CAPÍTULO TRES El Santuario Blindado #3
El interior olía a cera de abejas, a humedad de piedra vieja y al frío estancado de las habitaciones que rara vez se abrían.
Techos de seis metros de altura con molduras de yeso ensombrecidas, suelos de damero de mármol blanco y negro que devolvían el eco seco de sus tacones, y los retratos al óleo de cinco generaciones de patriarcas observándola desde las paredes con miradas severas y descoloridas por el barniz oxidado.
Caminó por la galería central sin encender las arañas de cristal, guiada solo por el resplandor de los relámpagos lejanos que recortaban las estatuas de bronce en las esquinas.
Conservó puesto el vestido de seda zafiro.
Atravesó el ala este hasta alcanzar su despacho privado y cerró la doble puerta de caoba tras de sí con un golpe seco.
Caminó directamente hacia el escritorio y encendió su portátil.
La luz azulada de la pantalla bañó de inmediato su rostro pálido, reflejándose en el ámbar dilatado de sus pupilas.
Con manos ágiles, rastreó la red hasta encontrar una transmisión sin censura y en alta resolución del estadio de Wembley.
El video comenzó a reproducirse. El sonido distorsionado de la multitud gritando y el jadeo agónico de Leo Vance llenaron el despacho. Celine ignoró el rostro asfixiado del cantante; su mirada estaba fija en la periferia de la imagen, buscando lo que la prensa había pasado por alto.
Detuvo el video. Retrocedió y avanzó cuadro por cuadro, escudriñando cada píxel de la plataforma. Su intuición, afilada por la adrenalina, la guio hacia la parte inferior de la pantalla. Concentró la atención en la base metálica del atril del micrófono. Aplicó el zoom digital una, dos, tres veces.
El aire abandonó sus pulmones.
Allí estaba. Atada a la base de metal, ondeando levemente por la vibración acústica del estadio antes de que Vance cayera, había una pequeña cinta de seda. Un hilo rojo profundo y perfecto.
El corazón de Celine comenzó a martillearle contra las costillas con la fuerza de un animal enjaulado.
Se puso en pie de golpe. Dejó los zapatos de aguja abandonados junto a la alfombra persa y comenzó a caminar descalza sobre la madera de roble pulido, cuyo frío le subió directamente por las plantas de los pies.
Salió del despacho y avanzó por el corredor en penumbra. El silencio de la mansión a esa hora era absoluto, casi físico, como si los muros de mampostería absorbieran cualquier vestigio de vida exterior. Abrió la discreta puerta panelada que daba a la antigua escalera de servicio.
El descenso fue lento, medido. Los escalones de piedra caliza, desgastados en el centro por más de dos siglos de servidumbre invisible, estaban helados contra su piel desnuda.
A medida que bajaba hacia los cimientos, la temperatura descendía de forma palpable y el olor a madera noble fue sustituido por el aroma mineral del salitre, la humedad de la roca subterránea y la densidad del aire confinado.
Las sombras se estiraban contra las bóvedas de crucería de los sótanos, donde las tuberías de hierro y las vigas maestras sostenían el peso descomunal de todo el palacio sobre su cabeza.
Al final del pasillo abovedado, la esperaba el cuarto de seguridad blindado: una cámara de hormigón armado y puerta de acero con combinación mecánica, construida tras la muerte de su padre para resguardar los títulos de propiedad, las escrituras históricas y los secretos legales de la dinastía von Falken.
Al girar la rueda cromada y tirar de la manija, el cerrojo cedió con un chasquido pesado. El aire en el interior de la bóveda era seco, frío y estancado. Olía a papel envejecido por décadas, a cuero reseco, a polvo fino y al rastro áspero de la naftalina.
Celine encendió la bombilla desnuda del techo.
Caminó directamente hacia una estantería metálica del fondo, donde descansaba un baúl de hierro gris.
Era la caja que contenía los expedientes y las evidencias que la policía de Viena le había devuelto años atrás, tras el asalto nocturno a su residencia de invierno donde murieron sus padres.
Una masacre que las autoridades cerraron con rapidez bajo el rótulo de robo con violencia.
Sus dedos, que ahora temblaban visiblemente, tocaron el metal helado del cierre.
Levantó la tapa y el olor rancio de la tragedia pasada le golpeó el rostro.
