Carmesí CAPÍTULO TRES El Santuario Blindado
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CAPÍTULO TRES El Santuario Blindado

CAPÍTULO TRES

El Santuario Blindado

El peso de la tormenta azotaba los cristales tintados, pero en el interior del Rolls-Royce Phantom el mundo quedaba reducido a un susurro apagado.

Era una cápsula aislada del barro y la muerte del cementerio central de Viena. El aire olía a cuero curtido, al calor limpio de la calefacción y a las notas de vainilla y orquídea negra del perfume de Celine.

Con un suspiro largo, Celine se hundió en la banqueta trasera. Dobló una rodilla, deslizó dos dedos por el talón para soltar la hebilla de sus zapatos oscuros y los dejó caer sobre la alfombra de lana con un golpe sordo. Encogió los dedos de los pies descalzos, buscando la tibieza del suelo.

Tenía el cuerpo agarrotado por la tensión del entierro.

Se desabrochó el abrigo de cachemira, dejando que el cuello de seda de su vestido oscuro descansara sobre sus clavículas.

Su melena, una masa densa de rizos castaño y miel, caía húmeda por la llovizna sobre los hombros, enmarcando un rostro cansado de ojos ámbar y labios apretados.

Llevaba el porte aristocrático fundido como una segunda piel con la que había aprendido a respirar desde niña.

En el asiento delantero, separado por la consola central, Bastian guiaba el vehículo por la carretera secundaria con una fluidez de seda.

A sus cuarenta y dos años, Bastian era mucho más que un chofer.

Su complexión ancha llenaba el respaldo del conductor con una autoridad física tranquila.

Llevaba un traje oscuro de corte sobrio, pero con el primer botón de la camisa desabrochado, ajeno a la rigidez ceremonial de los hombres que acababan de dejar atrás.

Había estado al lado de Celine desde que ella apenas levantaba un metro del suelo en los pasillos inmensos de la mansión familiar.

Para los círculos sociales, era su sombra y su barrera contra la prensa; para Celine, era el único terreno firme en un mundo fabricado con sonrisas de compromiso.

Los ojos claros de Bastian la buscaron un segundo en el espejo retrovisor.

—Tienes una botella de agua mineral y coñac en la guantera lateral, pequeña —dijo él, con su voz grave y pausada—. Por si necesitas asentar el estómago.

Celine giró el rostro hacia la ventanilla, observando los troncos desnudos de los abetos deformados por el agua.

—Estoy bien así, Bas —murmuró—. Solo... resulta difícil de asimilar. Walter merecía otro final. Un fallo cardíaco fulminante antes de los cincuenta parece un chiste de mal gusto.

Bastian mantuvo las dos manos firmes sobre el cuero del volante. Guardó silencio absoluto. Conocía las pausas de Celine mejor que nadie.

—Cuando mis padres murieron en aquel accidente...

—continuó ella, bajando el tono, dejando caer la coraza pública que había sostenido frente a la viuda— Walter fue el primero en presentarse en casa.

Él y los tíos se aseguraron de que los fideicomisos permanecieran intactos y de que nadie tocara la firma familiar.

Eran amigos de papá, Bas. Filántropos. Hombres que levantaban hospitales y obras públicas.

Ver a sus dos hijas llorando bajo la lluvia frente a la fosa me revolvió el estómago.

Bastian soltó el pedal del acelerador un milímetro al tomar una curva cerrada, midiendo la respuesta con cuidado.

—Tu tío dejó huella en muchos sitios, Celine. Eso resulta indudable —respondió con un tono neutro, midiendo cada sílaba para preservar la calma de la joven—. Ahora tienes que pensar en descansar. La cena de la fundación en París es en cuatro días y vas a necesitar la cabeza despejada.

Celine asintió despacio, apoyando la nuca en el reposacabezas de cuero. Cruzó una pierna sobre la otra, y la seda de su falda rozó la tapicería. El silencio del coche trajo de regreso un detalle que permanecía clavado en su memoria desde que abandonaron el camposanto.

—Una pregunta, Bas... —dijo, intentando que el tono sonara ligero—. La pareja que estaba parada junto a las coronas florales, a la izquierda del panteón. ¿Sabes quiénes eran?

Sobró cualquier descripción. En su mente, la imagen seguía fresca como una quemadura: el hombre alto, de cabeza rapada, traje oscuro impecable y gafas de montura fina, inmóvil bajo un paraguas de varillas plateadas.

Recordaba el segundo exacto en que sus miradas se cruzaron a través de la llovizna.

Aquel cruce de miradas la había golpeado como una sacudida física.

Aquellos ojos ámbar detrás del cristal permanecían fijos sin parpadear.

La habían mirado sin reverencia, sin lástima y sin el servilismo torpe de los hombres que orbitaban su fortuna.

La miraron como un halcón mira a un gorrión en una rama.

Celine tragó saliva al recordar el tirón caliente, súbito y desconcertante que le había atenazado el bajo vientre en ese instante. Sentía una atracción animal, pura y peligrosa, hacia una figura que irradiaba la violencia fría de un arma desenfundada.

