Carlos V. Trilogía Completa 59. El arte de la guerra
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59. El arte de la guerra

El arte de la guerra

Roma se quedó atrás envuelta en polvo y promesas rotas.

El duque de Guisa marchaba hacia el sur convencido de que Italia era un tablero dispuesto para que él lo ordenara a su gusto.

Llevaba la bendición del Papa, cartas de Enrique II, artillería francesa, tropas pontificias, banderas limpias y una idea muy simple en la cabeza: empujar a los españoles hasta el mar y echarlos de Nápoles.

Al otro lado del mapa, en Nápoles, el duque de Alba miraba los mismos caminos, las mismas montañas y las mismas fortalezas… y pensaba exactamente lo contrario: hacer que Guisa se hundiera en Italia sin necesidad de darle la gran batalla que estaba deseando.

La guerra, esa vez, no iba de héroes cargando al galope. Iba de hambre, polvo, mapas y paciencia. Y de dos hombres que no se parecían en nada.

Guisa llegó ante Civitella del Tronto con el aplomo con el que otros entran en un salón de baile. Era una fortaleza colgada en la roca, dominando el paso entre los Abruzos y la ruta hacia Nápoles. No era la más grande, ni la más famosa, pero era la que se interponía entre él y la gloria rápida.

—La tomamos y se nos abre el camino —dijo a sus oficiales, señalando las murallas—. Un mes, como mucho.

Dentro, Giovanni de Luna, el oficial al mando, contaba hombres y saquitos de pólvora como quien cuenta las últimas monedas antes de una quiebra. El resultado fue desesperanzador Trescientos hombres mal contados, poca munición, y los viívered justos. Las cuentas no salían.

—Nos han mandado al matadero —le dijo un alférez.

Luna alzó los hombros.

—Peor sería no llegar a tiempo y que el duque de Alba nos lo echara en cara. Aquí aguantaremos, hasta que el cielo se caiga o aparezca el viejo.

Fuera, la artillería francesa empezó a rugir.

Campamento francés.

Guisa paseaba entre las baterías, dando palmadas en el hombro a los artilleros.

—Más alto, más cerrado. Que esa roca se acuerde de haber sido montaña y no muro.

Sus oficiales se sentían invencibles. Tenían cañones nuevos, pólvora en cantidad, hombres de sobra.

Uno de ellos, joven y engreído, comentó:

—Civitella caerá como fruta madura. Los españoles no son de piedra.

Nápoles.

Alba estaba sentado, el cuerpo recto, escuchando a un mensajero empapado de sudor.

—Excelencia… Guisa ha puesto sitio a Civitella. Ha traído mucha artillería.

El duque de Alba asintió, sin inmutarse.

—¿Y Giovanni de Luna?

—Dice que aguantará mientras tenga un puñado de hombres y una onza de pólvora.

Alba miró al frente, con los ojos cansados de quien ha visto demasiadas plazas “imposibles” caer y demasiadas “fáciles” resistir.

—Entonces iremos —dijo—. Despacio.

Un capitán no se contuvo:

—Excelencia, si nos damos prisa quizás lleguemos a romper el sitio.

Alba lo fulminó con la mirada.

—Las prisas son para quien no sabe adónde va. Nosotros sabemos adónde vamos. Y lo que queremos no es romper un sitio. Es romper un ejército.

Civitella.

Civitella no caía. El calor hacía sudar hasta las piedras. Los franceses se despertaban con el olor a pólvora y se acostaban con el mismo olor pegado en la garganta.

Dentro de la fortaleza, cada pared arrancada por los cañones se recomponía como podía durante la noche.

Luna recorría las murallas a pie, cojeando, pero sin perder la voz:

—Nada de banderas blancas. El que quiera rendirse que se lance por la muralla. Llegará antes al infierno.

Fuera, los oficiales de Guisa empezaban a cambiar el tono.

—Monseñor, están resistiendo demasiado. La artillería se recalienta. Nuestros hombres se cansan.

Guisa apretó los dientes.

—Es una roca y la romperemos. No pienso dejar un nido español a mi espalda.

Pero los espías traían ya otro tipo de noticias:

—Señor… el duque de Alba ha salido de Nápoles. Se mueve hacia el norte.

Guisa chasqueó la lengua, molesto.

—Tanto mejor. Vendrá a morir donde yo decida.

Días más tarde.

Guisa, cubierto de polvo y humo, obdondeba la sección de muralla destrozada.

—Mañana —dijo—. Asalto.

Sus ojos brillaban. Olía la gloria ignorando el desgaste de su ejército.

