando la puerta a espaldas de la joven una vez que esta cruzó el umbral—.
Nuestros padres compartían demasiados círculos para considerar tu rostro un secreto, querida.
Además, esos ojos ámbar son una marca inconfundible en tu linaje.
El ático exhalaba un aroma a té de jazmín y sándalo, un calor sedante que envolvía los sentidos.
Celine se adentró en el inmenso salón minimalista.
La naturalidad de Anya era abrumadora. Se dirigió hacia una mesa baja de cristal donde reposaba un juego de té de porcelana fina y dos copas junto a una botella de vino tinto descorchada.
—¿Prefieres té o vino, Celine? —ofreció Anya, sirviendo una taza humeante sin esperar respuesta—. En mi profesión, conocer las debilidades ajenas es una costumbre indispensable. Toma asiento. Estás en tu casa.
Celine vaciló, pero la hospitalidad ligera de la anfitriona actuó como un narcótico sobre su paranoia.
Se desabrochó el abrigo, revelando un suéter negro ceñido de cuello alto, y se sentó en el borde de un sofá de cuero claro.
Anya le acercó la taza con una sonrisa tan comprensiva que, por un instante fugaz, Celine bajó la guardia.
Se sintió extrañamente cómoda, arropada por la ilusión de estar tomando el té en una tarde cualquiera.
Sacudió la cabeza imperceptiblemente, espantando el hechizo. Recordó la sangre fresca en el altar de obsidiana. Recordó su misión.
—Te agradezco la atención —comenzó Celine, colocando la taza sobre la mesa sin probar el líquido—. Pero en realidad venía buscando a tu esposo. ¿Silas se encuentra en casa?
Anya tomó su copa de vino tinto por el tallo. Bebió un sorbo lento, saboreando el líquido oscuro, y se acomodó en el sillón frente a Celine, cruzando las piernas descalzas con una languidez felina.
—Silas se está bañando —respondió Anya, con una naturalidad demoledora.
La imagen mental fue un golpe físico. La intimidad cruda de la respuesta descolocó a Celine, enviando un ramalazo de calor involuntario hacia su bajo vientre.
Intentó expulsar de su mente la visión de aquel hombre desnudo bajo el agua, a escasos metros de donde se encontraban, y se aferró a su plan, dispuesta a aprovechar que estaban solas para tantear el terreno.
—Quería consultar con ustedes la situación en Viena —dijo Celine, inclinándose hacia adelante, fingiendo la zozobra de una aristócrata superada por los acontecimientos—.
Varias figuras cercanas a mi familia están muriendo de forma atroz.
Y dado que Silas administra carteras decisivas dentro de ese entorno, quería saber si ha detectado alguna anomalía contable en estos meses. Algún movimiento fuera de lo común.
Celine tendió la trampa esperando ver a Anya ponerse a la defensiva.
La mujer conservó la sonrisa intacta. Bebió otro sorbo de vino, pausada e imperturbable.
—Quienquiera que esté haciendo esto, Celine, simplemente está equilibrando un libro contable —respondió Anya con una frialdad absoluta—. Es una extracción quirúrgica necesaria. Los mercados tienen que purgarse.
Esa honestidad desprovista de cualquier empatía por las víctimas dejó a Celine paralizada.
Anya depositó la copa sobre la mesa de cristal con un tintineo limpio.
Apoyó el mentón sobre una mano y clavó sus ojos verdes en los de Celine con una chispa lúdica, un brillo abiertamente divertido que delató lo evidente: el ardid de las finanzas resultaba enteramente transparente para la mirada de la psiquiatra.
—Pero tú viniste buscando algo muy distinto a las finanzas, querida —susurró Anya con una cadencia suave, casi íntima—. Vi cómo lo mirabas en el cementerio, bajo la lluvia, en el funeral de Walter.
Celine sintió que el aire amenazaba con abandonar sus pulmones. Anya continuó con una calma implacable, escudriñando cada reacción visible en su semblante:
—Y sé cómo reacciona tu cuerpo en este instante.
Tu respiración se ha vuelto superficial, las pupilas se te han dilatado al saber que mi esposo está desnudo bajo el agua a unos pasos de nosotras y la vena en tu cuello late de forma errática.
Dejaste atrás cualquier preocupación hacia los hombres de Viena; viniste arrastrada por tu propia biología.
La ofensa fue tan directa e incisiva que el orgullo de Celine se encendió en llamas, pero su instinto aristocrático tomó el control para levantar una muralla.
—Te aseguro que te equivocas por completo —respondió Celine, irguiéndose en el sofá con una dignidad gélida y aferrando la correa de su bolso con los nudillos blancos—.
Jamás cruzaría una línea semejante. Silas es tu marido y la institución matrimonial merece mi respeto absoluto. Lo que insinúas resulta...
—Deja de escudarte en la moralidad, Celine.
Desecha la vergüenza —la interrumpió Anya, ensanchando su sonrisa, visiblemente entretenida por el sonrojo y la turbación de la joven—.
Es simple biología. Es el instinto incontrolable de la presa por someterse al depredador.
Tienes una curiosidad oscura por Silas. Experimentas un deseo físico que tu mente racional considera repulsivo porque lo percibes como una amenaza letal.
Y, sin embargo, cruzaste el mar y estás sentada en mi salón, temblando por él.
La humillación fue total. Celine experimentó una mezcla asfixiante de furor y terror paralizante.
Se sentía despojada de sus secretos en cuestión de minutos ante una mujer desprovista de cualquier indicio de celos, libre de prejuicios, observándola con el deleite indulgente de quien contempla un experimento fascinante.
Justo en ese segundo de quiebre, el deslizamiento amortiguado de una puerta lateral rompió el silencio.
Celine giró el rostro de forma refleja.
Silas Richter entró en la estancia.
Las gotas de agua resbalaban por la piel tensa de su cráneo completamente afeitado, perdiéndose en las líneas oscuras y milimétricamente recortadas de su barba.
Estaba descalzo. Vestía únicamente un pantalón oscuro de sastre y una camisa blanca que colgaba suelta, desabrochada sobre la musculatura ancha y húmeda de su pecho.
Al cruzar el umbral, los pasos de Silas vacilaron apenas una fracción de segundo.
Una chispa fugaz cruzó sus pupilas ambarinas al toparse con la presencia de Celine en el sofá, pero la sorpresa se disolvió en un parpadeo.
Su mirada barrió la estancia con frialdad calculadora: recorrió la postura rígida de la joven y se detuvo un instante en la sonrisa complacida de su mujer.
Bastó ese intercambio mudo para que el recién llegado adoptara el ritmo de la escena.
Avanzó con una cordialidad clínica, deteniéndose a una distancia prudente.
—Señorita von Falken —saludó Silas, su voz de barítono llenando el espacio con gravedad serena—. Le ruego que disculpe mi atuendo informal, su visita de esta tarde nos toma por sorpresa. ¿En qué podemos colaborar con usted?