Carmesí CAPÍTULO DOS La Sinfonía de los Idiotas #3
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CAPÍTULO DOS La Sinfonía de los Idiotas #3

Víctor acercó el rostro a la pantalla. Sus pupilas se dilataron.

La cinta.

El tejido, el brillo mate y la forma del nudo descartaban cualquier adorno de utilería: coincidían punto por punto con el distintivo que acababa de ver en los archivos litúrgicos de las Cícladas y los Cárpatos.

En ese instante exacto, una alerta parpadeó en su terminal. El gusano informático que mantenía en la red interna de Scotland Yard descargó una fotografía pericial del camerino principal de Vance, tomada por los primeros agentes en entrar a la escena.

Sobre el tocador de caoba, junto a los frascos de maquillaje del cantante, descansaba un pliego de papel de algodón. Y atravesada sobre la hoja, colocada como un sello de cera sobre una sentencia de muerte, reposaba otra cinta de seda roja idéntica.

Víctor amplió el texto manuscrito. La caligrafía en tinta china negra era una cursiva inglesa impecable, sin una sola vacilación:

«Le cantas a la luz, pero cobras en la sombra. El mundo cree que tu voz protege a los inocentes, pero conocemos el inventario de tus orfanatos en Bucarest...»

A Víctor le bastó con esas líneas. Se reclinó despacio en la silla de metal. El respaldo chirrió en el silencio de la sala.

Las piezas encajaron en su cabeza con la precisión de un engranaje de relojería.

El autor del golpe operaba muy por encima de un grupo terrorista común: conocía las cuentas bancarias de la red, los orfanatos del este, los barcos en el Mediterráneo y, sobre todo, su simbología interna.

Quienquiera que hubiese entrado en ese camerino y en ese escenario había tomado el emblema sagrado de esa casta —su propio distintivo de sangre— y se lo había clavado en el pecho a su ídolo frente a setenta mil testigos.

Aquella muerte inauguraba una purga. Una declaración de guerra ejecutada por alguien que conocía las entrañas del monstruo.

En el monitor lateral, el algoritmo de tráfico aéreo global empezó a escupir avisos en rojo.

Siete vuelos ejecutivos despegando a horas intempestivas desde pistas privadas en Farnborough y Ginebra, apagando transpondedores y poniendo rumbo a paraísos fiscales.

Carteras de inversión opacas liquidando cientos de millones en cuestión de segundos.

Los dueños del dinero ya habían visto la cinta carmesí en televisión. Y sabían perfectamente lo que significaba.

Víctor miró la bandeja de entrada de su terminal. El director de operaciones seguía arriba, esperando el informe falso que lavara el nombre de Vance, culpara a un ciberataque extranjero y devolviera la calma a la bolsa de valores.

Si Víctor adjuntaba los contratos de los Cárpatos, las losas de basalto y la fotografía de la seda roja, jamás saldría vivo de ese sótano.

Un tiro en la nuca en el estacionamiento subterráneo y un formateo magnético de sus discos bastarían para cerrar la filtración.

El Estado servía a los mismos hombres que compraban en esas listas.

Apoyó los dedos sobre el teclado.

Abrió la plantilla oficial de análisis de inteligencia.

Redactó durante tres minutos con una sequedad burocrática impecable: Análisis espectral concluyente.

Detección de artefactos de renderizado neuronal en la pista de video.

Patrón compatible con falsificación profunda (Deepfake) de última generación de procedencia extranjera hostil.

Conclusión: Ataque cibernético para desestabilización institucional.

Firmó con su código digital y envió el informe a la bandeja de su jefe. El somnífero que el poder necesitaba para volver a dormir tranquilo.

En cuanto el indicador parpadeó en verde, Víctor conectó un disco de estado sólido propio a un puerto lateral. Con comandos rápidos, copió el volcado bruto: los contratos de los orfanatos, las transferencias de Zúrich, las fotografías de la seda y la onda de audio del ejecutor.

Expulsó la unidad. Ejecutó una rutina de borrado seguro que sobrescribió el búfer del servidor siete veces consecutivas, incinerando cualquier rastro de su búsqueda.

Dejó el disco de titanio oficial del director en mitad de la mesa, rodeado por los cercos de café frío, y se guardó su propia unidad en el bolsillo interior del abrigo.

La esclusa de acero siseó al abrirse y se selló a su espalda.

Cuando Víctor salió por la rampa del garaje hacia la calle, la lluvia helada de Londres le cayó sobre el rostro. Eran las cuatro de la madrugada. La ciudad estaba desierta, quieta bajo una neblina densa que apagaba el resplandor amarillo de las farolas.

Se subió el cuello del abrigo gris. Sintió el peso frío y sólido del disco duro contra las costillas. Sacó un cigarrillo aplastado de la cajetilla, lo encendió protegiendo la llama con la mano y dio una calada honda, dejando que el humo áspero le bajara hasta el pecho.

Miró el asfalto mojado que se perdía en la niebla.

La farsa oficial estaba en marcha y el mundo volvería a sus mentiras al amanecer. Pero allí afuera, en alguna parte de esa misma niebla, había alguien cortando cabezas con un hilo de seda roja.

Víctor expulsó el humo despacio hacia la lluvia y echó a andar.