66. El fin de la fe
El fin de la fe
Un emperador moría, pero la vida seguía para otros.
El amanecer se filtraba pálido entre la niebla del Támesis. Las chimeneas de Londres exhalaban humo negro y el olor a carbón flotaba sobre la ciudad. En el palacio de St. James, en una habitación cuyas paredes estaban cubiertas de tapices con santos y crucifijos, María Tudor agonizaba.
El fuego del hogar chispeaba débilmente.
A su lado, el obispo Stephen Gardiner yacía en una silla, con los ojos hundidos, mientras sostenía un misal.
El rostro de la reina, pálido y demacrado, parecía ya de otra vida.
La fiebre le hacía delirar por momentos, y sus dedos delgados se aferraban a un crucifijo de plata.
—¿Ha llegado el correo de Bruselas? —preguntó con un hilo de voz, abriendo los ojos.
Gardiner bajó la vista.
—Aún no, majestad.
—Felipe… —susurró ella, apenas un soplo—. Ha de saberlo. Que rezo por él. Que rezo… por todos.
El obispo asintió, pero no se atrevió a decirle la verdad: Felipe no volvería. Había enviado cartas, promesas y rosarios bendecidos, pero nada más. Había demasiado que gobernar en Flandes, y un imperio que no descansaba en el lecho de una esposa enferma.
María cerró los ojos. En su mente, el recuerdo de Calais ardía más que cualquier fiebre. Aquel trozo de Francia, último vestigio inglés en el continente, se había perdido ese mismo año ante los franceses.
Cuando le comunicaron la noticia, María dijo con amargura:
—Si muero, abrid mi corazón. Encontraréis “Calais” escrito dentro.
En los corredores del palacio, el ambiente era de miedo contenido. Los sirvientes se movían con la cautela de los templos donde mora la muerte. Algunos lloraban, otros pensaban en el futuro. En la sala contigua, los miembros del Consejo Real discutían en voz baja.
—No puede durar mucho —dijo Paget, mirando el suelo—. La fiebre la consume.
—El pueblo espera ya a Isabel —añadió el conde de Arundel—. No hay otra heredera legítima.
Gardiner levantó la mirada.
—La reina… aún vive.
—Pero Inglaterra no puede esperar, milord —replicó Paget—. Si morimos sin reina, arderá de nuevo el reino. Dios sabe lo que harán los partidarios de Roma y los del nuevo culto.
Gardiner cerró los ojos, como si aquellas palabras fueran una blasfemia.
—La reina amó a Inglaterra —murmuró—. Murió por ella.
—Murió por su conciencia —corrigió Paget—. Inglaterra muere de otra cosa.
El silencio que siguió fue pesado, casi sacrílego.
En el lecho, María deliraba. Veía a su madre, Catalina de Aragón, vestida de negro. Veía a su padre, Enrique VIII, con la espada alzada. Y veía fuego. El mismo fuego que había consumido a Cranmer, a Ridley, a Latimer… a todos los que ella creyó herejes.
—No quise el mal… —susurró con los labios agrietados—. Solo… quise salvar sus almas de la condena eterna.
Gardiner se arrodilló junto a ella.
—Dios lo sabe, majestad. Dios lo sabrá.
Ella giró la cabeza lentamente.
—Decid al Consejo que Isabel reine… si Dios lo dispone. Pero que jure… servir a Roma.
Gardiner asintió, sabiendo que aquella última súplica sería inútil.
Fuera, el reloj del palacio marcó las horas lentas de la madrugada. Y cuando llegó el amanecer, la hija de Catalina de Aragón y Enrique VIII exhaló el último aliento de la Casa de los Tudor en el catolicismo.
En Hatfield House, Isabel Tudor paseaba por los jardines. A su lado caminaba William Cecil, su secretario y consejero más fiel. Conversaban sobre política exterior, con la serenidad de quien lleva años preparándose para un papel.
—Los franceses refuerzan Calais —decía Cecil—. Y en Escocia los partidarios de María Estuardo mueven sus fichas. Si la reina fallece, Francia querrá mover a su reina también.
Isabel miró el horizonte, los campos cubiertos de niebla. Su rostro, de una serenidad contenida, apenas se alteró.
—Si mi hermana muere —dijo con tono seco—, lo primero que harán será venir a decirme cómo debo gobernar. Roma, España, Francia… todos hablarán. Todos me querrán suya. Pero Inglaterra será mía, Cecil. Solo mía.
Antes de que el consejero respondiera, un caballo llegó al galope. Un mensajero cubierto de barro descendió y se inclinó ante ella, sin aliento.
—Majestad… —dijo entre jadeos—. La reina María ha muerto. Inglaterra os proclama reina.
Isabel se quedó inmóvil un instante. El viento agitó su cabello rojizo y su capa negra. Luego, lentamente, levantó la vista al cielo.
—Así sea —murmuró—. Esto es obra del Señor, y es maravillosa a nuestros ojos.
Cecil observó cómo su nueva soberana contenía las lágrimas. No eran de tristeza ni de alegría. Eran de vértigo.
Horas más tarde, el Consejo llegó a Hatfield. Los hombres descendieron de sus caballos cubiertos de barro y cansancio. Paget se adelantó, sosteniendo un pergamino.
