Carmesí CAPÍTULO CUATRO El Matadero de Cristal
18%

CAPÍTULO CUATRO El Matadero de Cristal

CAPÍTULO CUATRO

El Matadero de Cristal

El despacho de Silas Richter en el corazón de Mayfair funcionaba como una cámara de vacío.

Ubicado en el último piso de una torre de cristal y acero templado, el espacio combinaba planos continuos de mármol blanco, cuero negro y un silencio hermético que parecía absorber la luz del sol londinense filtrada por los inmensos ventanales.

Cualquier vestigio de memoria personal, calidez doméstica o debilidad terrenal había sido purgado del diseño.

La doble puerta de roble se abrió sin emitir el menor crujido.

Gretchen entró primero. A sus cincuenta y cinco años, la secretaria de Silas operaba con una disciplina militar.

Llevaba el cabello gris recogido en un moño tirante que tensaba la piel de sus pómulos, y su traje sastre gris oscuro conservaba una línea impecable, sin una sola arruga.

Sus ojos pálidos sostenían la devoción silenciosa de un acólito ante su deidad, ajena a cualquier cortesía corporativa.

—Lord Douglas Strathern, señor Richter —anunció Gretchen, apartándose con un paso medido.

El magnate de las líneas marítimas entró intentando llenar la estancia con el peso de su estatus.

Strathern gobernaba flotas transoceánicas y sobornaba gabinetes gubernamentales antes del almuerzo.

Vestía un traje a cuadros de lana inglesa cortado a mano, un reloj que igualaba el presupuesto de un hospital de provincia y una compostura ensayada durante décadas para imponerse en directorios y parlamentos.

Sin embargo, ante el escritorio de mármol, esa armadura se cuarteó en los primeros segundos.

Silas permaneció inmóvil tras la mesa. El ámbar de sus ojos destelló tras el cristal semioscuro de sus gafas, diseccionando la anatomía de su visitante en una fracción de segundo.

La biología de Strathern lo delataba sin tregua: el sudor frío acumulándose en el nacimiento del cabello, la oscilación espasmódica de sus pupilas dilatadas y el latido desacompasado de la vena yugular contra el cuello almidonado de la camisa.

Despedía el hedor denso y rancio del miedo puro, una emanación química que hasta tres aplicaciones de colonia de vetiver eran incapaces de sofocar.

—Silas, amigo mío... —empezó Strathern, forzando una sonrisa que tensó los músculos de sus mandíbulas sin llegar a sus ojos mientras tomaba asiento frente a la mesa—. Supongo que habrás visto las noticias. Lo de Londres. Lo de Vance.

—He observado el espectáculo, Lord Strathern. El mundo exterior suele entregarse al histrionismo —respondió Silas. Su voz era baja, grave y dotada de una cortesía matemática.

—Es una cacería de brujas —escupió el magnate, inclinándose hacia adelante con la paranoia desbordándose en cada sílaba—.

Los mercados están al borde del pánico, pero eso es secundario.

El problema es la filtración de la cuenta ciega.

Necesito que limpies mi rastro, Silas. Que evapores cualquier registro financiero que vincule a mis cargueros con las rutas del yate de Vance y las subastas privadas en el este.

Sé que tus honorarios están fuera de cualquier escala convencional, pero te pagaré la cifra que exijas.

El triple, si la transferencia y el borrado quedan ejecutados hoy mismo.

Silas lo observó fijamente. Entrelazó los dedos sobre la superficie de mármol.

A un lado del secante, un par de guantes de cuero negro descansaban doblados con simetría rigurosa.

Su mente calculó en milisegundos la fortuna que estaba a punto de recaudar por mover un capital que, en cuestión de horas, quedaría confiscado por el vacío.

—La discreción absoluta exige una inversión considerable, Lord Strathern. Comprar su tranquilidad resulta una decisión prudente —dijo Silas. El tono transmitía la serenidad de un arquitecto que ofrece apuntalar una estructura al borde del derrumbe.

El chasquido del hueso quebrándose bajo la presión del acero quirúrgico fue un golpe seco, húmedo y sordo.

A treinta millas al sur, bajo la residencia campestre de Lord Strathern en Surrey, la madrugada transcurría en el encierro de un sótano insonorizado. Un foco halógeno industrial, suspendido de una viga metálica, arrojaba un cono de luz cruda sobre el centro de la estancia.

Las gruesas láminas de polietileno transparente que forraban las paredes, el suelo de cemento y el mobiliario goteaban bajo salpicaduras densas de un rojo oscuro que humeaba lentamente bajo el calor de la lámpara.

En el centro del recinto, inmovilizado en una pesada silla quirúrgica de acero mediante correas de lona industrial y hebillas de presión, Lord Douglas Strathern aullaba.

El hombre que despachaba cargueros por tres océanos yacía convertido en un amasijo de carne temblorosa, despojado de cualquier residuo de arrogancia.

Sus cuerdas vocales estaban desgarradas por los gritos.

