Carmesí CAPÍTULO SEIS El Descenso de Perséfone
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CAPÍTULO SEIS El Descenso de Perséfone

CAPÍTULO SEIS

El Descenso de Perséfone

La oscuridad de los bosques vieneses devoraba la luz de los faros del Rolls-Royce Phantom antes de que el haz lograra penetrar en la espesura.

Una bruma helada se enredaba entre los troncos desnudos de los árboles centenarios. En el interior del habitáculo blindado, el silencio pesaba con la densidad del plomo; Celine von Falken escuchaba el latido sordo de su propio corazón golpeando contra las sienes.

Reclinada en el asiento trasero, contemplaba el exterior a través del cristal tintado.

Llevaba un vestido de alta costura confeccionado en terciopelo negro medianoche que se ceñía a su silueta con una caída severa, dejando la espalda al descubierto.

Los mechones castaños y miel caían en ondas sobre sus hombros.

A la vista de cualquier extraño, encarnaba el canon exacto de la distinción aristocrática; en su fuero interno, la tela pesaba como una cota de malla medieval, una armadura rígida forjada para cruzar las líneas enemigas.

El vehículo avanzaba hacia una finca privada, una propiedad aislada que jamás figuró en los registros públicos de Austria. Una convocatoria de madrugada emitida por el Barón Julius von Thurn: un cónclave urgente a las tres de la noche.

Al otro lado de la consola central, la tensión en el cuerpo de Bastian era una cuerda a punto de reventar.

Los nudillos del exmilitar destacaban pálidos contra el cuero del volante.

La mandíbula apretada le marcaba los tendones del cuello.

Odiaba esa ruta, odiaba internar a la única persona que le importaba en las profundidades de un bosque en mitad de la noche, pero la determinación de Celine había sido tajante: «Necesito mirarles las caras, Bas. Necesito saber qué tanto saben».

Celine apoyó la cabeza contra la ventanilla fría.

Las últimas cuarenta y ocho horas ardían en su cabeza con la fuerza de un incendio.

Los homicidios de Lord Douglas Strathern y del juez Konrad Hessel dominaban cada pantalla del continente, presentados al público como incidentes aislados dentro de una semana convulsa.

Pero Celine conocía el hilo conductor que los informativos ignoraban.

Sus propios ojos habían examinado los fotogramas del atentado contra Leo Vance hasta detectar la seda escarlata atada al atril.

Era el mismo lazo exacto que la policía encubrió diecinueve años atrás en la mansión de Viena donde masacraron a sus padres.

El supuesto robo violento que le habían repetido durante toda su infancia era una farsa repugnante. Caminaba voluntariamente hacia la madriguera de los hombres que ordenaron la carnicería de su familia; los mismos que ahora temblaban al ver su propia marca convertida en sentencia.

Para salir viva de ese bosque, debía interpretar el papel más difícil de su vida: la heredera desvalida, la flor de invernadero que acudía asustada a buscar refugio entre los suyos. El menor atisbo de frialdad en sus ojos ámbar equivaldría a una condena inmediata.

Los neumáticos crujieron sobre la grava suelta al detener la marcha.

Frente al Rolls-Royce, surgiendo de la niebla como una dentadura de hierro, se alzaban unos portones monumentales coronados por lanzas afiladas. El metal carecía de escudos nobiliarios o distintivos familiares. Solo rejas negras y piedra mojada.

Seis figuras emergieron de la penumbra flanqueando el camino.

Celine contuvo el aliento al verlos. Vestían esmóquines negros de corte impecable, pero sus rostros permanecían completamente ocultos tras máscaras de porcelana blanca y lisa.

Superficies inertes, desprovistas de rasgos o aberturas gestuales.

Reconoció en ellos a los custodios anónimos de una liturgia que siempre le habían ocultado.

Bastian apagó el motor. Su mano derecha descendió con disimulo hacia la funda sobaquera bajo la chaqueta.

—Bas... quédate quieto —susurró Celine desde atrás, cargando la voz de una urgencia férrea—. Mantén las manos inmóviles.

Uno de los hombres enmascarados avanzó hacia el costado del vehículo. Sus andares eran rígidos, pautados con precisión mecánica. Abrió la puerta trasera, permitiendo que una ráfaga de aire gélido y olor a musgo húmedo invadiera la cabina templada.

El guardia guardó silencio absoluto. Se inclinó en una reverencia rígida y le tendió una bandeja de ébano sostenida con guantes blancos.

Sobre la madera descansaba una máscara de porcelana veneciana, modelada con una asimetría delicada y filigranas de oro opaco. Carecía por completo de hendidura para la boca; únicamente dos cuencas ovaladas permitían la visión.

Celine estiró los dedos con calma ensayada y tomó el objeto gélido, sofocando la repugnancia física que le provocó el contacto.

