Carlos V. Trilogía Completa 58. Las ambiciones del Vaticano
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58. Las ambiciones del Vaticano

Las ambiciones del Vaticano

Roma no era una ciudad: era una herida abierta en mitad de Italia.

En sus calles convivían cardenales intrigantes, mercenarios sin pagas, nobles arruinados, matones pontificios y monjas que sabían más del poder que muchos reyes.

Los vendedores gritaban en los mercados como si intentaran imponer su voz al rugido de una ciudad que nunca dormía.

Y aquel marzo Roma rugía de un modo distinto. Porque corría el rumor de que iba a llegar el duque de Guisa, el general francés que había hecho huir a Carlos V en Metz y al que el rey Enrique II enviaba ahora al sur, con un mandato simple: Echar a los españoles de Italia.

Ante la noticia, a la gente se le iluminaban los ojos al decirlo. Algunos por esperanza y otros por miedo. Otros —los más viejos— por diversión, porque sabían que Italia devoraba a los generales presuntuosos.

Cuando el cortejo cruzó Porta del Popolo, Roma entera salió a mirar.

Guisa avanzaba sobre un caballo blanco, arrogante, perfecto para un cuadro.

Tenía poco más de treinta años, los ojos brillantes, la barba bien recortada, la sonrisa de un hombre acostumbrado a mandar y ser obedecido.

Los franceses que lo seguían parecían recién salidos de un desfile: jubones limpios, cascos bruñidos, armas nuevas que aún no olían a guerra.

Las mujeres romanas murmuraban entre abanicos. Los niños corrían detrás del caballo blanco. Los soldados pontificios se cuadraban.

Un vendedor de naranjas dijo en voz alta:

—Ese viene a poner a los españoles en su sitio.

Otro, viejo soldado napolitano, mascó desprecio:

—Ese viene a morir.

Guisa fue conducido por el 31 Borgo hasta el Vaticano mientras el sol caía sobre las tejas como si quisiera incendiar la ciudad entera.

En el patio del palacio apostólico lo esperaba Carlo Carafa, sobrino del Papa y verdadero dueño del Vaticano en esos días; un hombre despierto, de ojos peligrosos, vestido con un negro que parecía absorber la luz.

Carafa extendió la mano con gesto calculado.

—Bienvenido a Roma, monseñor de Guisa. El Santo Padre os aguarda.

Guisa respondió con una reverencia breve.

—Y yo ansío conocerlo. Estoy aquí para servirlo… y para liberar Italia.

Carafa sonrió de manera casi imperceptible.

—Decid eso dentro, con la misma seguridad.

Los dos hombres se midieron un instante, como espadas que se reconocen antes de desenvainarse. Luego caminaron.

El salón donde aguardaba Pablo IV era más una fortaleza que una estancia, con ventanas altas, sombras profundas y tapices rojos como sangre seca.

El Papa estaba allí, en pie, sin apoyarse en nada, a pesar de sus más de ochenta años. Su rostro era un mapa de arrugas y dureza. Sus ojos, dos carbones encendidos por un fuego antiguo que se traducía en el odio contra España y ambición papal.

Cuando Guisa entró, el anciano Papa lo observó como se observa a un arma nueva No se molestó en alzar la mano para bendecirlo, ni tampoco avanzó. Hizo lo contrario: lo obligó a acercarse.

Guisa caminó hacia él con paso firme, que dejó un ligero eco en el suelo de mármol.

Cuando estuvo cerca, Pablo IV habló, sin ceremonia alguna.

—Así que vos sois el hombre que Francia envía para expulsar a los españoles.

Guisa se inclinó, respetuoso sin ser sumiso:

—Santidad, soy el hombre que Francia envía para hacer justicia.

Pablo IV arqueó una ceja.

—La justicia suele sangrar, hijo. Y esta vez no será diferente.

Guisa sostuvo la mirada.

—Para eso he venido.

El Papa sonrió. Y cuando sonreía, parecía que las arrugas se convertían en cicatrices.

