CAPÍTULO SEIS El Descenso de Perséfone #2
Durante años había crecido llamando «tío» a ese hombre y al resto de ancianos que frecuentaban la casa de sus padres; le habían inculcado una familiaridad postiza construida sobre el supuesto cariño hacia los Falken huérfanos.
Hoy, saber que estaba libre de compartir una sola gota de sangre con cualquiera de ellos convertía esa palabra en una arcada seca en el fondo de su garganta.
Sentía una repulsión abrasadora hacia el hábito infantil de considerarlos parientes, enfadada consigo misma por haberles otorgado semejante confianza durante tanto tiempo.
Sabía que le habían ocultado la verdad sobre el asesinato de sus padres, pero se obligó a tragarse el veneno para ejecutar su papel.
Inclinó la cabeza, aflojó la tensión de los hombros y dejó escapar un suspiro entrecortado bajo la porcelana.
—Barón... estoy muy asustada —susurró, modulando un tono que sonaba al borde del llanto—. Las noticias de esta mañana... lo que ocurrió en Londres con Strathern y el juez Hessel. Parece que el mundo se derrumba de repente. Me cuesta comprender qué está pasando.
El anciano apretó sus dedos con torpeza paternalista.
—Tranquila, pequeña. Ignora el ruido de la prensa —respondió Julius, bajando la voz—. Son atentados cobardes de grupos que resienten nuestro estatus. Pero estos muros ofrecen seguridad absoluta. El círculo cuida a los suyos; permanecemos unidos frente a cualquier amenaza externa.
Celine guardó un silencio medido. Mantuvo la vista baja hacia los zapatos del Barón y preparó la pregunta con frialdad de cirujano.
—Creí que este refugio acogía a todos los aliados cercanos a nuestra familia —dijo ella, alzando despacio el rostro cubierto—.
En el funeral de Walter, el señor Richter y su esposa parecían sumamente cercanos a ustedes...
con un aplomo absoluto. Esperaba encontrarlos aquí esta noche. ¿Por qué están ausentes esta noche?
El efecto de los nombres fue instantáneo. Julius tensó los brazos bajo el traje, sorprendido por la mención. Su respiración se volvió áspera y una chispa de desprecio aristocrático combatió contra su inquietud.
—Richter y esa mujer gestionan aspectos operativos indispensables para nuestras cuentas, querida, eso resulta innegable —repuso el Barón en un siseo áspero, acercando la máscara blanca a centímetros de la de Celine—.
Manejan movimientos financieros que requieren discreción extrema.
Pero la utilidad jamás equivale a la pertenencia.
Julius miró de soslayo hacia los otros grupos para cerciorarse de la privacidad del intercambio antes de rematar la frase con la arrogancia propia de su casta.
—Ellos son ajenos a la sangre, muchacha.
Carecen de linaje y carecen de la marca.
Son operadores externos. Muy eficientes, por supuesto, pero ocupan un escalón inferior en el orden natural.
Tienen prohibido cruzar este bosque y jamás participarán en los asuntos profundos del Consorcio.
Su función consiste en limpiar el lodo que nosotros producimos; su lugar queda lejos de nuestra mesa.
Celine asintió dócilmente, fingiendo encontrar calma en sus palabras.
—Comprendo —murmuró con suavidad.
Bajo la superficie inmóvil de la máscara veneciana, sus pensamientos hervían en una dirección diametralmente opuesta.
La respuesta de Julius intensificaba el misterio, abriendo un abismo de fascinación oscura.
Si Silas y Anya eran simples sirvientes a los ojos del Consorcio, ¿de dónde nacía la autoridad absoluta que proyectaban?
Celine recordó el cruce de miradas con Silas bajo la llovizna del cementerio, la inmovilidad de basalto del hombre y la gravedad salvaje que le había revuelto las entrañas en Viena.
Silas Richter distaba leguas de un empleado contable sumiso a los caprichos de viejos aristócratas; proyectaba la serenidad de una fiera que observa a su presa antes de quebrar el cuello.
Y la altanería con la que Julius pretendía despreciarlos solo confirmaba la ceguera letal de quienes creían controlar a un monstruo mucho más grande que ellos.
Un sonido grave y cavernoso cortó de cuajo los murmullos de la sala.
Un tañido sordo, procedente de un inmenso gong de bronce en las profundidades de la propiedad, vibró a través de los suelos de madera y se instaló en el pecho de los presentes. El silencio cayó sobre el salón con la violencia de una sentencia.
Julius von Thurn le ofreció el brazo a Celine con una rigidez ceremonial.
—Ha llegado el momento —anunció el Barón en un susurro grave tras la porcelana—. Acompáñame. La sangre debe permanecer congregada cuando la tormenta arrecia.
