CAPÍTULO TRES El Santuario Blindado #2
En ese instante, Celine acababa de aceptar una copa de una bandeja de plata y se encontraba atrapada en la órbita de un pretendiente particularmente insufrible.
Era un joven heredero de mandíbula cuadrada, bronceado de la Costa Azul y una sonrisa blanca, ensayada y plástica, digna de una revista de estilo de vida.
Mientras el hombre le hablaba con arrogancia sobre la eslora de su nuevo yate, las yeguas de su equipo de polo y las fluctuaciones de sus acciones bursátiles, Celine se desconectó de sus palabras.
Lo observó en silencio, analizando su perfección vacía y predecible. Era un charco superficial, un hombre cuya belleza carecía del menor misterio. Y el aburrimiento dio paso al contraste.
Su mente abandonó el Palacio Hofburg y regresó a la lluvia fría del cementerio.
Comparó la banalidad locuaz del heredero con la inmovilidad gélida de Silas Richter.
Mientras el hombre de bronceado perfecto seguía moviendo los labios, Celine se perdió en el recuerdo de aquellos ojos ámbar destellando tras los cristales de las gafas.
Volvió a sentir ese tirón primitivo y oscuro en la base del vientre, una sacudida visceral que le cortó la respiración por una fracción de segundo.
Silas exhalaba un peligro letal, un abismo insondable.
Y Celine comprendió, con un escalofrío de excitación culposa, que sentía una atracción intensa hacia esa gravedad mortal, mucho más viva que cualquier cosa que aquel mundo de plástico pudiera ofrecerle.
Y justo en el segundo exacto en que la gravedad de Silas dominaba por completo sus pensamientos... la atmósfera del palacio se fracturó.
El pretendiente se calló en seco en mitad de una frase sobre sus establos.
Comenzó como un temblor silencioso en mitad de la gala, un virus invisible que infectó el salón de los espejos a través de un zumbido sordo y colectivo.
El teléfono del heredero, junto con docenas de dispositivos móviles ocultos en los bolsillos de la realeza financiera y en los pequeños bolsos de diseño de sus esposas, comenzaron a vibrar casi al unísono.
Las pantallas se iluminaron bajo la seda y el terciopelo, reclamando la atención de sus dueños con alertas de máxima prioridad.
Celine frunció el ceño, notando la súbita interrupción y la palidez en el rostro del hombre que tenía enfrente. Extrajo su propio teléfono de su bolso de mano.
La pantalla mostraba una notificación urgente de una cadena de noticias global. Celine deslizó el dedo y leyó el titular. Su respiración se cortó.
Leo Vance, el icono mundial de la música y embajador de las mayores fundaciones infantiles, acababa de morir asfixiado en pleno concierto en Londres.
Y el golpe verdadero acompañaba al titular: un enlace directo al video que se había proyectado en las pantallas del estadio.
Celine leyó las líneas resumidas sobre el yate, los precios, la trata de menores, la monstruosidad que el chico de oro escondía bajo su sonrisa filantrópica.
El oxígeno se volvió tóxico en sus pulmones.
El asco visceral la golpeó en la boca del estómago.
Niños, procesó su mente, asimilando la magnitud del horror.
Vendía niños. Bajó el teléfono, esperando encontrar la misma repulsión, la misma indignación moral en los rostros de los tíos benefactores y líderes que llenaban la gala.
Esperaba ver lágrimas de rabia, escuchar condenas inmediatas.
Pero su instinto, afilado por años de supervivencia social, la obligó a detenerse y observar de verdad. Y entonces, las máscaras cayeron.
Celine barrió el salón con sus ojos ámbar, diseccionando las reacciones de la élite.
Frente a los camareros y las esposas, los hombres poderosos exclamaban sorpresa, llevándose las manos al pecho o negando con la cabeza en una pantomima de consternación.
Pero Celine leyó más allá del teatro. Leyó la biología.
Vio cómo el sudor frío empezaba a manchar los cuellos almidonados de las camisas hechas a medida.
Observó el temblor en las manos de un juez del tribunal europeo, tan violento que el costoso champán se derramaba sobre la alfombra persa sin que él lo notara.
Captó las miradas furtivas, cargadas de un pánico puro, animal y desesperado, que los grandes patriarcas se cruzaban desde extremos opuestos del salón.
Permanecían indiferentes ante la pedofilia. Ignoraban tanto la muerte de Leo Vance como el sufrimiento de los niños.
Están aterrorizados, comprendió Celine con una claridad que le heló la sangre. Tienen miedo por su propia supervivencia.
De repente, una figura voluminosa se interpuso en su campo de visión.
Era el Barón Von Thurn. El anciano corpulento, que esa misma mañana le había besado la mano con una lujuria avariciosa, se desmoronaba bajo el peso de su propia biología.
