Carlos V. Trilogía Completa 55. Bloody Mary
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55. Bloody Mary

Bloody Mary

El amanecer cayó sobre Oxford con un cielo gris y pesado, cargado de humo. La humedad del Támesis se mezclaba con el olor a madera y grasa humana que nunca abandonaba del todo los patios de la Broad Street.

Había pasado un año desde que María Tudor, hija de Enrique VIII y de Catalina de Aragón, se había sentado en el trono, y los londinenses ya sabían que en Inglaterra la fe había cambiado de color.

La cruz volvía a ocupar los altares, las imágenes retornaban a las iglesias, y los libros protestantes ardían junto a sus autores.

Los herejes eran, una vez más, enemigos del alma y del Estado.

Ese amanecer, los obispos reformistas, Hugh Latimer y Nicholas Ridley fueron sacados de sus celdas. Les hicieron vestir túnicas grises, sin insignias, y los condujeron entre soldados.

El pueblo aguardaba en silencio. Algunos rezaban, otros murmuraban insultos, pero la mayoría sólo quería ver fuego, porque en Inglaterra, el espectáculo de la condena siempre había tenido buena audiencia.

Los dos hombres caminaron con paso firme. Latimer, antiguo obispo de Worcester, tenía el rostro enjuto de los que han ayunado más de lo que han comido. Ridley, más joven, mantenía aún la mirada de los que creen que Dios no puede equivocarse, ni siquiera cuando les entrega al verdugo.

Los ataron juntos a la estaca. Un fraile les ofreció confesar sus pecados ante el crucifijo.

Ridley sonrió.

—Si muero por la verdad, no necesito abogado.

El verdugo encendió la pira. Las llamas treparon por la leña húmeda, primero perezosas, luego voraces.

Latimer alzó la voz, con una serenidad que heló el aire:

—¡Sé valiente, maestro Ridley, y serás hombre hoy. Por la gracia de Dios encenderemos en Inglaterra una vela que nunca se apagará!

El fuego rugió. El humo los envolvió y la serenidad de los hombres condenados se tornó en gritos desgarradores. Cuando la madera se derrumbó, sólo quedaron cenizas y un silencio temeroso.

Desde una ventana alta, Thomas Cranmer lo vio todo. El arzobispo de Canterbury, que había coronado reyes y firmado cismas, era ahora un espectador de su propia condena aplazada.

El invierno fue cruel.

En las celdas del castillo de Oxford, la humedad calaba los huesos. Los carceleros se divertían lanzando cubos de agua helada sobre los presos para “purificar sus pensamientos”.

A Cranmer lo mantenían encadenado, pero le permitían papel y tinta. Los obispos enviados por la reina lo visitaban a menudo, para persuadirlo de su error. A cada visita, la voz de la culpa sonaba más fuerte que la de la fe.

Durante meses resistió, negando la autoridad del Santo Padre, defendió la Biblia en lengua inglesa, y rechazó besar el crucifijo que le ofrecían. Pero el hambre y la soledad son sermones más eficaces que los del púlpito.

Agotado y enfermo, no tardó en firmar su primera retractación. Después otra. Y otra más. Los escribanos recogían sus palabras con una sonrisa satisfecha, conscientes de que el espectáculo de su caída valía más que su muerte.

Cuando las copias de aquellas retractaciones llegaron a Londres, el Consejo Real se felicitó.

La reina María había conseguido lo que ningún ejército: el sometimiento del hombre que había consagrado el protestantismo inglés.

Pero la reina, que había aprendido de su padre que las victorias a medias son derrotas, no estaba satisfecha.

—No quiero su pluma —dijo—. Quiero su alma.

Y para probarla, ordenó que el arzobispo presenciara las ejecuciones de sus compañeros.

Lo llevaron al patio de la cárcel. Le obligaron a mirar mientras el verdugo encendía las brasas. El humo de Ridley y Latimer le envolvió el rostro.

Cranmer rezó, pero no pidió misericordia; pidió silencio.

En los días siguientes, soñó con fuego y con manos que ardían en la oscuridad. Cuando despertaba, el humo seguía en su garganta.

En Whitehall, la reina pasaba largas horas ante el crucifijo de su madre. Rezaba, sí, pero sus oraciones eran dictámenes. La llamaban piadosa, pero era la piedad del acero.

A su alrededor, los consejeros la observaban con temor y admiración.

Reginald Pole, el cardenal que había regresado de Roma, intentó disuadirla.

Le habló de moderación, de clemencia, del peligro de convertir la fe en miedo.

Pero María había esperado demasiado para vengar el ultraje de su madre, para borrar el pecado de Inglaterra.

—Mi padre rompió la Iglesia por deseo de una mujer —le dijo una noche a Pole—. Yo la restauraré por obediencia a Dios. Y si debo hacerlo con fuego, así será.

El cardenal calló. Sabía que la reina no hablaba en metáforas.

