CAPÍTULO UNO El Primer Hilo #3
Piel contra piel, el encuentro obedeció a una liturgia salvaje, lenta y despiadada.
Silas hundió el rostro en el cuello de Anya, aspirando el aroma embriagador a jazmín mezclado con el calor de su piel, y mordió con fuerza calculada la línea de su clavícula mientras se hundía en su cuerpo con una embestida profunda, implacable y absoluta.
Anya arqueó la espalda sobre el terciopelo, ahogando un gemido grave contra los labios de Silas y hundiendo las uñas en los omóplatos de acero de él hasta dejar medias lunas rojas sobre la carne tensa.
Se devoraron en el silencio blindado del ático londinense, fundiendo sus alientos en un solo compás feroz y ancestral.
Era la comunión sagrada de dos verdugos consagrando la sangre que estaban a punto de derramar antes de bajar el hacha, celebrando en la oscuridad de su propia carne el dominio absoluto sobre el rebaño.
Cuando la marejada de aquella vorágine terminó de asentarse en la penumbra, la respiración de ambos recuperó su quietud glacial.
Minutos después, Silas se incorporó con calma.
Se abrochó la camisa de lino y ajustó los tirantes oscuros con precisión mecánica. Tomó sus gafas, limpió los cristales con un paño de microfibra y se calzó los guantes de cuero negro, tensando la piel sobre los nudillos con un crujido seco.
Anya permaneció recostada entre los almohadones, cerrándose el kimono burdeos sobre la tenue marca violácea que los dientes de él habían dejado en su clavícula, con los ojos esmeralda siguiéndolo en la penumbra.
Silas tomó el sobre del tocador y lo guardó en el bolsillo interior de su abrigo. Apagó el monitor secundario con un golpe de tecla, consultó su cronómetro de platino y cruzó una última mirada con ella. El silencio entre ambos selló el acuerdo.
Silas abrió la puerta del ático y salió al pasillo, dejando atrás el silencio de la estancia para adentrarse en la noche de Londres.
* * *
A varios kilómetros de allí, el estadio de Wembley vibraba como un motor gigante. El bramido de setenta mil personas filtrándose por las paredes de hormigón hacía temblar las copas de cristal en el camerino principal.
Leo Vance estaba de pie frente al espejo iluminado.
Llevaba una chaqueta blanca con incrustaciones de pedrería que devolvía la luz con destellos plateados.
Su equipo de estilistas y maquilladores acababa de salir, dejándolo a solas durante los tres minutos que siempre exigía antes de cruzar el túnel.
Era su ritual: mirarse fijamente, acomodarse el flequillo rubio y sonreír para comprobar la simetría perfecta de sus dientes.
En su teléfono descansaba un mensaje de su contable en Niza confirmando el ingreso del último trimestre por la «gestión de adopciones especiales» en Sofía.
Doscientos mil euros por cabeza. Todo marchaba según el plan.
La adoración en sus ojos se apagó cuando bajó la vista hacia el tocador.
Sobre la madera pulida, exactamente en el centro, había un sobre blanco sin remitente. Y apoyado en diagonal sobre el papel, un lazo fino de seda carmesí.
Leo frunció el ceño. El color de la cinta le clavó una punzada helada en el estómago: era el mismo tono de seda que los miembros del Consorcio utilizaban en las ceremonias privadas de los Alpes.
Ningún miembro de su personal tenía permiso para entrar en su camerino, y mucho menos para dejar esa marca allí.
Con los dedos rígidos, apartó la cinta y abrió el sobre.
Reconoció la caligrafía de imprenta, trazada con una precisión matemática ajena a cualquier pulso humano.
«Le cantas a la luz, pero cobras en la sombra.
El mundo cree que tu voz protege a los inocentes, pero conocemos el inventario de tus orfanatos en Bucarest. Sabemos el precio exacto de cada niño que subiste a los barcos del Mediterráneo y a las fincas de la élite.
Esta noche subirás al escenario. Te pondrás la chaqueta blanca y buscarás la absolución en el grito de setenta mil personas que aún ignoran a qué clase de monstruo están aplaudiendo. Cantarás para ellos, Leo. Sonreirás como siempre lo haces, porque tu vanidad te impide cancelar.