Rozó con las yemas las carpetas amarillentas, apartando fotografías forenses de manchas oscuras en las alfombras y documentos carcomidos por el tiempo, buscando en el fondo del baúl.
Sus dedos rozaron algo diferente.
Extrajo una pequeña bolsa de plástico sellada por la policía de Viena. El crujido del plástico viejo al manipularlo sonó áspero en el silencio de la bóveda. Celine acercó la bolsa a la luz de la única bombilla encendida en el techo.
Dentro del plástico, catalogado años atrás como un hallazgo irrelevante en la escena, descansaba un objeto.
Era una cinta de seda carmesí.
Estaba ligeramente descolorida por el paso del tiempo y manchada en un extremo con algo que parecía óxido viejo, pero el nudo presentaba la misma exactitud geométrica, la misma perfección clínica que la cinta que acababa de ver en el atril del micrófono en Londres.
El velo que había protegido a Celine von Falken durante veintiséis años se pulverizó en aquel instante. La frialdad de la verdad le congeló la sangre en las venas en un silencio absoluto.
Su sentido común, alimentado por el terror puro, unió los hilos con una lógica devastadora, formulando preguntas que nunca se había atrevido a hacer.
¿Fue la misma mano? Quienquiera que hubiese dejado esa firma en el escenario de Vance...
¿estuvo en su casa aquella noche de sangre?
Y los tíos benefactores, los hombres poderosos de la élite como el Barón Von Thurn...
reaccionaron al nombre de la cinta. La conocían.
Eran parte de esa misma inmundicia inconfesable.
Nadie la había protegido nunca; simplemente la habían mantenido ciega, confundiendo su dulzura con debilidad, usándola como un adorno dócil dentro de su círculo.
Esa certeza encendió una rabia fría y humillante en su interior.
La duda se extendió como una mancha de tinta hacia el funeral de esa misma mañana. Walter Sackville... ¿Realmente había muerto de un fallo cardíaco?
Y entonces, emergió el recuerdo del único forastero.
El hombre ajeno a la manada. Silas Richter.
Aunque carecía de pruebas materiales contra él, su instinto le gritaba que aquel hombre era la clave.
Era la anomalía. Recordó sus ojos ámbar observando la desesperación ajena con una apatía clínica, y esa atracción animal que había sentido horas atrás mutó en una mezcla de miedo visceral y fascinación irresistible.
Silas exhalaba la misma oscuridad que ahora manchaba su pasado.
Si alguien sabía qué horrores se ocultaban bajo las alfombras de la élite, era el hombre que permanecía impasible en los funerales.
Celine se quedó mirando la cinta carmesí a través del plástico.
Mantuvo la columna erguida y los ojos secos; la dulzura que siempre había definido su rostro se replegó hacia adentro, dejando paso a una frialdad ancestral, un hielo heredado de su linaje que finalmente despertaba de su letargo. Quería respuestas.
La transformación fue física. Su postura se irguió con lentitud.
Sus hombros se tensaron bajo la seda zafiro y sus ojos ámbar adquirieron un brillo calculador.
Evitaría confrontar a nadie por ahora. Emplearía la única arma frente a la cual esos monstruos carecían de defensas: su aparente ingenuidad.
Aferró la bolsa de plástico con fuerza y caminó hacia el teléfono de pared instalado junto a la puerta de la bóveda. Levantó el auricular y pulsó el botón del intercomunicador interno.
Bastian respondió al primer tono.
—¿Celine?
Ella cerró los ojos un segundo. Cuando habló, su voz era una seda engañosa, despojada de fragilidad pero cargada de una nueva y letal estrategia.
—Cancela mi viaje a París, Bastian —sentenció Celine, su tono destilando un cinismo que él nunca le había escuchado—. Mañana empezaré a visitar a nuestros queridos tíos. Seré la sobrina dulce y asustada que ellos creen que soy. Veamos qué más se les escapa cuando me creen incapaz de entender nada.
Hubo un pesado silencio al otro lado de la línea. Bastian notó el cambio en la densidad de su voz.
—Como ordenes, pequeña. ¿Algo más?
—Sí —murmuró ella, mirando la cinta roja bajo la luz mortecina—. Averigua todo lo que puedas sobre Silas Richter. Con quién se reúne, dónde se mueve, qué secretos esconde. Todo, sin levantar una sola partícula de polvo. Necesito entender qué fue lo que miré hoy a los ojos en ese cementerio.