—En nombre del Consejo Privado y del Parlamento de Inglaterra, os proclamamos Reina Isabel, por la gracia de Dios, soberana de Inglaterra, Francia e Irlanda.
Isabel escuchó, impasible, las fórmulas solemnes. Luego, miró a Paget y a Arundel.
—Y bien, mis lores —dijo con calma—, ¿a qué religión pertenece el reino que heredo hoy?
Paget bajó la mirada.
—Majestad… al catolicismo.
Isabel sonrió con una ironía apenas perceptible.
—Entonces será un reino… que aún tiene mucho que aprender.
Cecil disimuló una sonrisa, sabiendo que esa frase sería recordada. Isabel se retiró después a sus aposentos, dejando al Consejo en vilo. Su primer acto de gobierno había sido hablar… y no comprometerse.
Bruselas. Unos días más tarde.
En Bruselas, Felipe aún estaba digiriendo la noticia de la muerte de su padre. Para ello se centró en el trabajo. Revisaba informes militares sobre Flandes cuando Granvela entró en la sala.
El peso del Imperio recaía por completo sobre los hombros del joven rey. Granvela se detuvo frente al escritorio y dijo con voz contenida:
—Majestad… Ha llegado un mensajero de Londres. La reina de Inglaterra… ha muerto.
Felipe levantó lentamente la cabeza. Su rostro no cambió. Solo dejó la pluma sobre el papel.
—¿Y quién reina ahora? —preguntó con frialdad.
—Su hermana. Isabel.
Felipe apoyó los codos en la mesa y entrelazó los dedos. El silencio se alargó. Luego, habló con tono bajo, casi reflexivo.
—Isabel… —repitió—. La hija de Ana Bolena. La bastarda que su padre legitimó con la espada.
Granvela asintió, prudente.
—Así es, majestad. Londres la aclama. El pueblo parece… aliviado.
Felipe no respondió enseguida. Miró por la ventana el cielo gris de Bruselas.
—María… su pueblo no la comprendió. Murió sola. Y con ella, se apaga la llama que aún ardía en Inglaterra.
Granvela aguardó, en silencio.
—Enviad a alguien, quien sea… no lo sé —ordenó Felipe—. Debe reunirse con la nueva reina. Decidle que España desea mantener la paz. Y que, si es prudente, aún puede haber alianza entre nosotros.
—¿Y si no es prudente, señor?
Felipe se volvió, y su mirada era tan fría como el acero toledano.
—Entonces rezaremos por su alma… y nos prepararemos para su ambición.
Hatfield
Esa noche, Isabel no durmió. Había recibido la corona, y con ella, una herencia de ruinas. El tesoro real estaba vacío. Calais perdida. La nobleza dividida entre dos religiones. El país, agotado de hogueras. Sentada ante la chimenea, escribió las primeras órdenes de su reinado.
Cecil se acercó, discreto.
—Majestad, el Consejo recomienda que mantenga el culto católico hasta su coronación. El pueblo necesita calma.
Isabel asintió.
—Que se mantengan las misas, pero en silencio. Sin fanatismos. Y que ningún hombre sea quemado por sus ideas mientras yo reine.
Cecil la miró.
—¿Y Roma, majestad?
Isabel sonrió, sin apartar la vista del fuego.
—Roma… esperará. Ya ha sobrevivido a reyes más crueles que yo.
Bruselas
Felipe observaba el mapa de Europa extendido sobre la mesa. El Tratado de paz con Francia, estaba casi listo para firmarse. La guerra con Francia había terminado. Pero Inglaterra, bajo Isabel, era ahora una incógnita.
Granvela habló.
—Majestad, dicen que la nueva reina no desea compromisos con Roma, ni matrimonios forzados.
Felipe frunció el ceño.
—Nadie gobierna solo con deseos. Los reinos necesitan alianzas. Y las alianzas se sellan con sangre o con bodas.
—¿Sugiere Vuestra Majestad…?
El rey lo interrumpió alzando la mano.
—Sondead su ánimo. Si Isabel acepta una unión, quizás Inglaterra aún pueda salvarse del error. Si no, que Dios la guíe. Y que España esté preparada.
En Londres, los tambores del luto sonaron durante tres días. El cuerpo de María fue llevado a Westminster con todos los honores. Isabel asistió al funeral, vestida de negro, en silencio. Nadie sabía si lloraba por su hermana… o por Inglaterra.
En Bruselas, Felipe ordenó misas en todas las iglesias.
Pero en su rostro no había pena, sino cálculo.
Sabía que el mundo cambiaba. Que con la muerte de María y la ascensión de Isabel, la era de la fe daba paso a la era de la política.
María había reinado con el corazón. Isabel lo haría con la cabeza.
Y Felipe, mirando el mapa del mundo, entendió que el equilibrio de Europa pendía ahora de una mujer de mirada inteligente y sonrisa enigmática.
Una reina que no debía su poder a ningún hombre.
Una reina que había aprendido a sobrevivir entre fuego y sangre.
Y que, a partir de ese invierno, empezaba a gobernar con algo más peligroso que la fe: el tiempo.