Carlos V. Trilogía Completa 64. El padre conoce al hijo #2
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64. El padre conoce al hijo #2

—Porque ya he visto bastante del mundo, muchacho. Y he comprendido que ni el oro, ni las coronas, ni las espadas te dan paz. Solo la conciencia limpia lo hace. Por eso vine a morir aquí. Para hacer las paces con Dios... y conmigo mismo.

Un silencio los envolvió.

En el corredor, se oían pasos discretos: eran sus hermanas, Leonor y María que esperaban. Carlos hizo un gesto y pidió que entraran.

Las dos hermanas avanzaron despacio. El niño se levantó y saludó con torpeza. Leonor, la más mayor, lo miró con ternura. María, siempre más severa, inclinó apenas la cabeza.

—Así que este es el pequeño —dijo Leonor, con voz dulce—. Tiene los ojos de nuestra madre. Y esa frente obstinada... es toda de los Habsburgo.

Carlos rió, casi en un suspiro.

—No podía negarlo aunque quisiera.

Leonor se acercó, le tocó el hombro al niño y lo besó en la frente.

—Has venido a tiempo, Jerónimo. Tu padre estaba esperando este día.

Carlos asintió. Le tomó la mano y la apretó con la poca fuerza que le quedaba.

—He recibido muchas victorias —dijo con voz débil—: Pavía, Túnez... Pero ninguna me alegra como esta.

El muchacho, confuso, apenas atinó a decir:

—¿Por qué yo, señor?¿Por qué ahora?

El emperador suspiró.

—Porque los hombres no eligen siempre cuándo pelean sus batallas. A veces llegan tarde. Y a mí me quedaba esta: verte, pedirte perdón, y darte mi nombre, aunque el mundo no lo sepa aún.

Aquella tarde, después de que el niño se retirara con Quijada, Carlos quedó a solas con sus hermanas.

El sol caía sobre los viñedos, tiñendo el claustro de rojo.

Leonor le arreglaba la manta sobre las piernas, mientras María leía una carta de Felipe que había llegado desde Flandes.

Era una carta seca, metódica, sin adornos.

Felipe informaba del avance de la paz con Francia, de los tratados firmados y del estado de Nápoles.

Nada más.

Carlos la escuchó en silencio. Cuando terminó, cerró los ojos.

—Mi hijo reina bien —murmuró—. Demasiado bien. A veces me pregunto si he creado un hombre o una estatua.

Leonor le tocó la mano.

—Tú le diste el deber, no el corazón. Eso sólo Dios puede hacerlo.

Carlos sonrió con melancolía.

—Tal vez. Pero al menos... le dejo un mundo en orden.

Se quedó mirando el horizonte. El sol se apagaba tras las montañas de la Vera.

—Y también le dejo algo más —añadió, casi en un susurro—: un hermano que sabrá recordar lo que es ser hombre, antes que rey.

Leonor comprendió. No dijo nada. Solo apretó la mano de su hermano, mientras María hacía una señal a un monje para traerle una infusión.

Esa noche, Carlos apenas durmió. El dolor de la gota lo consumía, pero en su mente el rostro de aquel niño se repetía una y otra vez.

Pero cuando consiguió dar alguna cabezada, por primera vez en muchos años, el emperador no soñó con batallas, ni con mapas, ni con coronas.

Soñó con un niño que reía a su lado, corriendo entre los jardines de un palacio que ya no existía.

El amanecer en Yuste llegaba despacio, como si el sol se resistiera a interrumpir el sueño de los monjes. Las campanas del convento tocaron laudes, y el sonido se extendió por los huertos y los senderos cubiertos de rocío.

Un fraile encendía el fuego en la cocina; otro abría las compuertas del estanque para dejar correr el agua. El monasterio despertaba con la serenidad de quien no teme al tiempo.

En el aposento principal, sin embargo, Carlos ya estaba despierto. Había pasado casi toda la noche en vela, sentado en su sillón, mirando la llama de una vela que se consumía con lentitud de agonía. .

Luis de Quijada entró sin anunciarse. Había pasado la noche también en vela, velando al muchacho, que dormía en una estancia cercana. Al verlo, el emperador alzó una mano temblorosa.

—¿Duerme?

—Sí, señor —respondió Quijada—. Como un niño que aún no sabe lo que pesa la sangre.

Carlos sonrió. Era una sonrisa triste, pero también de alivio.

—Llévalo contigo cuando partas —dijo—. Que no me vea morir. Quiero que recuerde mi voz, no mi silencio.

Quijada asintió. Había servido al emperador toda su vida, y nunca una orden le había dolido tanto.

—Haré como mandáis, majestad.

Carlos lo miró, con un brillo de gratitud.

—Has sido más leal que muchos príncipes. A ti confío lo que más me duele dejar.

El hidalgo bajó la cabeza, mordiéndose las palabras. Sabía que aquel era un adiós.

—Señor —dijo por fin—, el niño os quiere. Aunque aún no entienda por qué.

Carlos cerró los ojos.

—Eso basta. El amor no necesita entenderse para ser verdadero.

Más tarde, cuando el sol ya bañaba los tejados del monasterio, Jerónimo entró en la estancia. Los monjes se retiraron discretamente. El niño se acercó despacio, llevando en las manos un ramo de flores del huerto.

—Las he cogido yo, padre —dijo. —Para vos.

Carlos lo miró, conmovido.

—Gracias, hijo. Son más bellas que todas las coronas que he llevado.

Le hizo un gesto para que se acercara. Jerónimo se sentó a su lado. El emperador le acarició el cabello, despacio, como si quisiera memorizar la textura de la vida antes de dejarla.

—Escúchame bien, Jerónimo —dijo, con voz débil pero firme—.

El mundo te ofrecerá caminos fáciles y nombres grandes.

Recházalos si no van acompañados de virtud.

Hay hombres que nacen para mandar y otros para servir.

Tú, quizá, debas aprender ambas cosas. Pero nunca olvides esto: el poder no es un privilegio, es una condena.

Y quien lo acepta, debe pagar con su alma.

El muchacho lo miró con ojos grandes. No entendía del todo, pero sentía la gravedad de aquellas palabras.

Carlos sonrió.

—Dios te bendiga, hijo.

Jerónimo bajó la cabeza. Le tomó la mano al viejo emperador y la sostuvo con las dos suyas, como si quisiera retenerlo.

Carlos cerró los ojos. Durante un instante, el peso del mundo desapareció. Ya no era el César, ni el señor de medio planeta. Solo un padre. Solo un hombre.