CAPÍTULO SEIS El Descenso de Perséfone #3
El oficiante alzó los brazos hacia la bóveda de roca.
De su garganta brotó una letanía áspera en un latín corrupto que resonó contra los muros de la caverna.
Varios miembros de la primera fila comenzaron a mecerse al unísono, poseídos por un fervor religioso que mezclaba el pánico con la devoción más oscura.
Antes de aproximar la hoja al prisionero, el sacerdote extrajo un carrete de madera de los pliegues de su hábito.
Desenrolló una hebra de seda roja intensa y cortó un fragmento con los dientes.
Se inclinó sobre el hombre inmovilizado y ató el lazo alrededor de su cuello expuesto, ajustándolo con un nudo geométrico exacto.
—In sanguine vinculum, in tenebris aeternum —proclamó la voz amortiguada tras la cerámica—. La marca sella tu deuda. La oscuridad reclama su diezmo.
Celine sintió una sacudida helada paralizarle el pecho.
La cinta carmesí.
Era el mismo lazo que adornaba el cuello cercenado de Strathern en Surrey; la misma seda que pendía de la barandilla de Hessel en Kensington y que su memoria conservaba grabada desde la noche en que destrozaron a sus padres en su alcoba diecinueve años atrás.
La firma que aterrorizaba a Europa pertenecía a los propios cimientos del poder: era la marca ritual con la que el Consorcio sellaba a sus ofrendas.
El cazador de Londres estaba degollando a los amos del mundo empleando su propio instrumento litúrgico.
Un cálculo cronológico fulminante atravesó la mente de Celine: si Silas Richter y su esposa eran operadores externos excluidos de la sangre, ¿cómo explicaba la presencia de esa misma seda en la escena de sus padres cuando Silas apenas habría sido un adolescente?
La pieza descuadraba cualquier lógica oficial del Consorcio, agrandando la sombra de los Richter hasta convertirlos en un misterio aterrador.
El sacerdote alzó la daga de obsidiana con ambas manos y descargó el golpe sobre la garganta del contable.
El filo irregular rasgó la piel, los tendones y la tráquea con un crujido elástico y húmedo.
El hombre arqueó el torso con una fuerza salvaje, tirando de los grilletes hasta abrirse la carne de las muñecas contra el hierro.
De la herida brotó un borbotón denso de sangre arterial que manchó la piedra oscura y comenzó a escurrir con fluidez a través de los canales de drenaje, precipitándose hacia los cuencos dorados en un goteo espeso.
El hedor a hierro caliente y entrañas abiertas inundó la caverna, devorando el perfume de la mirra.
Los miembros de la primera fila dieron un paso al frente, alzando las manos enguantadas para recibir las gotas que salpicaban el aire, murmurando oraciones con un deleite caníbal.
A escasos metros de Celine, un diplomático austríaco soltó una arcada seca bajo su máscara, temblando en una mezcla de náusea y excitación perversa.
Salpicaduras tibias alcanzaron el borde del dobladillo de terciopelo negro de la joven.
El estómago de Celine se cerró en un espasmo violento. El ácido gástrico le quemó la garganta y las rodillas amenazaron con ceder bajo el peso del vestido. El impulso biológico le ordenaba arrancarse la máscara, gritar y huir hacia las escaleras, para escapar de aquel matadero de hombres trajeados.
En ese instante crítico, la cabeza del Barón giró despacio hacia ella.
A través de las cuencas vacías de la porcelana blanca, los ojos inyectados en sangre del anciano se clavaron en su rostro. A su izquierda, otros dos aristócratas también volvieron las máscaras hacia la joven, observándola con fijeza implacable.
La estaban examinando.
El instinto de supervivencia de los Falken se encendió como una llamarada fría en su interior.
Comprendió que cualquier parpadeo de espanto, cualquier arcada visible bajo el corsé, la convertiría de inmediato en el siguiente cuerpo sobre la obsidiana.
Estaba rodeada de caníbales que olían el miedo a kilómetros de distancia.
Celine cerró los puños contra los pliegues de su falda y hundió las uñas en sus propias palmas con tanta fuerza que sintió la piel rasgarse bajo la tela de los guantes.
El dolor agudo le sirvió de ancla. Sofocó la náusea, obligó al reflujo a descender y domesticó el ritmo de sus pulmones hasta alcanzar una quietud absoluta.
Un frío gélido le recorrió la espina dorsal, una coraza emocional que sepultó cualquier rastro de pavor bajo un manto de hielo. Sus ojos ámbar, ocultos tras las cuencas doradas, se endurecieron hasta convertirse en dos piedras pulidas.
Sostuvo la mirada del Barón sin vacilar.
Desvió la vista hacia el cuerpo inerte que aún espasmaba sobre la obsidiana humeante y, con una lentitud calculada y majestuosa, asintió con la cabeza hacia Julius von Thurn.
Un milímetro de inclinación. Una aprobación silenciosa, cómplice e irrevocable ante la carnicería.
En las entrañas de la tierra, rodeada por los asesinos de su linaje, Celine von Falken acababa de sellar su pacto con la supervivencia: para destruir a los monstruos, debía parecer más fría que ellos.