56. El Papa Carafa
El Papa Carafa
Roma no tenía descanso. De hecho, Roma nunca había tenido descanso. Pero aquel año parecía que las propias piedras del Vaticano esperaban una tormenta.
Habían enterrado a Marcelo II, muerto a las pocas semanas de ser elegido.
Los cardenales entraron en cónclave en el palacio apostólico. Los criados murmuraban que el Espíritu Santo estaba cansado, harto, o sencillamente distraído. Los embajadores franceses y españoles inundaban los pasillos y los italianos conspiraban entre sí, como era costumbre.
Y en uno de los aposentos un anciano esperaba con los ojos abiertos, tan oscuros que no parecían reflejar ninguna luz. Su nombre era Gian Pietro Carafa.
Un asistente entró en la estancia, nervioso.
—Eminencia… los votos se inclinan hacia vos.
Carafa no se movió.
—Inclinarse… pero aun no debe haber nada definitivo—respondió con voz rasposa.
—Pero… muchos hablan ya de vos como del elegido.
Carafa alzó una ceja.
—¿Muchos? —preguntó—. ¿O los que no morirán si soy elegido?
El ayudante tragó saliva. Prefería no responder.
Carafa se levantó despacio.
Era alto incluso para su edad, extremadamente delgado; los huesos marcados bajo la piel, las manos huesudas como garras; la barba blanca recortada sin prosa alguna; los labios finos, prietos. Un hombre esculpido a base de renuncias.
—Dios no elige al más santo —dijo mientras ajustaba su capa negra—. Elige al más útil.
El ayudante pidió valor:
—Eminencia… ¿y qué haréis si os eligen?
Carafa lo miró con la intensidad de un asceta que ha visto el infierno y lo ha memorizado.
—Convertiré a Roma —dijo— en la espada de Dios.
Los cardenales estaban divididos.
—Es demasiado viejo —decían los italianos.
—Es demasiado severo —susurraban los alemanes.
—Es demasiado enemigo de España —objetaban los hispanistas.
—Es demasiado santo —decían los ingenuos.
—Es demasiado peligroso —decían los que sí sabían lo que se jugaba.
En una sala contigua, el cardenal de Lorena, Carlos de Guisa, enviado de Francia, y hermano del duque de Guisa, hablaba con varios prelados italianos.
—El imperio ha tenido al emperador aquí durante décadas —decía—. Ha controlado Nápoles, Sicilia, Milán…
¿No es hora de tener un Papa que piense en Italia antes que en Bruselas?
Alguien murmuró:
—Carafa piensa en Italia… pero también en sí mismo.
El francés sonrió.
—Eso podemos manejarlo.
En otra sala, los partidarios españoles rezaban más por miedo que por fe.
—Ese hombre odia a España —dijo el cardenal Mendoza—.Si lo elegimos, tendremos guerra.
—Y si no lo elegimos —respondió un italiano cansado—, tendremos otro Papa florentino, veneciano o neutral. ¿Y qué cambiará eso?
Un silencio incómodo recorrió la sala, porque la verdad era esa: Italia tenía miedo de España, pero también miedo de sí misma. Y entonces empezaron las votaciones.
Carafa recibió la noticia de su elección sin levantar la voz. Un cardenal entró, agotado por el calor y la tensión.
—Eminencia… habéis sido elegido.
Carafa lo miró con un destello que podría haber sido alegría o furia contenida.
—¿Unanimidad?
—Casi. Pero suficiente.
—Entonces vamos.— Carafa asintió.
Mientras caminaba hacia la Capilla Sixtina, añadió para sí mismo:
—Italia… por fin tendrás un Papa italiano.
Y añadió, mentalmente, algo que nunca dijo en voz alta:
Y España tendrá un enemigo eterno
Cuando lo proclamaron Paulo IV, las campanas repicaron por toda Roma.
