CAPÍTULO DOS La Sinfonía de los Idiotas
CAPÍTULO DOS
La Sinfonía de los Idiotas
El resplandor de doce monitores bañaba la mesa de metal con una luz fría, eléctrica y sin sombras.
Las pantallas habían dejado atrás las secuencias lógicas y los gráficos limpios para escupir el colapso del mundo en tiempo real.
Hacía tres horas que Leo Vance se había asfixiado sobre el escenario de Wembley, y las redes ignoraban cualquier reclamo de justicia para las víctimas del video.
En un espasmo de cobardía colectiva, la masa lloraba por el monstruo.
Víctor Aris observaba la histeria con un asco metódico que le tensaba los tendones del cuello.
En el monitor izquierdo, decenas de adolescentes sollozaban frente a las cámaras de sus teléfonos con el rímel corrido, jurando entre mocos que su ídolo era un ángel incapaz de lastimar a nadie.
En la pantalla central, granjas de perfiles falsos vomitaban millones de mensajes por minuto, repitiendo la consigna dictada desde arriba: el archivo del yate era un montaje de inteligencia artificial, un ataque extranjero para quebrar la reputación del artista.
Y en las cadenas de noticias, tertulianos con corbatas caras ya construían la mentira oficial, hablando de sabotaje digital y terrorismo internacional.
Cualquier ficción servía con tal de apartar la vista de las edades, los precios y las firmas de los contratos de carne infantil que habían desfilado por las pantallas del estadio.
La gente prefería devorar una mentira piadosa antes que admitir que habían coreado las canciones de un depredador.
Víctor parpadeó. Los ojos le ardían tras setenta y dos horas de vigilia.
Estaba encerrado en el subnivel tres del centro de análisis.
Una bóveda de hormigón desnudo, desprovista de ventanas o ventilación natural, saturada por el zumbido constante de servidores y el olor a polvo recalentado.
Sobre la chapa de su escritorio, cinco tazas de café frío formaban cercos negros y secos.
Víctor carecía del porte marcial de los operativos de campo; era puro nervio y desgaste.
Su cabello oscuro caía desordenado sobre la frente; bajo sus ojos grises, unas ojeras violetas delataban un insomnio crónico que ningún fármaco lograba apagar.
Vestía una camisa arrugada con las mangas remangadas hasta los codos, dejando a la vista brazos fibrosos, pálidos, marcados por la tensión de quien vive al borde del cortocircuito.
Trituraba una pastilla de chicle de nicotina con una violencia rítmica, machacando la goma contra los molares hasta que la fricción le desgarró la encía.
El sabor amargo de la menta sintética se mezcló con el óxido cálido de su propia sangre.
Víctor tragó la saliva espesa sin inmutarse; ese pinchazo de dolor físico era el único lastre que le impedía reventar las pantallas a golpes.
Detestaba la debilidad de la especie. Odiaba su estupidez organizada, su ceguera voluntaria y su necesidad patética de adorar ídolos de barro.
El siseo neumático de la compuerta blindada cortó el aire de la sala.
El olor a ozono del búnker se contaminó de inmediato con colonia cara de sándalo y el sudor rancio del pánico institucional.
Víctor mantuvo la cabeza inmóvil. Sabía exactamente quién cruzaba el umbral: el director de operaciones.
Un burócrata de traje inglés a medida, experto en posar en recepciones diplomáticas y absolutamente inútil cuando la realidad sangraba.
El hombre avanzó a pasos rápidos y arrojó un disco duro de titanio sobre la mesa. El metal golpeó una de las tazas de cerámica vacías con un chasquido seco.
—Es una carnicería, Aris —soltó el director.
La voz le temblaba, despojada de cualquier barniz de mando—.
La bolsa de Tokio acaba de abrir en caída libre.
Las discográficas, los bancos que financiaban la gira de Vance, las fundaciones benéficas...
se están evaporando miles de millones por minuto.
Hay tres ministros que estuvieron anoche en el palco VIP llamando a gritos, y el Primer Ministro lleva dos horas colgado de la línea roja con Downing Street.
Víctor siguió masticando. La sangre tibia le cubrió el paladar.
—Necesito que entres en ese disco. Es el volcado bruto de los servidores de transmisión de Wembley —continuó el superior, apoyando las dos manos sobre el escritorio, invadiendo el espacio de Víctor con un aliento agrio—. Pero sobre todo, necesito lo que vas a encontrar ahí adentro.
Víctor giró la cabeza despacio. Clavó su mirada de asfalto en el rostro sudoroso del jefe.
—¿Qué se supone que voy a encontrar, director? —preguntó. La voz le salió áspera, gastada por el tabaco y el silencio.
El burócrata bajó la vista y miró hacia los lados, como si las paredes de hormigón de la sala más blindada del país pudieran delatarlo.
