Carlos V. Trilogía Completa 65. Los fantasmas del pasado
99%

65. Los fantasmas del pasado

Los fantasmas del pasado

El amanecer llegó cubierto de niebla. Los monjes decían que el sol había quedado preso entre las montañas de la Vera. En la celda más grande del monasterio, el hombre que había gobernado medio mundo y desafiado a medio infierno respiraba con dificultad.

Carlos de Habsburgo, quien había sido emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, rey de Castilla, Aragón y Navarra, de Nápoles, de Sicilia y de las Indias, y señor de un tiempo que ya no le pertenecía, se consumía lentamente bajo el peso de su propia historia.

Había mandado que le trajeran los estandartes de sus antiguas victorias —Pavía, Túnez, Mühlberg— y los contemplaba con la mirada vacía de quien ve sombras donde antes hubo gloria.

La gota lo torturaba. Las piernas hinchadas eran columnas de mármol agrietado. Las fiebres lo hacían delirar, y entre el delirio y el dolor, el emperador hablaba solo.

—Demasiados reinos para un solo hombre—susurraba—. Demasiadas coronas, demasiadas almas.

Desde hacía días apenas comía. Los monjes de Yuste, que lo cuidaban con devoción, sabían que el final se acercaba. Fray Juan de Regla, su confesor, había dispuesto la extremaunción, pero el emperador, testarudo hasta el último aliento, pedía que esperaran.

—Aún no… aún no…—decía—. Tengo… tengo cuentas pendientes.

La fiebre le hacía sudar. Cerraba los ojos y el mundo se abría bajo él como un mapa.

Veía Flandes, Viena, Roma, Túnez. Y sobre cada ciudad, los rostros de sus enemigos.

Las figuras se desdibujaban y volvían a tomar forma, tan reales como las sombras que danzan sobre la pared de una celda al caer la tarde.

Primero apareció Francisco de Francia. Vestía como el día de su derrota en Pavía, con la armadura manchada y el gesto altivo de quien nunca aprendió a aceptar la humillación. El emperador lo vio acercarse entre la bruma del delirio, sonriendo con esa ironía francesa que había odiado en vida.

—Habsburgo. Así que al final también morís en una celda,—dijo Francisco—. Ya ves, los reyes no escapan al polvo.

El emperador intentó incorporarse, pero el dolor lo clavó al lecho.

—Vos… vos perdisteis la batalla, —respondió con voz ronca—, pero yo perdí la fe.

Francisco se rió.

—Nos vencimos mutuamente. Vos me derrotasteis en Pavía, y yo os robé la paz en cada amanecer de vuestro reinado.

Carlos cerró los ojos. Cuando los volvió a abrir, Francisco ya no estaba. Solo quedaba el murmullo del viento entre los cipreses. Pero en ese murmullo oyó otra voz, más grave, más familiar.

Era la de Enrique Tudor.

Apareció vestido de escarlata, enorme, desafiante, con la barba encendida por el fuego de la soberbia. El viejo rey de Inglaterra avanzó entre las sombras con paso firme, como si aún caminara por las galerías de Whitehall.

—Vos creíais servir a Dios, sobrino —dijo con su voz profunda—, pero sólo servisteis al poder.

—Y vos—replicó el emperador, respirando con dificultad—, rompisteis… rompisteis vuestro reino por desear a una mujer.

Enrique sonrió, cruel.

—¿Me habláis de romper mi palabra? ¿Cuántas veces rompisteis vuestros juramentos? Prometisteis casaros con mi hija María, y la habéis casado con vuestro hijo. Os auguro que a María no le queda mucho y vuestro hijo encontrará al más poderoso de los enemigos en Inglaterra.

»Vos rompisteis vuestra promesa y os casasteis con la portuguesa que Dios hizo bien en arrebataros. Todos los reyes rompen algo por deseo de una mujer.

Y sus ojos chispearon con malicia, recordándole un nombre que era herida y nostalgia: Isabel de Portugal.

El emperador quiso replicar, pero el inglés ya se desvanecía. En su lugar, surgió el rugido del mar, un sonido que no pertenecía a las montañas de Yuste.

Carlos olió la sal y el humo. El lecho se convirtió en cubierta de galera. Y frente a él emergió la figura de Barbarroja, el corsario del Mediterráneo, el azote Argel, el enemigo que nunca logró someter.

El pirata reía. Tenía los ojos como carbones encendidos y el rostro curtido por la pólvora y el viento.

—Ni tus tercios, ni tus galeras pudieron conmigo, cristiano —bramó— ¿De qué te sirvieron tus cruzadas si hoy tu imperio se pudre como mis velas al sol?

El emperador intentó levantar la mano, como si aún empuñara una espada.

—Tú solo conocías el saqueo y la blasfemia —dijo.

Barbarroja escupió al suelo.

—Y tú la soberbia. Creías que tu Dios navegaba bajo tu bandera, pero era yo quien dominaba el mar.

El rugido del oleaje se desvaneció. El mar se apagó. El emperador respiraba con esfuerzo. Los monjes, desde la puerta, lo oían murmurar nombres que no entendían.

Entonces el aire se enfrió.

Una sombra distinta, más silenciosa, más terrible, se formó ante su lecho. No traía armadura ni espada, sino un libro. Era Martín Lutero.

El monje de Wittenberg se presentó con su sotana negra y su mirada encendida por la certeza. El emperador lo reconoció de inmediato: el enemigo que nunca empuñó armas y, sin embargo, había hecho temblar el imperio más que cualquier ejército.