En el asiento delantero, la disciplina militar de Bastian se quebró.

El chasquido del cinturón al soltarse retumbó como un disparo.

El escolta empujó su puerta dispuesto a bajar y flanquearla, pero dos de los guardias bloquearon el paso al instante.

Interpusieron sus cuerpos robustos contra el marco de la portezuela, formando un muro de paño oscuro y porcelana inerte.

—Atrás —ordenó una voz metálica, amortiguada tras la cerámica blanca—. Los empleados aguardan en el perímetro exterior. Esta noche solo cruza la sangre.

Los ojos de Bastian se encendieron con un brillo homicida. Su mano atenazó la empuñadura de la pistola, los nudillos blancos por la fuerza. La violencia flotaba en el aire, a milímetros de detonar sobre la grava.

—¡Bastian!

El grito seco de Celine cortó el forcejeo.

Bastian detuvo el movimiento, el pecho agitado por una respiración pesada. Celine se inclinó sobre el respaldo delantero y apoyó una mano firme sobre el hombro de su protector. El calor de su palma atravesó la tela, buscando anclarlo a la realidad.

La joven ladeó el rostro para que la luz tenue del habitáculo iluminara sus facciones. Desplegó su máscara de fragilidad: los ojos ámbar brillaban humedecidos y las comisuras de su boca temblaban en una perfecta coreografía de desamparo.

—Estaré a salvo, Bas —le dijo con voz suave, diseñada para calmarlo a él y convencer a las estatuas del exterior—. Necesito que te quedes aquí vigilando el coche. Solo voy a reunirme con la familia. Todo saldrá bien.

Bastian buscó su mirada. Debajo de la vulnerabilidad calculada, leyó la orden tajante, fría y lúcida de quien acababa de pisar un campo minado: acatar el protocolo o morir ambos en esa entrada. A regañadientes, retiró los dedos del arma y se dejó caer en el asiento, cerrando la puerta de un golpe.

Celine descendió sobre la grava. El frío le mordió los tobillos mientras sus tacones se afirmaban en el suelo pedregoso.

Frente a los portones que comenzaban a abrirse con un gemido de bisagras pesadas, alzó la máscara veneciana. Se la ajustó al rostro, sepultando sus facciones tras la porcelana dorada, y avanzó en solitario hacia el interior de la finca.

El sendero hacia la mansión estaba custodiado por hachones de fuego clavados en la tierra negra.

El viento agitaba las llamas, proyectando sombras deformes sobre los troncos húmedos.

Celine caminaba con la espalda erguida, forzando a sus pulmones a aceptar el aire escaso que se filtraba por las cuencas oculares.

Al cruzar las puertas de roble de la residencia principal, la atmósfera la golpeó como un mazazo.

Atrás quedaba la elegancia luminosa del Palacio Hofburg.

El gran salón de la finca, recubierto de tapices flamencos y artesonados de madera oscura, exhalaba una pesadez funeraria.

El aire estaba saturado de humo de tabaco importado, coñac derramado sobre las alfombras y un hedor denso a sudor frío que revelaba el pánico de los ocupantes.

A través de las aberturas de la máscara, escudriñó a la concurrencia.

Buscó de forma instintiva la silueta inamovible de Silas Richter; rastreó los rincones esperando distinguir la cabellera de fuego de Anya Vane.

La estancia carecía de la presencia de ambos.

Estaban ausentes. Ese vacío le provocó una punzada de extrañeza.

La sala reunía a los nombres más encumbrados de Europa: banqueros que manejaban la deuda soberana de varios países, diplomáticos de carrera y herederos de linajes milenarios.

Todos llevaban máscaras blancas idénticas a las de los guardias, pero la cerámica era incapaz de disimular el derrumbe de su compostura.

La sombra de la muerte los había reducido a bestias acorraladas.

Discutían en murmullos crispados junto a la inmensa chimenea de piedra, bebían con dedos espasmódicos que hacían tintinear el cristal y vigilaban las puertas con miradas frenéticas.

Temían que el ejecutor de Strathern y Hessel estuviera allí mismo, respirando tras alguna de las caretas de porcelana.

Una figura corpulenta se desprendió de un corro cercano al ventanal y avanzó hacia ella con paso pesado. Pese al disfraz blanco, Celine reconoció de inmediato la silueta ancha y el resuello asmático del Barón Julius von Thurn.

—Celine... criatura —murmuró Julius, apresándole las manos con un temblor que delataba su propio descontrol—. Doy gracias de que llegaras entera. Es un alivio tenerte aquí.

El hombre intentaba proyectar la templanza del patriarca protector, pero el sudor le empapaba el cuello de la camisa bajo el esmoquin. Olía a miedo concentrado.

Celine reprimió el impulso visceral de apartar las manos.