El nuevo Papa subió al altar de la basílica de San Pedro con paso firme. Más que como un anciano, como una tormenta encarnada.
Se apoyó en el báculo y dijo:
—Hijos míos, la Iglesia está enferma.
Los cardenales bajaron la cabeza.
—Europa ha olvidado la disciplina. Los príncipes desobedecen al Papa. Los herejes corrompen la fe. Y los españoles… —Se detuvo un instante—. Los españoles han convertido Italia en su cortijo.
Se oyó un murmullo, alguien tosió y alguien tragó saliva.
Paulo IV continuó:
—El Reino de Nápoles está bajo el yugo de un extranjero y Milán obedece más a Bruselas que a Dios. Por eso Italia sangra, por eso Italia gime. Y por eso Italia será liberada.
Un cardenal español dio un paso adelante.
—Santidad… ¿insinuáis guerra?
El Papa lo miró fijamente.
—La guerra —dijo— es una palabra humana. La purificación es divina.
A partir de ese momento, Roma supo que tenía un Papa que ardería antes de retroceder.
La primera decisión de Paulo IV fue tan rápida que muchos no creyeron haberla escuchado.
Nombró cardenal a su sobrino Carlo Carafa. Nombró duque de Paliano a su sobrino Giovanni Carafa. Nombró administrador general a Antonio Carafa.
Roma murmuró, pero nadie dijo nada en voz alta, porque los Carafa eran peligrosos.
Carlo Carafa era inteligente, manipulador, sensual, diplomático feroz y un antiguo mercenario. Un hombre capaz de cerrar un trato en la misma noche en que seducía a la esposa del embajador contrario.
Giovanni Carafa era furia pura. Un soldado hecho de músculo y violencia. Un hombre al que las guerras no le daban miedo: le daban hambre.
Y por último, Antonio Carafa era frío como un cáliz de plata. Calculador y leal solo a su familia. Su lengua era afilada, pero su mente lo era más.
Roma empezó a temblar.
Una noche, en una sala pequeña del Vaticano, el Papa recibió a Carlo Carafa en privado. El anciano estaba inclinado sobre un gran mapa.
—Aquí está Italia —dijo, señalando con un dedo huesudo —. Esta es la Italia real y la que Dios quiere. No la que España ha hecho.
Carlo se aproximó, curioso.
—En Nápoles mandan los virreyes del rey Católico —dijo Carlo—. Y Milán también es suyo. Las dos llaves del norte y del sur.
—Dos llaves —repitió Paulo IV—. Y yo quiero las dos en mis manos.
Carlo sonrió, divertido.
—¿Y cómo pensáis abrir esas puertas?
El Papa apretó los dientes.
—Con fuego.
Carlo arqueó una ceja.
—Con nuestros ejércitos apenas podemos defender Roma.
—Por eso —dijo el Papa— necesito a Francia.
Carlo cruzó las manos tras la espalda.
—Enrique II ya está enfrentado a l imperio. Odia a los Habsburgo. Su padre ha sido derrotado una y otra vez y quiere compensar su humillación.
—Perfecto —dijo Paulo IV—. Traedme la alianza.
Carlo bajó la voz.
—Santidad… si hacemos esto… el imperio responderá.
—¡Que respondan! ¡Que vengan! ¡Les mostraré que Italia no es un premio!
Además el emperador está tan viejo como yo, su hijo no tiene experiencia alguna.
Están ocupados con la herejía que se extiende por el imperio.
Se están desangrando y debemos aprovechar.
Si queremos echar al imperio de Italia es ahora o nunca.
Carlo se mantuvo en silencio durante unos segundos.
—Tío… esto será una guerra. Una guerra de verdad. Aunque el imperio se esté desangrando, nuestra lucha será contra el rey más poderoso de la cristiandad.
—Y yo soy el Papa —respondió Paulo IV— Además, las guerras de un Santo Padre no son guerras: son actos de purificación.