Bastian, que conocía cada cambio en la respiración de Celine, captó el levísimo brillo en sus pupilas a través del retrovisor.

—Silas Richter. Y su esposa, la doctora Anya Vane —respondió sin apartar la vista del asfalto—. Sí, los vi. Destacan demasiado entre los viejos apellidos.

—Jamás los había visto en las galas de Mónaco o en las reuniones de los bancos —comentó ella, cruzando los brazos sobre el regazo para disimular la inquietud.

—Porque provienen de afuera de esas cunas, Celine —explicó Bastian—.

Son sangre nueva. Richter aún está por debajo de los cuarenta, pero maneja una liquidez que a las familias tradicionales les toma tres generaciones acumular.

Nadie sabe con certeza qué activos respaldan su firma de consultoría, pero jamás piden préstamos: compran deuda.

Cuando Richter se sienta en una mesa de arbitraje en Zúrich, los banqueros privados miden las palabras con pinzas.

Celine procesó los datos en silencio. Un hombre hecho en las sombras. Intocable para los viejos magnates y portador de una fijeza que parecía burlarse de la hipocresía de su clase.

Bastian notó cómo los dedos de Celine acariciaban pensativos el dobladillo de su vestido. Decidió enfriar el terreno con su habitual aspereza protectora.

—Aunque antes de que te dé por inventar novelas en la cabeza, pequeña —añadió, con una media sonrisa irónica que le suavizó la mandíbula—, te recuerdo que están casados.

Y la doctora Vane tiene fama de ser un témpano de hielo.

Es psiquiatra forense y asesora de perfiles de riesgo.

El tipo de persona que te analizaría el parpadeo solo para saber por dónde duele más clavar la aguja.

Celine soltó una risa breve, limpia, que alivió la pesadez del habitáculo.

—¿Me estás aconsejando apartar la vista del señor Richter, Bas? —bromeó ella, recostando la mejilla contra el cristal frío de la ventanilla.

—Te estoy diciendo que en nuestro mundo ya hay bastantes hienas vestidas de etiqueta —zanjó Bastian—. Evita buscar a las que prescinden de esconder los colmillos.

Celine asintió en silencio, dejando que la conversación muriera con el rumor constante de los neumáticos sobre el pavimento mojado.

El coche siguió devorando kilómetros en dirección a las afueras de la ciudad, devolviéndola a su fortaleza.

Pero al cerrar los ojos, mecida por el ronroneo del motor, la mirada gélida del hombre de las gafas de titanio se negó a disolverse.

Bastian tenía razón: era un depredador. Pero por primera vez en su vida, el peligro despertaba en Celine una oscura e irresistible necesidad de comprender qué se ocultaba detrás de ese silencio.

Horas más tarde, el Gran Salón de los Espejos del Palacio Hofburg resplandecía como una joya en el corazón de Viena.

Era el banquete de los hipócritas, una exclusiva gala benéfica donde las conciencias se lavaban a golpe de talonario.

El aire estaba saturado con el perfume de cientos de rosas blancas, el tintineo del cristal de Baccarat y los acordes de un cuarteto de cuerdas que interpretaba a Vivaldi con precisión impecable.

Bajo la luz dorada y cálida de los inmensos candelabros de época, la alta sociedad europea se deslizaba en esmóquines oscuros y vestidos de alta costura, alzando copas de champán añejo en nombre de la caridad.

Celine era el centro de gravedad del salón.

Había cambiado el luto de la mañana por un vestido de noche en tono azul zafiro profundo, casi negro, confeccionado en una seda que caía sobre su figura como una segunda piel.

El diseño presentaba un escote asimétrico y dejaba su espalda al descubierto, revelando la piel pálida contrastada con la cascada de sus rulos castaños.

Una gargantilla de diamantes sencillos pero nítidos descansaba en su clavícula.

Se movía entre magnates navieros, jueces supremos y herederos de dinastías bancarias con una gracia natural, repartiendo sonrisas que combinaban dulzura con una inteligencia viva. Nadie apartaba la vista de ella.

Desde la periferia del salón, cerca de una columna de mármol, Bastian la observaba. Vestía un esmoquin de corte severo y mantenía las manos entrelazadas a la espalda, vigilando cada sombra y cada acercamiento con la fijeza de un depredador custodiando a su cría.

Como era inevitable, la presencia de Celine había atraído a una pequeña corte de pretendientes.

Jóvenes herederos y empresarios revoloteaban a su alrededor como polillas hipnotizadas por el resplandor de su vestido.

Celine navegaba entre ellos con una cortesía impecable, sonriendo en los momentos precisos y asintiendo con gracia.

Pero por encima de los hombros de aquellos hombres, sus ojos buscaban constantemente la figura de Bastian.

Cada vez que sus miradas se cruzaban, ella le regalaba una sonrisa levísima, un código silencioso y cómplice que el veterano guardaespaldas leía a la perfección: «Sácame de aquí, me estoy muriendo de aburrimiento».