CAPÍTULO UNO El Primer Hilo #4
Fue en ese instante exacto de confusión masiva cuando la pista musical en sus auriculares se cortó de golpe.
El piano y los coros se extinguieron en seco. Un zumbido estático llenó su canal auditivo, seguido de una voz barítona, profunda y aterradoramente calmada que resonó directamente contra su tímpano.
—Olvida la letra, Leo.
Leo alzó los ojos vidriosos e inyectados en sangre hacia los focos del estadio, con las lágrimas abriéndose paso por el maquillaje cuarteado y la saliva goteándole por la barbilla sobre los cristales de la chaqueta blanca.
—Careces de oxígeno en los pulmones —continuó la voz de Silas Richter desde la penumbra de su centro de mando, con la frialdad de quien dicta una autopsia clínica—. El neurotóxico ha bloqueado tu diafragma. Sesenta segundos para la hipoxia cerebral total.
El cantante intentó levantar un brazo hacia el lateral del escenario, donde su mánager y los técnicos aplaudían embelesados detrás de los bastidores, convencidos de que Leo estaba regalando el mejor momento de la gira. Nadie se movió para ayudarlo.
—Míralos, Leo —susurró Silas en su oído, arrastrando cada sílaba con una crueldad metódica—.
Escúchalos gritar tu nombre. Creen que te estás quebrando por ellos.
Están aplaudiendo tu asfixia. Estás muriendo exactamente como viviste: ahogado en tu propia farsa, mientras los idiotas que te compraron las mentiras celebran tu muerte creyendo que es arte.
En ese mismo instante, las pantallas gigantes de alta definición que coronaban el escenario y los laterales del estadio parpadearon. La imagen del rostro iluminado de Leo se desvaneció.
En su lugar, los monitores proyectaron una cascada de documentos escaneados: hojas de cálculo con el membrete oficial de la fundación humanitaria de Vance, sellos bancarios de Ginebra y un listado minucioso de cincuenta y dos niños con fechas de recogida en Bucarest y montos de liquidación en euros.
El murmullo de la multitud comenzó a fracturarse. Los aplausos en las gradas delanteras titubearon. Decenas de teléfonos bajaron lentamente mientras el desconcierto se propagaba como un virus.
Los documentos dieron paso a un video grabado en alta resolución.
La pantalla mostró el salón de caoba de un yate amarrado en Mónaco. En el centro del encuadre, Leo Vance, vistiendo una camisa de lino abierta y sosteniendo una copa de champán, señalaba a dos niñas sentadas en un rincón con la mirada aterrada.
«Esas dos van para el barco de Sackville», decía la voz del cantante con una naturalidad fría, sin rastro de la compasión de sus entrevistas. «Que las limpien y las tengan listas antes de que atraquen en Niza. El Consorcio pagará el triple mientras se mantengan dóciles».
El silencio que cayó sobre el estadio de Wembley fue instantáneo, sepulcral, absoluto. Setenta mil almas experimentaron un cortocircuito colectivo: el dios que acababan de ovacionar se desintegraba en una pantalla de sesenta metros de altura, revelado como un monstruo carnicero.
El silencio duró dos segundos. Luego vino el estallido.
En las gradas estalló una erupción de asco y furia salvaje.
Los gritos de adoración se transformaron en alaridos de repulsión pura.
Una lluvia violenta de botellas, vasos y teléfonos comenzó a caer sobre el escenario.
Miles de fanáticos en la pista embistieron las vallas de contención, derribando a los guardias de seguridad, con los ojos desorbitados por el impulso primario de despedazar con sus propias manos al ídolo caído.
En el centro del escenario, de rodillas sobre las tablas, Leo Vance presenció el desenlace.
La hipoxia le cerró la visión en un túnel negro, pero sus últimos segundos de consciencia fueron suficientes para ver el odio puro en los rostros de las primeras filas. Su mundo se había evaporado. El silencio sepultó cualquier rastro de ovación al final.
Su corazón colapsó.
El cuerpo del cantante se desplomó de espaldas sobre el suelo, con los brazos abiertos y la mirada vacía fija en la tormenta de proyectiles que llovía sobre su cadáver.
Los técnicos de sonido forcejeaban inútilmente con las consolas en los laterales; Silas había encriptado los servidores de transmisión, y el video del yate continuaba reproduciéndose en bucle por todo el recinto y en la señal televisiva internacional.
Los paramédicos y los guardaespaldas lograron finalmente saltar al escenario, escudándose con los brazos mientras la masa intentaba linchar el cuerpo inerte del cantante.
El operador de la cámara principal, empujado por la histeria y temblando por el shock, intentó alejar el plano del rostro inerte del cantante. Al bajar la lente, la cámara capturó un último detalle en primer plano.
En las pantallas gigantes que seguían vomitando la verdad al mundo, la imagen se congeló un segundo antes de que la policía cortara el suministro de la subestación:
Atada con un nudo milimétrico a la barra cromada del atril donde Leo Vance acababa de expirar, una cinta de seda carmesí ondeaba suavemente bajo el calor residual de los reflectores.