—Los españoles llevan demasiado tiempo en estas tierras. Son lobos disfrazados de corderos. Pero vos… vos sois un lobo joven. Eso puede servirnos.

Guisa, con una elegancia casi insolente, respondió:

—Santidad… con los viejos lobos, lo mejor es no mostrar temor ni esconder los dientes.

Carafa contuvo una carcajada y Pablo IV entrecerró los ojos.

Había gusto en el desafío.

—¿Y conocéis a vuestro enemigo? —preguntó el Papa—. ¿Sabéis contra quién vais?

Guisa respondió sin dudar:

—Contra el rey Felipe de España, contra el duque de Alba y contra un imperio cansado.

Pablo IV golpeó el suelo con el bastón.

—¡No¡ ¡No entendéis bien contra quien vais en Italia! ¡Contra el demonio español es contra quien vais! El duque de Alba es quien os debe preocupar, ni ese joven rey, ni el imperio

Guisa inclinó la cabeza solo un momento.

—Entonces, Santidad… es tiempo de exorcizar.

Carafa tuvo que apartarse para ocultar su gesto de complicidad.

El Papa dio unos pasos con sorprendente firmeza para su edad.

—Os lo diré claro, duque —dijo en voz baja, arrastrando una sílaba como quien afila un cuchillo—. El duque de Alba no es joven, pero es brillante y ha ganado más guerras de las que vos habéis soñado.

Guisa respondió con calma:

—Entonces su experiencia me enseñará algo. Y yo le enseñaré a perder.

Pablo IV sonrió con una ferocidad que habría asustado a un cardenal débil.

—Tenéis lengua afilada, hijo. No sé si eso os matará pronto… o si os mantendrá vivo.

Carafa intervino:

—Mi tío desea saber cuál es vuestra estrategia inicial.

Guisa, seguro de sí mismo respondió sin titubeos:

—Bajo por el Lacio. Tomo Civitella. Aíslo Nápoles. Empujo a los españoles hacia el mar. Y entonces… asfixio al duque de Alba.

Pablo IV golpeó el bastón.

—Eso quiero oír. Hacedlo.

Y tendréis el respaldo total de esta Santa Sede.

Guisa alzó la vista.

—¿Total?

La voz del Papa resonó con dureza:

—Absoluto. Roma y Francia, juntos contra España. El cielo estará con vos si la victoria lo está también.

Guisa inclinó la cabeza.

—La victoria lo estará, Santidad.

El Papa lo detuvo con la mirada.

—Si no… el infierno será breve, hijo. Pero os prometo que será doloroso.

Guisa no retrocedió.

—No vine hasta Roma para fallaros.

—No falléis —dijo Pablo IV—. Y recordad: los españoles no perdonan. Pero yo… tampoco.

Cuando la audiencia terminó, las puertas se cerraron detrás de Guisa. Carafa caminó a su lado por el pasillo.

—Mi tío os aprecia —dijo—. A su manera, claro. Lo que significa que os usará… pero que no podrá evitar respetaros si vencéis.

Guisa respondió sin dejar de andar:

—Venceré.

Carafa sonrió, con ironía italiana:

—Todos lo dicen al llegar a Roma. Luego conocen al duque de Alba… y dejan de decirlo.

Guisa se detuvo en el umbral del patio. Su caballo blanco lo esperaba. El sol golpeaba fuerte. Se volvió hacia Carafa con una sonrisa cortante.

—Nunca he dejado de decir nada —replicó—. Y menos ante hombres que envejecen entre mármoles.

Carafa inclinó la cabeza, sin ofensa.

—Entonces… que la suerte os acompañe. La necesitaréis más que los cañones.

Guisa subió al caballo.

—La suerte —dijo— es para los que no saben mandar. Yo me basto.

Roma lo vio alejarse hacia el sur rodeado de aplausos y murmullos. Y en lo alto del palacio apostólico, Pablo IV seguía mirando desde una ventana, murmurando para sí:

—Ojalá seas tan bueno como crees, hijo. Porque el diablo que te espera en Nápoles también cree que lo es.

Notas

31. ↩ Barrio de Roma muy cercano al Vaticano.