Al fondo de la estancia, dos sirvientes enmascarados descorrieron los pesados tapices flamencos del muro este, dejando al descubierto una arcada de piedra desnuda y húmeda que se abría hacia el subsuelo.
Celine apoyó la mano enguantada sobre la manga del anciano y se incorporó a la marea de máscaras blancas que comenzaba a descender hacia las tinieblas de la tierra.
El descenso por las escaleras de piedra caliza sumergió a la comitiva en una humedad densa y pegajosa.
Los peldaños, gastados por siglos de pisadas aristocráticas, descendían en una espiral pronunciada que parecía horadar el corazón mismo de la montaña.
A cada tramo, el aire se volvía más frío y pesado, cargado con el humo negro de los hachones que chisporroteaban contra los muros rezumantes de salitre.
Celine caminaba pegada al flanco del Barón. El agarre del anciano sobre su antebrazo mantenía una firmeza de hierro, una presión sofocante que distaba de la gentileza paternal de otros tiempos; parecía la sujeción de un carcelero conduciendo a una prisionera hacia el patíbulo.
En los recovecos del pasadizo, la roca viva se abría en nichos enrejados.
A la luz titilante del fuego, la mirada de Celine captó detalles que le helaron la sangre en las venas.
Apiladas contra las esquinas descansaban jaulas estrechas de hierro forjado, cubiertas de herrumbre y cal viva, cuyas dimensiones angostas impedían que un cuerpo adulto pudiera erguirse o extender las piernas.
En el suelo de una de ellas, entre restos de paja podrida, yacía un zapato infantil de charol con la correa seccionada por un corte limpio.
Cerca de los barrotes, las juntas de la piedra exhibían manchas negruzcas, capas superpuestas de sangre seca que el tiempo había transformado en una costra brillante y dura como el alquitrán.
El olor del subsuelo terminó de aplastar cualquier vestigio de la opulencia de la superficie.
Una bruma espesa de mirra y sándalo rancio intentaba sofocar un hedor mucho más antiguo y persistente: el vaho metálico de un matadero subterráneo donde los fluidos se habían filtrado en la roca durante generaciones.
Al término de la espiral, la galería desembocó en una caverna colosal.
La bóveda de piedra, cubierta de estalagmitas y humedad negra, albergaba a la totalidad del cónclave. La marea de esmóquines y vestidos oscuros se distribuía en un semicírculo silencioso alrededor del centro del recinto.
Celine examinó la estancia a través de las cuencas de su máscara veneciana.
La ausencia de aberturas para la boca en las piezas de porcelana dotaba a la multitud de una mudez cadavérica.
Cincuenta magnates, diplomáticos y banqueros aparecían transformados en calaveras blancas e idénticas.
Resultaba imposible adivinar sus expresiones: si apretaban los labios, si sonreían o si salivaban bajo el barniz brillante.
Únicamente el brillo húmedo de los ojos se movía en la penumbra, pupilas dilatadas por el fuego de los braseros que vigilaban en todas direcciones.
La joven sintió el peso asfixiante de esa mirada colectiva; dudando si los presentes observaban el fondo de la caverna o si escrutaban su propia silueta para evaluar a la última descendiente de los Falken.
Su instinto de depredadora, afilado por la sospecha, le lanzó una advertencia visceral: Julius von Thurn la había arrastrado hasta ese abismo para ponerla a prueba bajo la excusa de protegerla.
Y si detectaban en ella el menor rastro de debilidad moral o rechazo, la brecha de hierro que la rodeaba se cerraría sobre su cuello.
En el centro exacto de la caverna se alzaba una inmensa losa rectangular de obsidiana negra pura.
La superficie pulida resplandecía bajo las llamas de seis braseros de cobre, tallada con canaletas profundas que convergían hacia los extremos.
A los pies de la piedra descansaban cuencos macizos de oro, destinados a recibir el drenaje del sacrificio.
El murmullo de la congregación cesó de golpe.
Dos hombres enmascarados arrastraron a un individuo hacia el centro del círculo.
El prisionero vestía un traje de sastre desgarrado, descalzo y con la camisa empapada en sudor y orina.
Era un hombre de mediana edad, un contable subordinado del entramado financiero del Consorcio, con el rostro amoratado por los golpes y una mordaza de cuero que sofocaba sus súplicas en un gemido gutural.
Lo acusaban de haber facilitado las filtraciones que destaparon las rutas de Strathern.
Los guardias lo arrojaron de espaldas sobre la obsidiana helada y fijaron grilletes de hierro a sus muñecas y tobillos.
De las sombras del fondo emergió el sacerdote del rito.
Llevaba una túnica de terciopelo carmesí y negro que cubría sus prendas formales.
Su máscara de porcelana ostentaba dos cuernos curvados de carnero con incrustaciones de oro.
En la mano derecha sostenía una daga de obsidiana volcánica con el filo dentado y brillante como el cristal oscuro.