Llegó ese día en el que Oxford amaneció con las campanas doblando.

El arzobispo Thomas Cranmer sería ejecutado ese día.

Los soldados lo vistieron con un hábito pardo.

Llevaba la cabeza rapada y la mirada vacía.

A diferencia de los otros, había sido autorizado a pronunciar un discurso final en la iglesia universitaria de Santa María.

La reina había querido que Inglaterra entera lo oyera confesar su error.

Nada alimenta tanto la fe del pueblo como la humillación de un hereje arrepentido.

La iglesia estaba llena hasta los balcones. Los notarios afilaban las plumas; los estudiantes se apiñaban para ver. Cranmer subió al púlpito ayudado por dos guardias. Tenía la voz ronca, la piel cetrina.

Frente a él, los jueces eclesiásticos aguardaban el texto que debía leer: su última retractación, aprobada por el cardenal Pole y revisada por el Consejo.

Decía que Roma era la única Iglesia verdadera, que el Papa era el vicario de Cristo y que él, Thomas Cranmer, había sido instrumento del demonio.

El arzobispo tomó el papel, pero no lo leyó. Miró al público y habló con un tono nuevo, sereno y terrible.

—¡He pecado, hermanos. No por haber negado al Papa, sino por haber negado la verdad!. Por miedo escribí mentiras. Y si Dios me concede morir por la verdad que traicioné, bendito sea Su nombre.

Un murmullo recorrió la iglesia. Los jueces se levantaron, pero Cranmer siguió.

—Esta mano con la que firmé mis retractaciones es la que más ha pecado. Y por eso será la primera en el fuego.

El tumulto fue inmediato. Los soldados subieron al púlpito, lo agarraron por los brazos, y lo arrastraron fuera mientras aún recitaba los salmos. La multitud, dividida entre el miedo y la admiración, abrió paso.

El rumor corrió por Oxford:

— ¡Cranmer ha vuelto a la herejía!

En el patio de Broad Street, la hoguera ya estaba dispuesta. Las campanas sonaban sin cesar. El arzobispo avanzó entre los guardias, murmurando oraciones.Un fraile le ofreció un crucifijo; él lo apartó.

—Mi cruz ya me espera.

Lo ataron a la estaca. Un viento helado soplaba del norte.

Los leñadores apilaron haces de brezo seco hasta cubrirle las rodillas.

El verdugo encendió la antorcha. Cranmer, sin esperar a que las llamas le alcanzaran, extendió la mano derecha hacia el fuego.

La sostuvo allí, inmóvil, mientras el humo le subía al rostro.

—Esta mano ofendió —dijo—, y esta será la primera en pagar.

El calor la ennegreció en segundos. La carne se abrió, el humo le nubló los ojos. Pero no gritó. Solo movió los labios, rezando. Los testigos juraron que sonreía. Cuando el fuego alcanzó su pecho, un viento repentino lo envolvió todo en una nube de ceniza. Los guardias se apartaron.

El arzobispo de Canterbury, el hombre que había hecho de Inglaterra una nación protestante, se consumió en silencio.

La noticia llegó a Londres al día siguiente. En el consejo, algunos esperaban que la reina se mostrara satisfecha. Pero María Tudor no sonrió. Pidió que encendieran velas en todas las iglesias de la ciudad y ordenó tres días de oración.

Cuando todos se retiraron, quedó sola ante el crucifijo de su madre. Sus labios se movían sin sonido. Tal vez rezaba; tal vez se justificaba.

Esa noche, según escribiría después su dama de compañía, la reina despertó gritando. Había soñado con un hombre envuelto en llamas que extendía una mano carbonizada hacia ella. Era la mano de Cranmer. El fantasma de la Inglaterra que ardía.

Durante los meses siguientes, las hogueras se multiplicaron.

En Londres, Smithfield se convirtió en un campo de ceniza.

En Canterbury, Windsor y Colchester, los prisioneros eran atados por decenas.

El humo se elevaba en columnas negras que el viento arrastraba hacia el mar.

El pueblo los llamaba los fuegos de la reina.

Y María lo sabía. Y aunque cada muerte parecía envejecía para robarle años a la vida, no se detuvo.

—Me llamarán sanguinaria —dijo una vez a Reginald Pole— ,pero el pecado lo fue antes que yo.

Aquel fuego no purificó Inglaterra. Solo la marcó.

Las llamas que devoraron a Cranmer dejaron una cicatriz en la memoria del reino.

Los hombres que lo vieron morir contaron su historia como una leyenda: la del arzobispo que metió la mano en el fuego para redimir su cobardía.

La reina ganó la batalla de la fe, pero perdió la de los corazones.

El humo de Oxford siguió flotando sobre Inglaterra mucho después de que sus hogueras se apagaran.

Y en ese humo, en ese olor persistente de madera quemada y carne humana, empezó a gestarse el miedo y el resentimiento que veían en su hermana Isabel la respuesta que necesitaba reino.