—No esperaba veros aquí —dijo Carlos, intentando mantener la compostura.

—Ni yo a vos en paz —replicó Lutero, con un tono sereno y devastador—. Me jurasteis destrucción en Worms. Dijisteis que me entregaríais al fuego, y miraos ahora, ardiendo en vuestras propias dudas.

El emperador bajó la mirada.

—Os condené por desafiar la unidad de la fe.

—No. Me condenasteis por recordaros que ningún hombre, ni siquiera un emperador, puede salvar el alma de otro.

Carlos apretó los puños. Las fiebres le devolvían el rostro de aquel joven fraile, desafiante ante los príncipes del Imperio. El recuerdo de aquel juicio en Worms le atravesó la conciencia. Había querido ser el defensor de la cristiandad… y había terminado presidiendo su fractura.

—Dividisteis a Alemania… dividisteis al mundo —murmuró.

—No. Solo lo desnudé —respondió Lutero—. La corrupción estaba antes que yo. Yo solo prendí una chispa. Y vos y todos los papas alimentasteis el incendio con vuestras guerras.

El emperador quiso gritarle, pero el aire se le escapaba del pecho. Lutero dio un paso atrás.

—Vos queríais salvar el cuerpo de la Iglesia—dijo—, y perdisteis su alma ¿Quién de los dos pecó más?

La figura se disolvió como humo. En su lugar, el emperador solo vio la cruz de su celda. Una lágrima rodó por su mejilla.

Por primera vez en su vida, Carlos comprendió que había vencido al mundo, pero no a sí mismo.

Entonces, entre los delirios, apareció una figura femenina. No era enemiga, ni sombra. Era Juana de Castilla, su madre.

Vestía el negro riguroso del luto eterno. Su rostro era pálido, los ojos inmensos, insondables. Caminó hacia él con la lentitud de un espectro que ha esperado demasiado tiempo. El emperador, al verla, quiso hablar, pero no encontró voz. Su madre lo miró con una mezcla de amor y reproche.

—Me mantuviste encerrada, hijo mío,—dijo con un tono que no era acusación, sino condena—. Treinta años mirando paredes, mientras tú gobernabas el mundo.

Carlos tembló.

—Lo hice por tu bien… por el bien del reino.

—Por el bien del reino me robaste la luz—replicó ella—. Yo recé por ti en la oscuridad. Cada día te veía más lejos, más emperador y menos hombre.

Él quiso disculparse, pero Juana no lo escuchó. Se inclinó sobre su cama y le susurró:

—A veces los reyes creen que su deber es más grande que su alma. Pero el alma no obedece a los deberes.

Sus dedos fríos rozaron su frente. Carlos sintió el peso de todos los silencios que había dejado atrás.

Cuando alzó la vista, ella ya se alejaba, perdiéndose entre las sombras del claustro. El emperador lloró. Era la primera vez que lloraba en años.

Las campanas del monasterio tocaron la nona. Los monjes rezaban salmos en voz baja. Sus hermanas se acercaron con lágrimas en los ojos. Leonor se aproximó con un crucifijo. El emperador lo tomó entre las manos.

—Ya he visto mis enemigos —dijo con un hilo de voz—. Ahora quiero ver a mis muertos.

María, sin entender nada, lo arropó, y durante un instante pareció dormirse. Pero entonces, la luz cambió. Una claridad blanca, imposible, llenó la habitación. No venía de las velas, ni del amanecer. Venía de dentro. Y en esa luz apareció ella.

Isabel. Su emperatriz.

Vestía de blanco, como el día en que se casaron en Sevilla hacía ya tantos años atrás. El rostro sereno, los ojos verdes de ternura. Carlos la contempló y el tiempo se detuvo. El emperador, que había desafiado a reyes y papas, sintió por primera vez que no necesitaba vencer.

—Isabel… —susurró.

Ella sonrió.

—He venido a buscarte. Ya has luchado bastante.

El emperador quiso incorporarse. El dolor desapareció. Sus piernas, que hacía meses no le sostenían, volvieron a tener fuerza. Isabel le tendió la mano. Él la tomó con cuidado, como quien toca algo sagrado.

—He cometido demasiados errores —dijo él.

—Todos los hombres los cometen —respondió ella—. Pero pocos se arrepienten con el corazón. Ven, Carlos. Tu reino ya no está aquí.

Sua hermanas al verlo, se santiguaron. El rostro del emperador se había relajado. Una paz extraña le borró las arrugas. Mientras la fiebre lo consumía, una sonrisa leve se dibujó en sus labios.

—Isabel… —repitió.

Y el nombre se perdió entre el murmullo de las oraciones.

Fuera, el cielo se despejó. Las campanas doblaron. Leonor cerró los ojos del emperador y cubrió el cuerpo con una sábana. En su mano derecha, el crucifijo seguía apretado. En la izquierda, una rosa blanca, marchita, traída años atrás de Toledo, donde descansaba Isabel.

El rumor se extendió entre los frailes: al morir, el emperador había sonreído. Y en la celda, durante unos segundos, una luz blanca había inundado todo, tan intensa que parecía venir del cielo.

El hombre más poderoso de la tierra había muerto como un monje. Pero no murió solo. En su último suspiro, cuando la fiebre le abrió la puerta del más allá, Carlos encontró a Isabel esperándolo entre la luz.

Y así terminó el reinado del emperador del mundo, comenzando el de su propia eternidad.