Su piel estaba pálida, teñida de un tono grisáceo y enfermizo, y respiraba con una dificultad sonora, como si una losa invisible le aplastara el pecho.
—Una tragedia absoluta, querida Celine —balbuceó el Barón, acercándose demasiado e intentando mantener la sonrisa paternal, aunque sus ojos inyectados en sangre delataban su histeria—.
El mundo está lleno de monstruos ocultos.
Ese pobre chico... Vance resultó ser una manzana podrida.
Quién iba a imaginar algo tan espantoso.
Celine lo escuchó en silencio, manteniendo una expresión de compasión educada. Pero el pánico del Barón era un tren descarrilado, y en su desesperación por buscar consuelo en la ignorancia de ella, cometió un error garrafal.
—Es una masacre... —murmuró Von Thurn, bajando la voz hasta convertirla en un siseo ronco, secándose la frente con un pañuelo arrugado—. Nadie está a salvo, Celine. Nadie está a salvo de ese maldito hilo carmesí.
La mente de Celine se detuvo. El engranaje de su cabeza hizo un clic seco.
Su mirada bajó un milímetro hacia la pantalla de su teléfono. Había leído la noticia completa: paro respiratorio, asfixia, el video del yate y el caos en las gradas de Wembley. Ningún titular de prensa mencionaba una sola palabra sobre un hilo carmesí. Ese dato permanecía oculto para los medios.
Pero la palabra le dejó un sabor metálico en la lengua.
Un eco lejano, casi borroso, de una conversación en voz baja escuchada a los seis años en el despacho de su padre, justo antes de que cerraran las puertas con llave.
Una palabra que los adultos de su casa solían susurrar con miedo cuando la creían dormida.
La dulzura desapareció del rostro de Celine en una fracción de segundo.
Cuando volvió a levantar la vista, sus ojos ámbar habían dejado atrás a la dulce sobrina. Eran los ojos de una Von Falken. Fijos, atentos y silenciosos. Le sostuvo la mirada al anciano, escrutando la gota de sudor que le bajaba por la sien.
¿Cómo sabes tú eso?, pensó ella, sin mover un solo músculo de la cara.
Bastó el peso de su mirada para exigir una respuesta. El Barón notó el cambio en la atención de la joven; vio la fijeza con la que ella lo escaneaba y se dio cuenta de su propia torpeza, del desliz innecesario que acababa de cometer frente a la heredera.
El rostro de Von Thurn se tensó en una mueca de repentina incomodidad. Dio un paso torpe hacia atrás, desviando la mirada hacia la multitud.
—Yo... discúlpame, querida. Me siento repentinamente indispuesto —tartamudeó el magnate.
Sin añadir una palabra más, el Barón se dio la vuelta y huyó hacia la salida más cercana con una prisa indigna, abriéndose paso a empujones entre los invitados para buscar el refugio de su equipo de seguridad blindada.
Celine se quedó sola en medio de la suntuosidad del Palacio Hofburg.
El cuarteto de cuerdas seguía tocando, mientras sus notas servían de réquiem para el inicio del fin de un imperio podrido.
Apretó la fina copa de cristal en su mano, sintiendo que el mundo que creía conocer acababa de resquebrajarse bajo sus tacones.
Celine abandonó el Palacio Hofburg en menos de tres minutos.
Prescindió de las despedidas cordiales y de las sonrisas de protocolo.
Bastian captó la orden silenciosa en sus ojos desde el otro lado del salón y apareció a su lado como una sombra impenetrable, escoltándola hacia la salida antes de que nadie pudiera interceptarlos.
El trayecto de regreso a la mansión transcurrió en un mutismo denso.
El único sonido en la oscuridad de la carretera era el golpe rítmico de la lluvia contra la carrocería del Rolls-Royce, un tamborileo que competía con la respiración entrecortada de Celine.
Su mente trabajaba a una velocidad vertiginosa, diseccionando la frase del Barón una y otra vez. Ese maldito hilo carmesí.
Cuando los pesados portones de hierro forjado se abrieron con un quejido húmedo, la residencia de los von Falken emergió entre la niebla como una fortaleza olvidada.
Era una mole de piedra caliza y arquitectura barroca austríaca levantada en el siglo XVIII, rodeada por hectáreas de bosque negro.
A esa hora, con las fachadas apagadas y desprovista de sirvientes a la vista, los ventanales enrejados parecían cuencas vacías custodiando siglos de silencio aristocrático.
La casa carecía de cualquier calor de refugio; tenía la hosquedad monumental de un mausoleo privado.
Celine se adelantó antes de que Bastian descendiera a abrirle la puerta. Empujó el batiente, bajó a la grava mojada y cruzó el pórtico bajo la lluvia fina. Al empujar la pesada hoja de roble de la entrada principal, el chasquido del cerrojo retumbó en la inmensidad del vestíbulo.