—Nuestras pérdidas son altas, señor — murmuró un capitán.

—Las de ellos son peores —replicó Guisa—. Y si no, lo serán.

Camino de los Abruzos.

El ejército de Alba avanzaba. Era menos numeroso, pero más cohesionado, con veteranos que no hablaban de gloria, sino de raciones, botas y agua.

Alba montaba despacio. Los años empezaban a pesar, pero nadie lo veía quejarse.

Un ayudante de campo se acercó a él.

—Excelencia… si aceleramos, quizá lleguemos a Civitella antes de que caiga.

Alba negó con la cabeza.

—Si llegamos corriendo, llegaremos cansados. Y un ejército cansado solo sirve para morir. Dejemos que Guisa gaste los suyos en esa piedra. Nosotros llegaremos cuando él empiece a preguntarse qué diablos hace ahí.

Civitella.

El asalto fracasó. Los franceses subieron la brecha bajo una lluvia de balas, piedras, aceite hirviendo y maldiciones en castellano y napolitano.

Muchos no bajaron. Los que sobrevivieron, arrastrándose, llevaban en los ojos algo nuevo: la certeza de que esos “pocos españoles” no pensaban rendirse.

Guisa se encerró en su tienda con el rostro duro.

Carlo Carafa llegó desde Roma con malas noticias y menos paciencia:

—Mi tío el Papa quiere ver resultados. La ciudad debía estar tomada ya. Los romanos murmuran. Dicen que hacéis ruido, pero no abrís puertas.

Guisa se volvió con un brillo peligroso en los ojos.

—Decidle al Santo Padre que los españoles de Alba no entregan fortalezas al primer cañonazo. Ni al décimo. Y que si quiere milagros, que los haga él.

Carafa sonrió con veneno.

—Mi tío no hace milagros. Lo que sí hace es deshacer reinos, empezando por dus generales.

—Pues que deshaga a España —replicó Guisa—. Yo me ocuparé del duque de Alba.

La frase sonaba bien. Pero empezaba a ser más retórica que real.

Campamento de Alba.

Un mensajero llegó al galope mientras Guisa salía de su tienda.

—Excelencia… Civitella aguanta.

Alba inclinó la cabeza un instante, como si saludara a alguien que no ve.

—Giovanni de Luna tendrá misa pagada de por vida si sale vivo de ahí —murmuró—. Si no… al menos habrá muerto haciendo lo que debía.

Campamento de Guisa.

Otro mensajero informó mientras Guisa estaba rodeado de sus oficiales.

—Señor… Alba se acerca. Sin prisa pero no se detiene.

Guisa frunció el ceño.

—Ese viejo debería venir con todo a defender Civitella. ¿Por qué demonios no lo hace?

Nadie respondió porque la respuesta era obvia: Alba no estaba peleando por una fortaleza. Peleaba por el resultado final de la campaña. Y eso incluía dejar que Guisa se desangrara contra un muro perdido en los Abruzos.

Alba no entró en batalla. Nunca desplegó su ejército frente al de Guisa en orden clásico.

No hubo esas líneas de picas que tanto aman los pintores, ni esa caballería chocando en campo abierto.

Lo que hubo fue una serie de golpes pequeños, constantes, eficaces: destacamentos franceses atacados de noche; convoyes pontificios que nunca llegaban; aldeas que se negaban a vender grano “porque los españoles han dado orden”; guías italianos que al amanecer simplemente no aparecían.

Cada día, un pellizco. Guisa se daba cuenta. Sus oficiales traían la misma canción:

—Señor, sin suministros no podremos mantenernos mucho tiempo en estas montañas.

—Señor, los hombres están cansados. Los caballos flaquean. La artillería pesa demasiado.

Guisa empezaba a comprender por qué el emperador y ahora Felipe II apreciaban tanto al duque de Alba.

No era joven, no era espectacular. Era peor. Era constante.

Campamento francés.

Guisa golpeó la mesa de campaña ante el temor de sus oficiales.

—¡Italianos! —escupe—. No vendéis grano, no guiáis, no lucháis. ¿Para qué os sirve tanta iglesia si no sabéis elegir bando?

Un capitán napolitano a sueldo francés se atrevió a replicar.

—Monseñor… la gente teme a los españoles. Saben que cuando ellos se quedan, se quedan mucho tiempo.

Campamento español.

Alba observó el horizonte.

—Otro día más — dijo para sí mismo —. Uno menos para ellos.

No necesitaba maldecir a nadie. Había aprendido que la mejor venganza es dejar que el enemigo se desgaste solo.