El llanto corría por sus mejillas empapadas de sudor y mucosidad, mezclándose con la sangre que manaba de sus labios partidos y escurriéndose por su pecho desnudo, que subía y bajaba en espasmos agónicos.

Frente a la silla aguardaba su verdugo tras una máscara ritual de porcelana blanca.

Silas Richter vestía un delantal largo de polietileno sobre su ropa oscura, cubierto de fluidos biológicos.

La máscara ofrecía una superficie pulida, brillante, desprovista de boca, cejas o cualquier rasgo expresivo; dos cuencas elípticas por donde el ámbar inmóvil de sus pupilas atrapaba el resplandor crudo del halógeno.

—¡Por favor! —suplicó Strathern, escupiendo un coágulo sobre el plástico a sus pies, con la voz reducida a un graznido quebrado—. ¡Te lo doy todo! ¡Mis astilleros en el Clyde, las cuentas en Ginebra, las propiedades en las Caimán! ¡Todo es tuyo! ¡Solo déjame vivir, te lo ruego!

La máscara de porcelana descendió unos milímetros en un gesto de fría observación.

Silas extendió dos dedos enguantados hacia la mandíbula del magnate, presionando con precisión quirúrgica el nervio trigémino.

El dolor fulminante obligó a Strathern a enderezar el torso con un gemido ahogado, arrancándolo del borde del desmayo.

—Mantenga los ojos abiertos, Lord Strathern —susurró Silas tras la porcelana, con una voz plana, monocorde, desprovista de cualquier inflexión humana—.

La inconsciencia es una fuga biológica, y su auditoría requiere plena lucidez.

Sus cuentas en Ginebra quedaron vacías hace tres horas; sus astilleros ya figuran bajo custodia judicial anónima.

Carece ya de moneda alguna con qué comerciar.

Silas levantó entre los dedos un puñal tallado en obsidiana negra, cuyo filo microdentado despedía un destello opaco bajo la luz.

Su postura destilaba un rigor clínico, ajeno a la furia o al goce eufórico del sádico; ejecutaba cada movimiento con la cadencia pausada de un técnico que desmantela un motor defectuoso.

—Setecientas cuarenta y dos mujeres, Lord Strathern —continuó Silas, mientras la punta de la piedra volcánica trazaba una incisión superficial sobre las costillas del magnate, midiendo con frialdad la velocidad del sangrado—.

Ocultas en los contenedores refrigerados de su flota comercial durante los últimos tres años.

Facturadas bajo el código de carga perecedera y vendidas a cuarenta y cinco mil euros cada una en las subastas privadas de carne fresca en el este.

Trescientas de ellas murieron asfixiadas cuando fallaron los generadores en la travesía de Malta.

Usted ordenó arrojar los contenedores al fondo del mar para evitar demoras aduaneras.

Strathern soltó un grito estridente que murió en un espasmo de arcadas, sacudiendo la cabeza en una negativa inútil mientras la sangre empapaba el plástico bajo sus pies.

—Su ritmo cardíaco roza las ciento sesenta pulsaciones por minuto —observó Silas, posando dos dedos enguantados sobre la carótida del hombre para cronometrar el pulso—.

Su cuerpo lucha por entrar en choque hipovolémico para ahorrarse el dolor.

Un mecanismo fascinante, pero prematuro.

Aún restan nombres por revisar en el manifiesto.

—Solo necesita firmar la autorización de transferencia irrevocable, Lord Strathern. Mi despacho se encargará de que cualquier rastro que lo vincule con las subastas desaparezca de los servidores globales antes del atardecer.

De vuelta en el despacho iluminado por el sol de Mayfair, Silas extendió la mano derecha.

Sostenía un bolígrafo Montblanc de laca negra y apliques de platino, ofreciéndoselo al visitante con una leve inclinación de cabeza, un gesto de cortesía aristocrática que transmitía una seguridad imperturbable.

Strathern exhaló un suspiro entrecortado.

Una oleada de alivio ciego y primitivo le recorrió el cuerpo al creer que acababa de comprar su supervivencia.

Tomó el bolígrafo. La vieja arrogancia del depredador corporativo que se sabe impune volvió a asomar en las comisuras de sus labios mientras estampaba su firma sobre el grueso papel de algodón.

—Sabía que eras el hombre indicado, Silas. Te juro que ese cantante imbécil casi me provoca un infarto con su numerito en Wembley —dijo Strathern, devolviéndole el documento con una palmada en el borde del escritorio, sintiendo que los muros de su imperio volvían a blindarse a su alrededor.

El alarido de Strathern se ahogó en su propia sangre cuando la obsidiana cortó los tejidos de su cuello con una lentitud milimétrica.

Atado a la silla quirúrgica en la penumbra de Surrey, el magnate convulsionaba en un intento biológico, desesperado e inútil por eludir las correas que lo aplastaban contra el acero.

Silas permaneció en su sitio. Sujetó la frente del Lord con la mano izquierda, sosteniendo la cabeza erguida para forzarlo a contemplar el charco de su propia sangre reflejando el halógeno.