—Vas a encontrar la firma de un ciberataque —dijo en un susurro urgente—.
Trazas de que el video del barco fue generado por una red neuronal avanzada.
Una falsificación profunda, diseñada por inteligencia militar enemiga para difamar a Vance y hundir nuestros mercados.
—El director se inclinó hacia él, con los ojos inyectados en sangre por el terror—.
Quiero un informe técnico con tu firma. La firma del mejor analista de esta agencia.
Concluyendo que el material era falso y que el cantante fue asesinado en una operación de desestabilización digital.
Lo quiero en mi mesa antes del amanecer.
Hay que cerrar este caso y darle a la prensa el mártir que están pidiendo a gritos.
El silencio que siguió a la orden cayó como una losa de plomo.
Víctor sintió una rabia gélida asentándosele en el diafragma. El aparato del Estado cerraba filas para blindar el cadáver de un pederasta con tal de salvar su cotización bursátil, y pretendían usarlo a él como el perro que lamiera la sangre del piso para dejarlo limpio.
Mantuvo los dientes apretados en silencio, conteniendo el impulso de estrellar las tazas contra la pared.
Bajo la mesa, la mano derecha de Víctor buscó su pulgar izquierdo.
Clavó la uña del índice en el borde de la cutícula y empezó a raspar con una presión constante, arrancando la piel reseca en un tirón metódico hasta que la carne viva cedió y una gota de sangre, densa y brillante, brotó en la comisura de la uña.
El dolor le limpió la mente. Lo devolvió a cero.
—Un ciberataque de estado extranjero —repitió Víctor, con un tono plano, sin inflexión—. Video sintético. Para cerrar el caso.
—Exacto, Aris. Sabía que podías ver el cuadro completo —el director soltó un suspiro largo, aliviado, sacando un pañuelo de hilo para secarse la frente—.
La calle necesita una mentira que le impida prenderle fuego a los bancos, y nosotros necesitamos que los mercados frenen la sangría. Confío en ti.
El burócrata evitó demorarse un segundo más. Dio media vuelta sobre sus zapatos italianos, ansiosos por abandonar la penumbra del sótano, y salió al pasillo. La puerta blindada siseó y los cerrojos magnéticos encajaron con un golpe rotundo.
Víctor Aris se quedó solo en la cueva de hormigón.
El zumbido de las torres de refrigeración volvió a llenar el silencio. Se llevó el pulgar a la boca; la saliva caliente le limpió el corte, dejando ese regusto a herrumbre que le aplacaba la vibración en los oídos.
Bajó la vista hacia la carcasa de titanio abandonada entre los cercos secos de café.
Ciberataque extranjero. Deepfake.
Tuvo ganas de reírse en voz alta. Querían un certificado de defunción para la verdad antes de que abriera la bolsa de Nueva York.
Estaban convencidos de que un empleado atrapado a tres niveles bajo tierra firmaría cualquier mentira con tal de conservar el sueldo y la dosis de café.
Pobres imbéciles. Ignoraban la realidad por completo.
Un servicio de inteligencia militar jamás montaba semejante puesta en escena; los terroristas buscaban muertos para negociar, jamás juicios televisados.
Apoyó los dedos sobre el disco. El metal todavía conservaba el calor grasiento del sudor del director.
Nadie asfixiaba a un ídolo de masas frente a setenta mil testigos para pedir dinero. Aquello constituía una ejecución ritual, calculada al milímetro para que el mundo entero mirara la inmundicia sin poder apartar los ojos.
Víctor deslizó el cable hacia el puerto del titanio.
Iba a abrir ese volcado línea por línea. Le importaban un comino el pellejo de los ministros o el pánico de los mercados; lo movía la urgencia febril de descubrir quién demonios había sido capaz de diseñar una trampa tan elegante.
El chasquido metálico cortó el silencio.
Con tres pulsaciones en el teclado, apagó los monitores periféricos.
Las adolescentes deshechas en llanto, los debates televisivos y el griterío de las redes desaparecieron de golpe, devorados por el negro del cristal.
Solo dejó encendida la pantalla central de treinta y dos pulgadas y dos paneles verticales de datos.
El ruido emocional del mundo fue sustituido por la frialdad de los números: cascadas de código, registros encriptados y volcados de memoria en bruto.
Sus dedos, manchados de tinta y nicotina, se movieron sobre las teclas mecánicas con rapidez automática.
Primero, el mecanismo del homicidio.
Víctor despreciaba el mito de las muertes espontáneas o la magia negra.
Todo lo que detiene un corazón en este planeta deja una firma física.
Filtró los registros de telemetría de los ingenieros de sonido de Wembley y los cruzó con los sensores de la petaca inalámbrica que Vance llevaba al cinto.
La anomalía saltó en menos de un minuto.