Pero cuando los focos te cieguen y el aire te falte en los pulmones, recuerda esto: ningún aplauso te va a salvar de la verdad.
Disfruta de tu coro.
Esta noche, tu propio cuerpo te arrancará la máscara frente al mundo.»
La hoja tembló entre sus dedos. La soltó sobre la mesa como si el papel quemara.
Una gota de sudor frío le bajó por la sien, arruinando la base del maquillaje. Lo sabían. Alguien había roto el cerco de Mayfair y conocía las transferencias de los orfanatos. El impulso animal fue llamar a seguridad, exigir la evacuación del estadio, cancelar el espectáculo.
—¡Tres minutos, Leo! —ladró la voz de su mánager desde el pasillo, aporreando la puerta—. ¡El productor dice que abren la pista!
El rugido de la masa traspasó la madera como una marea. Setenta mil gargantas coreaban su nombre.
El pánico se estrelló contra su narcisismo.
Cancelar un concierto en Wembley transmitido a nivel mundial significaba levantar sospechas inmediatas de la policía fiscal y destruir la adoración que lo mantenía en pie.
Se convenció de que era una extorsión vacía, una bravuconada de algún empleado despedido que sus abogados aplastarían el lunes por la mañana.
Respiró hondo, tragándose la bilis. Tomó su estuche de terciopelo, extrajo los auriculares intrauditivos de silicona negra moldeada a medida y se los encajó en los oídos, presionando con el pulgar para sellar el canal auditivo.
La película invisible de neurotóxico que cubría la silicona comenzó a disolverse con el calor de su piel, filtrándose por los poros directamente hacia los capilares.
Leo empujó la puerta y caminó por el túnel.
Cuando emergió sobre la plataforma central, el estadio reventó en un estrépito ensordecedor.
Decenas de miles de luces de teléfonos móviles se encendieron como un manto de estrellas, y los focos cenitales lo envolvieron en una aureola blanca.
Leo abrió los brazos, sonrió con su carisma ensayado y bebió del éxtasis de la multitud.
Los primeros acordes del piano entraron limpios por sus auriculares. Era su himno benéfico, la balada que sonaba en todos los hospitales y escuelas del continente. Se acercó al micrófono, cerró los ojos y entonó la primera estrofa.
A los cincuenta segundos, el veneno alcanzó los centros motores.
Sufrió un apagón biológico seco e instantáneo.
El diafragma se negó a descender para tomar aire.
La lengua se le volvió un trozo de goma pesada dentro de la boca, y la última palabra del verso se transformó en un balbuceo húmedo e inarticulado que los altavoces de cincuenta mil vatios amplificaron por todo el recinto.
Las piernas le fallaron. Las rodillas se estrellaron contra las tablas del escenario con un golpe seco.
La multitud estalló en un rugido de júbilo todavía más ensordecedor.
En las primeras filas, miles de adolescentes y fanáticos rompieron a llorar de emoción, creyendo que aquella caída sobre las tablas era una entrega dramática sublime, la teatralización visceral del dolor de la balada.
Las cámaras de televisión hicieron un zoom cerrado sobre su rostro: las lágrimas que le corrían por las mejillas y la forma en que su pecho se arqueaba en busca de aire fueron interpretadas como la cumbre artística de su carrera.
Setenta mil personas aplaudían de pie, ovacionando su falso sufrimiento, agitando las linternas de sus teléfonos como un mar de devoción incondicional.
Hubo quien gritó que era la actuación más hermosa que se había visto en ese escenario.
Pero el cuerpo de Leo sufría un colapso real.
Se aferró al pie metálico del micrófono con ambas manos, las venas de los antebrazos hinchadas como cables negros por el esfuerzo inútil de sostener el cuerpo.
Quiso abrir la boca para gritar pidiendo auxilio, pero tenía la mandíbula bloqueada por un espasmo tetánico, intentando forzar la entrada de una molécula de oxígeno que su sistema respiratorio era ya incapaz de procesar.
Cada intento de inhalar terminaba en un gorgoteo pastoso que se filtraba por la cápsula del micrófono, amplificado como un estertor trágico que el público seguía vitoreando como pura pasión.